¿Desaparición de Morena?
Hay dos formas de contestar al cuestionamiento que da título a mi columna de esta semana: “¿Cuál es el éxito de la FIL?”… Una, desde luego, es la versión oficial, destacando que la Feria Internacional del Libro de Guadalajara es la segunda más grande del mundo, debido a su importancia como el festival cultural más influyente de Iberoamérica y un punto de encuentro para miles de escritores, editoriales, académicos y visitantes. Su crecimiento constante, junto con el interés del público y la participación internacional de más de 40 países, la consolidan como un evento global de gran magnitud, solo superado por la Feria del Libro de Fráncfort.
Sin embargo, yo iría más allá. Para mí, la respuesta tiene que ver con las experiencias, las historias y el sabor de boca que deja este evento a quienes acuden ávidos de lecturas que los lleven a mundos imaginarios, a expandir sus conocimientos o, simplemente, a disfrutar de un rato agradable de la mano de plumas que pusieron alma, corazón y vida en sus textos, autores que esperaban llegar justo a ese lector que valora lo que escribieron.
Fundada en 1987, la FIL nació de la necesidad de crear un espacio donde el arte, la cultura y el entretenimiento tuvieran un punto de encuentro. Fue obra del visionario Raúl Padilla López, fundador también de la Muestra de Cine Mexicano de Guadalajara y rector de la Universidad de Guadalajara de 1989 a 1994.
Aunque en sus primeras ediciones no tenía un invitado de honor definido, a partir de 1993,año en que Colombia recibió esta distinción, muchos países y provincias han enriquecido con sus aportaciones la oferta literaria y cultural de la FIL Guadalajara, siendo Barcelona el invitado de honor en 2025.
Pero volviendo a lo que la FIL significa, al menos para mí, es mucho más que sólo libros. Estos son el corazón y el pretexto para el encuentro, sí, pero quiero enfatizar las experiencias que te deja la Feria, porque los asistentes la viven de maneras muy distintas: conocer a un escritor favorito, encontrar un libro que creían imposible de hallar o escuchar una conferencia que nos invita a reflexionar.
Dentro de mis recuerdos, uno de los más valiosos fue cuando, como práctica de mi clase de cine, pasé junto con mis compañeros dos días grabando un documental sobre las actividades de la FIL. Hicimos un plano secuencia siguiendo por los pasillos al maestro Carlos Monsiváis, quien, como muchos personajes que uno se encuentra ahí, fue sumamente accesible y dejó que lo grabáramos con una sonrisa bonachona.
O cuando escuché por primera vez a un grupo llamado Café Tacvba, que entonces no era tan conocido pero que me impactó con su propuesta y energía. Después asistí a otros conciertos en la explanada de la FIL, donde bandas como Santa Sabina, La Maldita Vecindad, Sangre Azteca o La Lupita me dejaron simplemente fascinado.
La cantidad de libros que he comprado en la FIL ya rebasó mi memoria, pero recuerdo que cada uno lo leí con entusiasmo, sin decepciones, porque todos esos textos fueron elegidos de entre miles y miles de títulos, algo que solo puede ocurrir en la Feria Internacional del Libro.
Finalmente, cerraría diciendo que la FIL la vive cada quien a su manera, y ese es, para mí, el secreto de su éxito: tiene algo que ofrecer para todos, como la vida misma.



