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El Fuerte de San Diego, en Acapulco, fue sede inamovible de la entonces conocida como Reseña Mundial de Cine, celebrada de finales de los 50 a principios de la década de los 60, durante el mandato de Miguel Alemán Valdés.
Durante 6 años, gracias a una iniciativa presidencial, se dieron cita en el flamante balneario de la costa del Pacífico mexicano, lo más granado de las estrellas hollywoodenses y del Viejo Continente.
Aca estaba en pañales, pero con la visión puesta en el futuro. Conocieron la fortificación con forma de estrella, actores y actrices como Elizabeth Taylor, Marlon Brando, Frank Sinatra, Tony Curtis, Charlton Heston, y John Wayne, como algunos de los más destacados.
Llegaron estrellas europeas como Brigitte Bardot, Sophia Loren, Gina Lollobrígida, quienes convivieron con figurones mexicanos como: María Félix, Dolores del Río, Pedro Armendáriz, Silvia Pinal y Emilio "El Indio" Fernández, entre otros.
Este auge dio pie al crecimiento de la infraestructura hotelera, para apuntalar al mítico Hotel Las Brisas, donde llegaban las celebridades; el desarrollo de vías de comunicación, más rutas aéreas y lucimiento del puerto en todo tipo de películas, tanto en Estados Unidos como en Europa.
Faltaba más del 70 por ciento de los hoteles actuales en la franja de la bahía y casi todo se realizaba del lado de Caleta hacia el Fuerte, y un poco más allá de playa Hornos, donde además del Golfito, era un atractivo el Parque Papagayo. Acapulco ya funcionaba como un imán, sobre todo para el turismo procedente del entonces Distrito Federal.
Para aquellos humildes mortales, turistas primerizos, los hospedajes estaban en hostales y hotelitos en las calles de subida cercanas a la zona de La Quebrada, que también se había ya inmortalizado en varias películas nacionales, lo mismo en dramas que en producciones de corte cómico, con actores como Cantinflas, Clavillazo o Tin-Tan.
Los sitios imperdibles, además de Caleta y Caletilla, con su cruce a la isla de La Roqueta en lancha con fondo de cristal, para ver al burro borracho, eran La Quebrada, Pie de la Cuesta, Puerto Marquéz, Revolcadero y Hornos.
Un agosto muy largo se inició para transportistas visionarios, como los dueños de Estrella de Oro, la línea que se encargaba de mover a capitalinos curiosos de conocer el paradisíaco lugar, desde su terminal en la avenida Fray Servando Teresa de Miér.
El servicio mejoró en pocos años y dejaron atrás vetustos autobuses para introducir su servicio Pullman, con enormes unidades Sultana Súper Panorámico de dos pisos, en las que se viajaba con gran confort.
Desarrollaron también los Galgos, que eran autos Impala alargados, perfectamente adaptados y seguros, que hacían el servicio casi sin escalas para una docena de privilegiados viajeros.
Para quienes además de humildes mortales, éramos estudihámbres con aspiraciones, a pesar de su cercanía, viajar a las playas acapulqueñas nos representaba pedir aventones, regularmente con escalas obligadas: Tres Marías, Cuernavaca, Iguala, Taxco que era paso obligado, Chilpancingo y trayectos entre seis y diez horas.
Corrí con la suerte de tener familiares en el pujante Acapulco lo que hacía más grato llegar después de varias horas de aventones. Como verdaderos colonizadores se establecieron en el lugar mi primo Luis Caamal, visitador médico, y mi tío Cosme Damián Carvajal, estilista.
Con mis primos Jorge Zapata, Floch, y Luis Méndez, El Pato, acudí a la boda de Cosme; éramos unos verdaderos pelmazos, perdidos entre la niñez y la adolescencia; físicamente parecíamos patos desplumados, pero eso sí, nos divertíamos como pocos.
En esa casi tierna edad, todavía no estábamos para guarapetas, cosa que no sabíamos cuando se nos hizo fácil confrontarnos con el lúpulo y la cebada, para comenzar a beber cervezas como si se fueran a acabar y, más tarde, estrenarnos en la ingesta alcohólica, vía brandy Don Pedro.
Alcanzamos un nivel etílico que nos hizo olvidar el propósito original del viaje y nos arrojó a las calles porteñas completamente chachalacos. Pasamos por El Zorrito, pero no queríamos pozole; llegamos al Tomboy para comer hamburguesas y después de pedirlas, nos fijamos que nadie traía un quinto; lo único en nuestras manos -sabe Dios por qué- era un frasco de Nescafé lleno de brandy.
El mismo nos sirvió para negociar varias rondas en el tobogán de playa Paraíso, antes de que el místico Floch recordara que en su calcetín portaba un billetote que le había dado su mamá, para emergencias. Justamente, la emergencia más a la mano fue pagar el cover de los tres en la discoteca de moda Tiberios, precursora de lo que más adelante sería el célebre Baby O.
Además de ese centro definitivamente para chavos, y el inalcanzable Armandos Le Club, en la costera había una buena cantidad de negocios, tanto familiares como El Tropicana, o de parejas como el Bali -Hai, el Carlos & Charles, ideal para comer. También estaba el Aku Tiki, con ambiente de las islas del Pacífico. En el Hotel Mirador de la Quebrada funcionaba La Perla con atractivos shows nocturnos.
Toda la corte celestial nos acompañó sin soltarnos un solo segundo para llevarnos de vuelta a casa del tío Cosme, donde cuando regresamos de mañana ya había pasado la fiesta de la boda y llegamos a dormir tremenda mona, con una cruda de Dios Padre y Señor Nuestro.
Así nos trató ese Acapulco para principiantes, con el que creceríamos de la mano.
El mismo Acapulco que acogió muchas de nuestras aventuras juveniles, así como los primeros enamoramientos y romances, igual que relaciones más serias pasadas y presentes, siempre con el regalo de sus extraordinarios atardeceres.
Fueron sus... nuestros tiempos, antes de que se popularizaran otros destinos de playa que tenemos en la vasta geografía nacional, donde existen lugares para dar y prestar. Sin embargo, es un hecho, siempre habrá quienes añoremos aquellos Acatimes.



