Control de daños
Nuestra lucha es mucho más que electoral; es ética, por la verdad; es existencial, por la vida; es espiritual, por el bien Corina Machado. Oslo, noviembre 2025.
Como pocas veces, quizá como nunca, se disparó la expectación mundial por la entrega del premio Nobel debido a la incierta presencia de la galardonada María Corina Machado, la luchadora venezolana reconocida por su resistencia civil en defensa de la democracia en su país. La presidenta de México decidió quedarse fuera de la celebración con un “sin comentarios” al ser cuestionada sobre la premiación de la venezolana. La ideología —y, tal vez en este caso, el compromiso con López Obrador—, nos vuelve rehenes de fijaciones políticas que niegan lo más elemental y sublime del ser humano: su dignidad. Al margen de las políticas, de sus aliados y de la amenaza de intervención militar de EU en Venezuela, la lucha de María Corina es irrefutable, como su entereza. Innecesario recurrir a la empatía de género como argumento.
María Corina no llegó a tiempo recoger el premio; lo recibió su hija Ana Corina Sosa. The Wall Street Journal relata que fue rescatada de su escondite por vía marítima con el auxilio de tropas norteamericanas que la trasladaron a Curazao y, desde allí, inició un largo periplo que le impidió llegar con oportunidad a la ceremonia en Oslo, Noruega. Finalmente, su ausencia se convirtió en una presencia poderosa y arrolladora, evocando a Nelson Mandela, otro de los inmortales galardonados con el Nobel de la Paz. El reconocimiento no es sólo a su persona, sino a su causa y, con ello, a los millones de venezolanos que votaron por su proyecto, así como a quienes están en prisión y también a los 9 millones que han abandonado el país, forzados por la dramática situación que allí se vive. En cierto sentido, reconocer a Corina Machado es una bocanada de oxígeno para la defensa de la democracia y las libertades en estos tiempos oscuros, producto de la polarización.
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