Columna Descomplicado/Jorge Robledo
El puño y letra ya no nos dice nada. Menos hoy que hasta la firma es electrónica; ya no podemos identificar la letra de papá o mamá, porque ni siquiera la conocemos.
Perdidos en la vorágine del tiempo y los avances tecnológicos, quedaron los tiempos románticos del correo. Ese correo del que quienes lo usamos nunca estuvimos conformes por su deficiente servicio.
Los Correos de México, se caracterizaron siempre por su pésimo funcionamiento, que hacía que una carta ordinaria, en tu propia ciudad, tardara más de 15 días en llegar a su destino. Y, ni qué decir de una aérea, que llegaba más o menos en 20 días.
Esa era la normalidad a la que nos acostumbraron y que sólo se agilizaba en los últimos meses del año, cuando los buzones de las oficinas de correos se llenaban de buenos deseos con las tarjetas de Navidad.
Con ellas, muchas pequeñas imprentas hacían su agosto en noviembre. Tenían sus propios catálogos para que escogieras el decorado, texto y el tipo de letra para llevar tus mejores deseos personalizados a los domicilios particulares, hoy desconocidos, de amigos y familiares.
Cada una llevaba su respectiva estampilla de correos, ya sea ordinario para tu colonia y otros destinos urbanos, o aéreo, cuando se trataba de amistades en otros estados o países.
Representaban, incluso, un detalle de buena educación y cercanía con la gente. El problema es que tenías que mandar a hacer mínimo cien y te quedabas con más de la mitad, que se perdían porque ya no podías usarlas el año siguiente.
Yo iba de vez en cuando al majestuoso edificio central de Correos en el primer cuadro de la ciudad, pues tenía la idea de que depositar mis tarjetas en ese lugar las haría llegar más pronto. Para nada.
El intercambio epistolar fue uno de mis grandes gustos mientras duró. Me emocionaba recibir cartas de mis primos de Mérida, igual que de una amiga estadounidense, Beverly Bee, quien vivía en Michigan y conocí en Morelia, Michoacán. Ella me escribía en español y yo le respondía en inglés, para que ambos pudiéramos corregir nuestros errores; era didáctico y divertido.
Fui uno de los cerca de 40 mil estudiantes que hicimos el examen de admisión a la UNAM en el Estadio Azteca, en 1970. El resultado llegó por correo personalizado y sólo ver el sobre con las siglas de nuestra Máxima Casa de Estudios, te nublaba la vista, te sacudía el estómago y te cortaba la respiración.
Con un texto de elegante y amable escritura, supe que había sido aceptado en la Escuela Nacional Preparatoria, y me ofrecían también una nueva opción que era el Colegio de Ciencias y Humanidades; opté por esta última.
El bachillerato fue una época de innumerables recados y cartitas, entregadas por alguna Celestina y siempre escritas a mano; algunos incluían recortes de periódico, dibujos y hasta flores secas, pero siempre con el sello de la persona que lo mandaba.
Más adelante, ya como profesional, en Milán, Italia, frente al Duomo, decenas de fotógrafos ofrecían sus servicios. Uno de ellos nos hizo varias tomas y pidió nuestros datos para mandarnos las fotografías.
-Ponga usted mismo, con su puño y letra, la dirección a la que se enviarán, nos dijo, después de asegurar su pago.
-¡Sí, cómo no!, comentamos incrédulos entre compañeros… Llegaron en una semana, mucho antes de que regresáramos al país.
La vida me llevó también a pasar una temporada en la Ciudad Blanca, Mérida, Yucatán, aquejado por una grave enfermedad pulmonar. Hablé por teléfono, rápido, -era muy caro- con mis amistades para proporcionar mi dirección y comenzar el intercambio de misivas.
La respuesta no fue para nada abundante como lo esperaba, pero ahí aprendí que no es la cantidad, sino la calidad lo que cuenta. Angélica, Gelitos, amiga superlativamente importante, me alegraba cada mes con sus cartas.
Desde el silbato del cartero, ya me ponía de buen humor y ver su letra manuscrita en el sobre, era el primer vuelco de mi corazón; leerla siempre fue una de las cosas más agradables, porque de inmediato pensaba cómo le iba a contestar. Era una forma muy cálida de comunicación.
El buen Richard Burgos, además de sus cartas, me mandaba de vez en cuando "para mis chicles". Mediante Giros telegráficos, las antiguas transferencias, me hacía llegar que los 200 o 500 pesos, que reforzaban las cantidades con que me refaccionaba mi prima Ceci.
Por sólo 20 pesos a través de Telégrafos de México, se podían enviar cantidades significativas de dinero, que sólo podía cobrar el interesado, ya que no viajaba el efectivo sino la orden de pago. Las transferencias bancarias acabaron con esta forma de intercambio económico.
En la casa donde vivía, con mi prima Ligia y mis sobrinas, no me hacía falta nada; tenía techo seguro, comida deliciosa y todos mis medicamentos, además de algo muy importante: su amor.
No era yo tan grande, pero mis condiciones de salud me impedían cualquier tipo de actividad. Platico y muchos me ven con incredulidad, que no podía levantar una bolsa de plástico con botellas de pet, dada mi afección pulmonar.
Cuando me moví de Mérida a León, las cartas de Angélica y Ricardo llegaron también conmigo; me siguieron hasta mi nueva dirección, hasta que whatsap, hizo todo más eficiente pero menos cálido.
Hoy, ya no se puede esperar; no hay tiempo para abrir un sobre, desplegar su contenido y tratar de descifrar garabatos. Es más rápido y claro en Arial, Times New Roman o Bold; todo está al alcance de un click, sin titubeos, sin pausas; con esa nueva cercanía tan lejana.
Ahora se viven otro tipo de emociones, o tal vez no.




