Una presidenta científica, una ciencia para México
No hablo de nuestra Carta Magna. Voy a referirme a Ciudad Constitución, Municipio de Comondú, en Baja California Sur.
Era meta de la primera etapa de la Carrera Ciclista Transpeninsular, que partía de La Paz y llegaba a esa tranquila población después de poco más de 200 kilómetros.
Poca gente se reunía para dar la bienvenida a los esforzados ciclistas, y no por falta de interés sino por escasez de población. Si hoy no llegan a 500 mil, en aquellos años 70, rebasaban apenas la cifra de 100 mil.
Su avenida principal "General Agustín Olachea Avilés", prócer del lugar, se engalanaba desde la entrada de la carretera, para recibir a la colorida caravana que integraba el evento.
La única vialidad completamente pavimentada de entonces, honraba a quien llegó a ser Gobernador del Estado, Secretario de la Defensa Nacional y hasta presidente del Comité Ejecutivo Nacional del PRI.
Emocionaba y hasta enternecía el aplauso de los lugareños, lo mismo para los patrulleros de la Federal de Caminos, que para las ambulancias, los vehículos de apoyo mecánico de los equipos, las motos de los jueces, los ciclistas y hasta las camionetas de los periodistas.
No era un lugar común, decir que la llegada de la carrera era un día de fiesta para los pobladores y quienes recibíamos su hospitalidad; la belleza de las comundueñas atragantaba bocados y alegraba la tarde durante el convivio de llegada.
Todas hijas de familia, se lucían con el trato amable hacia los visitantes, quienes sólo podían hacerse ilusiones durante las poco menos de doce horas de estancia en el lugar.
Destacaban por su belleza la reina de las fiestas municipales y toda su corte de princesas, quienes eran las encargadas de premiar a los tres primeros lugares de la etapa y luego se convertían en anfitrionas durante la comida.
No perdían la oportunidad para hablar de sus sitios turísticos con bellas playas del lado del pacífico, en la Bahía de San Juanico; sus templos jesuitas, interesantes cañadas y la riqueza de sus huertos.
En San Carlos, muy cerca de la comunidad, se podía observar también la ballena gris y paisajes de ensueño. Nos llevaban a viajar con la imaginación, porque era demasiado poco el tiempo de nuestra estadía. Ya cuando estábamos totalmente embelesados, caía la tarde.
En el fresco bar del pequeño hotel donde nos hospedaron -el mejor de la ciudad- paradójicamente se distinguía la pequeña figura de un gigante de la canción, Nelson Ned. Alertado sobre la presencia de periodistas, no perdió la oportunidad de convivir con nosotros.
Vaya tipo divertido… No paró un minuto de contar chistes y anécdotas de sus correrías por el mundo. Era además amable y espléndido; varias rondas de refrescantes "Pacífico" y diversos tragos, corrieron por su cuenta y, además, aguantó el ritmo a los más connotados cogotes del equipo de tundeteclas.
Se retiró hasta que su representante llegó a buscarlo para que se preparara para el concierto de esa noche en el único auditorio del poblado, adaptado lo mejor que se pudo como centro de entretenimiento.
Sin mucha competencia a la vista, Ned abarrotó el lugar hasta los tinacos y demostró la extraordinaria voz que lo puso en un lugar de privilegio en el ámbito de la cantada. Como se esperaba, cumplió con su público y nos regaló muy agradables momentos.
Después de la presentación del cantante, el manto de la noche transformó por completo el panorama de la pacífica población, que contaba con un sitio para adultos. Era el momento en que las hijas de familia se despedían y volvían a casa.
Parecía un cambio de canal de televisión, de las caricaturas y los programas familiares, a las series tres equis. No era una "zona", como solían existir en algunas ciudades de la época; se trataba de un pequeño salón tenuemente alumbrado.
Chicas de la parte norte de la península y de algunos países centroamericanos, encontraban ahí su sustento, proveniente principalmente de los bolsillos de agricultores y pescadores de la región. Todo lujo ausente, las chicas se repartían en las no más de 10 mesas.
Y ahí, como salido de un cuento y totalmente fuera de lugar, se distinguía el sombrero blanco de Mike Brito con su impecable traje azul; era el cubano-norteamericano descubridor del Toro, Fernando Valenzuela.
Si ya Nelson Ned había sido una sorpresa, nos preguntábamos ¿qué podía buscar ahí en una vuelta ciclista, un hombre dedicado de lleno a la pelota caliente? La respuesta, muy sencilla: publicidad gratuita y amable, con "sus amigos" de la prensa deportiva.
Ese era el imán increíble que tenía la Carrera Transpeninsular. Cumplía con su propósito original de promocionar la enorme belleza de la Península de Baja California.
En lo deportivo, inscribió con letras de oro en la historia del ciclismo nacional nombres como los de Bernardo Colex, Paco Vázquez, José Luis Castañeda, Luis Rosendo Ramos, Rodolfo Vitela, Salvador Esquivel, Miguel Mejía, Hilarión Sánchez, Nacho Mosqueda, Tito Lugo, Raymundo Rincón y tantos más que llenaron páginas y espacios inolvidables en los medios escritos y electrónicos de la época.
Ciudad Constitución era apenas la primera etapa de una competencia que duraba más de dos semanas, a través de playas, desiertos y oasis, a lo largo de los mil 711 kilómetros de la hoy olvidada por mexicanos y coto estadounidense, carretera transpeninsular de la península de Baja California.




