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Daría cualquier cosa por recuperar mi primera novela de ciencia ficción, que escribí como a los 12 años. El final, me hizo objeto de toda la carrilla familiar, porque puse: Y ASÍ LOS MARCIANOS ABORDARON SU CHOETE Y SE FUERON DE LA TIERRA.
Estaba seguro que cohete llevaba una hache intermedia, pero en aquel momento no pude recordar dónde tenía que ponerla. Mi texto, no sé por qué, estaba inspirado por la novela de H.G. Wells, "Guerra de los Mundos" que Orson Welles adaptó para radio en 1938.
Ni siquiera estaba en la secundaria y creo que me influyó algún programa radiofónico en el que mencionaron aquel capítulo que estremeció en su momento a los habitantes de Nueva York y Nueva Jersey, donde causó histeria colectiva.
En lo mal escrito, tenía el antecedente de la vergüenza que hice pasar a mi má, cuando en un examen escolar público, me pidieron que acentuara la palabra carácter. Como no estaba muy seguro, para no fallar, escribí CÁRÁCTÉR.
En ese mismo examen sólo mi primo Luis Méndez me igualó, al responder ¡EL CERDO! cuando le pidieron que mencionara un ave de corral.
En aquellos años no tenía ni la más remota idea de que la escritura sería parte fundamental en mi vida y, por supuesto, lo que menos pensaba es que estudiaría periodismo.
A esa edad ya estaba operado del corazón y el matrimonio de mis papás ya había pasado a mejor vida. Por cierto, hasta hoy me doy cuenta de lo temprano que nos abandonó papá.
Fueron tiempos difíciles para mi Jechu, quien tuvo fuerzas para sobreponerse a una no muy buena relación con sus suegros y, quien sabe cómo, hizo que casi nunca nos faltara, casi nada.
Guardo de esa época dos recuerdos muy tristes. El primero, cuando nos embargaron el refri, porque ya no se pudieron pagar las letras.
Se llevaron una parte de mi vida; era un sinónimo del cariño materno, porque siempre procuraba que hubiera algo para nosotros a cualquier hora del día. Lo mismo una fruta, un pedazo de pay, una gelatina, o lo que fuera.
Si tenía qué salir, su cariño quedaba patente en el refri, donde nos dejaba sus recaditos: MIS AMORES: FUI A VER A LA TÍA TONA. AQUÍ EN EL REFRI HAY MANGOS, PARA QUE ME ESPEREN.
Fue un impacto brutal ver salir por la puerta aquel electrodoméstico.
El otro triste recuerdo, fue de una noche de Reyes, en la que no había nada para regalarle al más chico de mis hermanos. Mamá hurgó en todos sus botecitos de estambres y junto con unas monedas que le dimos el mayor y yo, salimos a buscar algo qué darle.
Alcanzó para una pelota de plástico y un camioncito de madera, pero El Pollo no se quedó sin Reyes. Ya entonces me dolía el dolor de doña Socorro.
No olvido que me divertía muchísimo con los comics, les decíamos cuentos, de la Familia Burrón, donde Gabriel Vargas describía con lujo de detalles la vida en las vecindades del centro y cualquier colonia del Distrito Federal de entonces.
Curiosamente, de niños nunca vivimos en una vecindad. Crecimos en un departamento en planta alta, con entrada independiente de la calle, dos recámaras, un cuartito, baño, sala-comedor y una cocina de muy buen tamaño, además de un cuarto de azotea al que se accedía por unas escaleras metálicas.
En el baño había un calentador de combustibles (acerrín en bolsas de papel estrasa con petróleo) y la regadera no funcionaba, por lo que una vez que se calentaba el agua, la sacábamos de la llave y la terciábamos en unas cubetas para bañarnos a jicarazos, en la tina.
Everardo Larios "El Güero" quien era nuestro casero, jamás se interesó por arreglar o cambiar el calentador y creo que los 150 pesos que se pagaban de renta congelada no cubrían el gasto del desperfecto.
Mientras yo ahorraba para poder cambiarnos de casa, la muerte abusiva se adelantó y cargó con mi má, sin poder hacer nada más que meter el poco o mucho dinero que había juntado a los gastos originados por el sepelio de doña Soco.
La partida de la autora de mis días, trastocó por completo la realidad. Abrió caminos hasta entonces desconocidos y al mismo tiempo propició que los Gasque Martínez nos acercáramos como hermanos. Nos fuimos a vivir juntos a un departamento de la colonia Del Valle, en Amores 33-3, situación que merece un tomo aparte.
Y sí, era un departamento en una vecindad, pomposamente llamada privada, con varios departamentos en línea, arriba y abajo, pero con una característica singular: un patio más que limpio y nada de tendederos, o acumulaciones en los rincones, como lo pedía nuestra casera, la señora O'Farril.
Los lunes de cada semana, nuestra linda casera, nos pedía de la manera más atenta que le entregáramos la vivienda, debido a las múltiples quejas por nuestros ruidosos fines de semana. Le prometíamos que sería la última vez y ella siempre nos creía, a pesar de que nunca cumplíamos.
En ese domicilio se escribieron páginas épicas de nuestra existencia y se gestaron lazos de amistad tan fuertes que subsisten hasta la actualidad. Se dieron encuentros vitales y se cerraron ciclos.
Todo ello está documentado en escritos de mi hermano Heriberto, que guardan celosamente los sucesos de esa etapa crucial cuando dimos el brinco de adolescentes a adultos. Bueno, no necesariamente todos, porque yo todavía añoro aquella novela del CHOETE.