
Genio y Figura/Francisco Buenrostro
Estoy convencido que muchas cosas y la mayoría de los seres vivos, tienen alma. Lejos de cualquier explicación ontológica, hay sucesos y situaciones que escapan a la lógica común.
Recientemente sustituimos en casa el reloj redondo de la sala. Tenía años de darnos la hora, con no más de dos minutos de variación cada 365 días. Pero de pronto, ya no encajó con la actual decoración angulosa.
Llegó el sustituto y al retirarlo se lo dí a mi mujer para que lo llevara a la recámara de visitas, donde se vería bien. En su lugar coloque un nuevo reloj cuadrado.
-¿Le quitaste la pila?- preguntó mi esposa.
-No- le contesté.
Era la misma con la que había estado funcionando 40 segundos antes.
Intrigado, lo revisé, le moví la pila y nada; lo sacudí y nada, le puse una pila nueva y nada. Jamás volvió a caminar, su tic tac se apagó para siempre.
El hecho me hizo recordar un berrinchudo Vocho entre los varios que tuve. Al temperamental patas de hule, le caía mal mi novia y cada vez que preparábamos alguna salida o paseo especial, no jalaba.
Le encantaba no encender cuando pasábamos por ella al trabajo, si íbamos a Cuernavaca, nos dejaba tirados en Tres Marías; si salíamos de alguna reunión en horas de la madrugada, se echaba donde le daba la gana.
Pero eso sí, después de todas esas odiseas, cuando por fin la dejábamos en su casa, arrancaba con potencia de Ferrari y sin falla alguna…
Los siguientes casos parecerían lugares comunes, pero es cierto que suceden y atestiguarlos, le deja a uno con más preguntas que respuestas:
A la entrada de la casa donde viví toda mi infancia y parte de mi adolescencia, había un gran retablo de la Virgen de Guadalupe, que les fue obsequiado a mis abuelos por las autoridades guadalupanas.
Era el altar ante el que todos quienes vivimos ahí, nos persignábamos cada mañana al salir y cada noche al regresar. Mi abuela paterna le tenía siempre su veladora, hasta que alguien tuvo la genial idea de modernizarla y ponerle un foco.
Funcionó porque ya no había que cambiar la veladora cada vez que se consumía y se evitaban riesgos con el fuego.
Así estuvo la Virgen con su bombilla varios años, hasta que el invento de Thomas Edison se fundió. Todos manifestamos la intención de cambiarla, pero nadie lo hizo y así, a oscuras, se quedó varios meses, hasta un 11 de diciembre.
Reunidos en la sala veíamos en la tele la Serenata Guadalupana, cuando el foco volvió a encender y duró así el tiempo suficiente para llamar nuestra atención esa misma noche antes de volver a apagarse.
Sobra decir que en la mañana del 12, había listas más de 12 bombillas para sustituir a la fundida…
Una nefasta mañana de marzo del 2016, sufrimos el incendio de la casa donde vivimos. En menos de 15 infernales minutos el fuego arrasó con todo, absolutamente todo. Nos quedamos con lo que traíamos puesto en esos momentos.
La televisión de la recámara se fundió, el refrigerador y la estufa casi se derriten, igual que la lavadora del patio y todos nuestros muebles, la mayoría de madera, quedaron reducidos a cenizas, lo mismo que toda nuestra ropa. Conservamos lo más preciado, la vida.
En la pared del que llamo mi estudio, sobresalía, sin siquiera estar ahumada, la bendición papal que Juan Pablo II me entregó en propia mano durante su visita de enero de 1979.
Retirarla de la pared sirvió para que alguno de los muchos vivales que entraron a las ruinas “para ayudar” se la llevara intacta…
¿Y qué decir de los seres vivos con alma? Ninguno que se parezca a los perros; son los únicos capaces de amar sin ataduras, desinteresados, plenos. Lo supe por nuestra perra familiar, Simba.
Ya he dicho de ella que era completamente cable, cruza de corriente con callejera, pero con el corazón más bello de todo el mundo animal. Era un miembro más de la familia y creció como nuestra compañera de juego y paseos.
Jamás estuvo preñada y, a pesar de su exagerada nobleza, se convertía en una fiera selvática si alguien trataba de hacernos daño.
Dicen, y lo creo, que los perros son capaces de oler las enfermedades, y por eso en la etapa terminal de mi mamá, se convirtió en su más fiel guardiana.
La acompañó cada segundo mientras la tuvo cerca. Con el lomo erizado y los colmillos de fuera, parecía decirle al doctor que iba a revisar a mi mamá, que más le valía tratarla bien.
Era el último filtro y quien autorizaba las visitas que recibía la enfermita.
La separaron de ella para no verla nunca más.
Me tocó confirmarle la muerte de mamá. Con su hocico entre mis piernas y la mirada de tristeza más expresiva de la que es capaz un ser viviente, entendió mi tristeza y yo la suya.
Caminó hacia atrás y fue echarse al pie de la cama donde ya no tenía a quién cuidar.
Diría Derbez: “¡Que alguien me explique!”.