Diego embustero
A mediados de abril de 1986, se realizaba en el Velódromo Olímpico “Agustín Melgar” del Distrito Federal, un panamericano juvenil de pista, cuando por el sonido local se solicitó la presencia en la administración del compañero Bernardo de la Serna.
Sentado a mi izquierda volteó a verme con un gesto de intriga.
-¿Y ahora estos?- pareció decirse para sí mismo.
-Ahorita vengo -me dijo-. Ahí te encargo.
No tardó demasiado. Con el rostro desencajado y pálido, casi transparente, regresó y me abrazó, más bien se aferró a mí.
-Se murió Isaías, sollozó.
Se trataba del más grande de sus primeros cuatro hijos, egresado de veterinaria de la UNAM, quien acababa de recibirse con honores en nuestra máxima casa de estudios.
Colombiano de nacimiento, como su padre, Isaías, era el mayor de los tres hijos varones del “Pequeño”, producto de su primer matrimonio; los otros, Geovanni, Jimmy y la única mujercita, Jackeline.
No tardó en formarse un círculo en torno al abrazo fraterno en el que nos fundimos. Uno a uno los demás compañeros reporteros dieron su pésame a Bernardo, quien ante la tragedia, de por sí bajito, lucía diminuto.
Un detalle que definió ante nosotros al entonces Director del Consejo Nacional de Recursos para la Atención de la Juventud (CREA), Heriberto Galindo Quiñones, fue su intervención directa para el traslado inmediato de nuestro amigo hasta Costa Rica, lugar donde falleció el joven de la Serna.
Con los últimos rayos del sol, ese mismo día, el afectadísimo progenitor viajó a tierras ticas. Lo llevé al aeropuerto y, hasta poco antes de subir al avión, me aseguró que desconocía los detalles del funesto suceso.
-Te platicaré todo a mi regreso- me dijo.
Isaías había viajado a aquel país a visitar a su madre, Marina, quien años atrás los había abandonado.
Antes de mudarse a León, Guanajuato, donde lo recomendé para que abriera plaza en deportes en las estaciones de Grupo ACIR, en México Bernardo y sus hijos pasaron las de Caín.
Fueron echados inhumanamente a la calle por una infeliz casera que les rentaba un cuartucho por el rumbo de la capitalina zona industrial de Vallejo.
Pocas veces disfruté tanto arrojarle unos billetes en la cara a alguien, como en esa ocasión, al cubrir la mínima deuda por la que fueron arrojados.
Más tarde esa misma noche llegamos a casa de una amiga mía, quien accedió gustosa a recibirlos, toda vez que estaba sola en una amplia casa de tres recámaras, que los hijos y la pequeña del colombiano se encargaron de tenerla limpia y reluciente como “tacita de plata”.
Con la incertidumbre de qué había sido de Bernardo, quien además era tremendo animador de las metas en la Carrera Ciclista Transpeninsular, llevábamos varios días en la competencia, cuando para los mexicanos por fin surgieron flashazos de alegría en Tecate, Baja California.
Miguel Arroyo se impuso sobre la meta de llegada al patinador de hielo olímpico, Andy Hampsted, reciente medallista dorado en Juegos de Invierno, quien ya celebraba con los brazos en alto cuando el pequeño Halcón de Huamantla pasó como saeta por su derecha y le robó el triunfo sobre la línea de sentencia.
Debido a la escasa infraestructura, solamente los ciclistas se quedaron para pasar la noche en la cervecera población, mientras que los miembros de la prensa fuimos llevados a Tijuana para hospedarnos. Fue ahí donde se integró a la caravana el Chaparrín de la Serna, mi roomie fantasma hasta entonces.
Era el 26 de abril de 1986 y apenas íbamos a ponernos al tanto en toda la dramática historia de Isaías, cuando en la tele de la habitación sonó una persistente chicharra, al tiempo que la pantalla mostraba una parpadeante luz roja, con el letrero DANGER…
A continuación, un gráfico con la silueta de la Unión Americana en su frontera con México, mostraba el trayecto que seguía la nube radioactiva que se produjo tras la explosión nuclear ocurrida en Chernóbil, Ucrania, todavía parte del territorio de la Unión Soviética.
A Tijuana no llegaba aún Teléfonos de México y era la estadounidense ITT, la que prestaba los servicios de telefonía y televisión en esa franja fronteriza. De ahí que nos aplicaran todo el protocolo gringo, para evitar que cayéramos muertos en la calle cual palomas mensajeras.
Con el más riguroso temperamento latino, él colombiano y yo mexicano, nos valió un reverendo pepino el llamado a guarecernos de toda lluvia radioactiva y fuimos a darnos la vuelta por una, eso sí, vacía Avenida Revolución, otras veces bulliciosa y guapanguera.
La caminata tuvo efectos benéficos para el ánimo del recién llegado, quien lloró a ojo suelto todo lo que quiso y me reveló la parte más triste y dramática de la partida de su hijo: Él mismo preparó el coctel molotov, que se metió vía intravenosa para quitarse la vida.
No hubo carta de despedida, ni nada por el estilo. Dejó en el total misterio el por qué de su decisión; no señaló culpables ni habló de arrepentimientos. Simplemente acabó con su veinteañera existencia.
El Chaparro y yo coincidimos en que la fecha del 26 de abril de 1986 sería inolvidable, porque le tocó vivir su Chernóbil personal. Tuvo dos hijos más, Jevenny y Adrián "Pochín" con Claudia del Ángel. Y 26 años después de nuestra cita tijuanense, también en un día 26 pero de enero de 2012, Bernardo de la Serna se fue a alcanzar a su querido Isaías.