Ernesto Ruffo es inocente
Ayer fue el Día Internacional de la Juventud y después de leer muchos mensajes en redes sobre el tema, me sorprendí pensando que, como padres, dedicamos mucho tiempo a preocuparnos por el futuro de nuestros hijos, pero quizá muy poco a preguntarnos quiénes son hoy. Los llevamos a la escuela, conocemos sus horarios, las amistades que frecuentan, nos esforzamos por protegerlos y procuramos darles las mejores oportunidades posibles. Sin embargo, de vez en cuando me asalta una duda: ¿de verdad conozco a la persona en la que se está convirtiendo cada uno de ellos?
Porque conocer a un hijo no consiste en saber a qué hora entra a la escuela, revisar dónde está desde una aplicación o tener acceso a su contraseña de Netflix. Todo eso nos dice dónde pasa el tiempo, pero dice muy poco sobre quién es. Conocerlo de verdad significa saber qué lo entusiasma, qué lo preocupa, qué conversación lleva días repitiendo en silencio o qué miedo decidió guardar para sí porque estaba seguro de que no lo entenderíamos.
Hace algún tiempo, mis propios hijos me hicieron notar algo que hasta ese momento yo no había querido ver. En dos momentos distintos, y con palabras diferentes, ambos terminaron diciéndome prácticamente lo mismo. Mi hija respondió con un resignado: “Sí mamá, ya lo sé, no me lo vuelvas a decir”. Días después mi hijo fue todavía más claro: “¿No te puedo platicar algo sin que siempre me digas qué hacer?”.
Confieso que en verdad me dolieron sus comentarios. Durante unos segundos pensé que estaban rechazando mis consejos, pero ahora pienso que en realidad estaban tratando de decirme algo más importante. No me estaban diciendo que dejara de ser su mamá; me estaban pidiendo que, de vez en cuando, dejara de ser su solucionadora oficial.
Creo que muchos padres nos reconoceremos en esa escena. Queremos ayudar tanto, que a veces, confundimos escuchar con resolver. Mientras nuestros hijos apenas empiezan a contarnos el primer capítulo, nosotros ya visualizamos la serie completa. Inconscientemente identificamos el riesgo, la consecuencia y el error que podrían cometer. Ellos todavía están intentando ordenar lo que sienten y nosotros ya estamos preparando la respuesta perfecta y el mejor consejo o advertencia que, según nosotros, les evitará un sufrimiento.
Con esa inquietud empecé a leer sobre el tema y encontré un concepto que me hizo muchísimo sentido. Los psicólogos William Miller y Stephen Rollnick, creadores de la entrevista motivacional, cuyo término original en inglés es "righting reflex", describen algo que llaman el reflejo corrector: esa tendencia casi automática a decirle a la otra persona qué debería hacer antes incluso de haber comprendido del todo lo que está viviendo. Lo curioso es que ese impulso nace del cariño. Corregimos porque queremos proteger. Sin embargo, cuando aparece demasiado pronto, puede producir el efecto contrario. La otra persona deja de sentirse escuchada y empieza a sentirse juzgada.
Mientras leía esa explicación no podía dejar de pensar que, probablemente, muchos de nosotros llevamos años educando con el reflejo corrector activado. Cada conversación termina convirtiéndose en una clase, cada problema en una oportunidad para enseñar y cada confidencia en un recordatorio de todo lo que ya les habíamos advertido. Sin darnos cuenta, nuestros hijos aprenden que contar algo implica exponerse a un interrogatorio o a un sermón. Y entonces empiezan a seleccionar cuidadosamente qué nos cuentan y qué no.
Y muchas veces, ahí es donde empieza una de las distancias más peligrosas entre padres e hijos. Cuando sienten que no pueden hablar con nosotros porque terminan siendo corregidos o juzgados de inmediato.
La incongruencia es que hoy podemos conocer su ubicación en tiempo real, podemos revisar sus tareas pendientes en una plataforma, nos llega todo tipo de avisos o notificaciones de la escuela a nuestro celular y podemos controlar el tiempo que pasan frente a una pantalla. Hoy es mucho más fácil controlar a un hijo que antes, pero eso no significa necesariamente que lo conozcamos mejor. A veces sabemos perfectamente dónde y con quién está, pero no tenemos idea de cómo se siente.
Y, siendo honestos, tampoco es extraño que actuemos así. Educar hoy produce una sensación permanente de incertidumbre. Las redes sociales, el ciberacoso, la presión académica, la violencia, la inteligencia artificial y un mundo que cambia a una velocidad que ni nosotros podemos asimilar, hacen que muchos padres sintamos que debemos anticiparnos a cualquier peligro. Queremos evitarles errores, decepciones y sufrimientos. Lo hacemos por amor, pero también porque hoy el miedo nos acompaña en la crianza moderna.
Queremos hijos seguros, pero también independientes, deseamos que aprendan a tomar buenas decisiones sobre todo cuando no estamos con ellos, pero muchas veces nos cuesta permitirles tomar las decisiones equivocadas que también forman parte del aprendizaje. Es un hilo muy delgado el diferenciar hasta dónde los dejamos equivocarse y dónde intervenir.
La psicóloga Judith Smetana lleva décadas estudiando cómo los adolescentes construyen su autonomía y ha observado que ellos tienen muy clara la diferencia entre los asuntos en los que esperan que sus padres intervengan, como su seguridad o su salud, y aquellos aspectos que consideran parte de su espacio personal, como sus amistades, sus gustos o algunas decisiones cotidianas. Cuando los padres invadimos constantemente ese territorio, lo que nosotros interpretamos como protección ellos suelen vivirlo como falta de confianza.
¿Entonces debemos volvernos espectadores pasivos? No. Hay momentos en los que definitivamente intervenir es indispensable. Si existe un riesgo real, nuestra responsabilidad sigue siendo actuar. De hecho, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) han encontrado que un monitoreo cercano y saludable por parte de los padres se asocia con menos conductas de riesgo en los adolescentes. Y es aquí donde nos debe quedar claro a nosotros como padres la diferencia entre monitorear y espiar. Monitorear es conocer a sus amigos, interesarse por sus actividades, mantener abiertas las conversaciones y construir una relación en la que la supervisión nazca de la confianza y no de la vigilancia.
Hoy siento que siempre intento evitar que mis hijos sufran y supongo que es un impulso natural de la maternidad y la paternidad, pero últimamente intento hacerme una pregunta distinta: ¿Qué experiencias necesitan vivir para convertirse en adultos capaces de enfrentar la vida? Incluso aunque sean dolorosas, porque nadie desarrolla criterio si otra persona toma todas las decisiones por él y es muy difícil aprender a levantarse si nunca nos permitieron caer.
No tengo una respuesta definitiva. Como muchos padres, sigo aprendiendo sobre la marcha y seguramente seguiré equivocándome más de una vez. Pero sí hay una idea que intento recordarme cada vez que alguno de mis hijos empieza una conversación conmigo: no están esperando siempre que les dé una solución, quizá solo quieren saber que hay alguien dispuesto a escuchar hasta el final sin emitir juicios.
Tal vez nunca sabremos absolutamente todo sobre nuestros hijos, pero eso no quiere decir que no los conozcamos de verdad. Creo que lo más valioso será conseguir que, cuando la vida les presente uno de esos problemas que de verdad pesan, piensen primero en acercarse a nosotros antes que en esconderse o buscar soluciones en internet. Y sospecho que esa confianza se construye con esos pequeños momentos en los que logramos hacer algo que, irónicamente, parece cada vez más difícil para los adultos: guardar silencio y escuchar.