Control de daños
La historia, más en México, suele narrarse —de manera veraz o imaginaria— como un relato entre buenos y malos. Parte del éxito del curso populista fue construir un deslinde convincente en el que el PRI y el PAN representaban el mundo de los malos, el del régimen neoliberal: corrupción, despojo, violencia, autoritarismo y desigualdad deliberada. El obradorismo apareció como una opuesta y generosa invitación: la honestidad valiente, el gobierno para los pobres, bajo los principios rectores de no mentir, no robar y no traicionar.
Más allá de las palabras y de las intenciones, se hizo presente una redefinición del gasto público para privilegiar las transferencias monetarias directas a la población, lo que conformó una forma de complicidad social: no importa lo demás si el gobierno entrega dinero. En un país de beneficiarios y no de ciudadanos, el giro fue perfecto y hasta hoy prevalece; sin embargo, comienzan a aparecer fisuras que indican que el ciclo se ha agotado. La economía ya no alcanza; tampoco convence la narrativa de ser los buenos.
Una mirada al pasado, al momento en que se decidió dar un giro al régimen político, se hacen presentes dos personajes que ilustran las caras opuestas del priismo, contradictorias, distantes e irreconciliables: Jesús Reyes Heroles, artífice de la reforma política que abrió la representación a todas las fuerzas relevantes, y Carlos Sansores Pérez, gobernador de Campeche y dirigente del PRI, cacique dueño de vidas y haciendas, una versión tropicalizada de El Alazán Tostado, el general Gonzalo N. Santos, para quien la moral era un árbol que da moras.