
El voto no se compra (en EU)
El auténtico, el único lugar donde se servían bebidas alcohólicas a deshoras en Moscú 80, era el camuflado bar del Hotel Moskva, donde se hospedaba la prensa mundial durante los Juegos Olímpicos realizados en la capital rusa.
No había algo que avisara sobre su existencia, nada de letreros o invitaciones para conocerlo, en un hotel de mil habitaciones ocupadas por el doble número de gargantas sedientas.
Como buenos mexicanos nosotros íbamos preparados con generosas dotaciones de botellitas de colección de tequila, para que no faltaran en el momento de algún posible festejo; pero eso de beber en las habitaciones resultaba un tanto tedioso.
La sensación de aburrimiento crecía cuando nos daban las 3 de la mañana con un sol en todo lo alto y sin sueño. Dormíamos en el día moscovita para poder aprovechar nuestra vigilia en un horario acorde a nuestras necesidades de envíos informativos.
Y sucedió que una larguísima tarde al regresar de algún escenario deportivo, mi compañero Luis Lara Ochoa, (por cierto, hermano de la querida Lupita Lara, protagonista de la serie televisiva “Mi Secretaria”) me dio una inesperada noticia, al encontrarnos en la Sala de Prensa.
-Hay bar en el hotel, me dijo.
-¿En cuál?, le respondí incrédulo.
Me explicó que en el sótano del Moskva funcionaba un bar casi con todas las de la ley, estilo occidental; es decir, con barra, cantinero, meseras y a media luz a cualquier hora.
-Lo descubrí hoy después de mi frugal desayuno -me dijo-. Caminé un poco por el lobby y me topé con una escalera de bajada; curioso que soy, abrí unas cortinas a modo de telones y ahí lo encontré- me explicó.
Él se había quedado en el Media Center durante toda la jornada en la que nos tocaba mandar nuestras grabaciones y entrevistas a México, para checar que todo se realizara sin problemas.
Nuestro material grabado, lo enviábamos a través de una máquina de foto láser de la agencia AP, que mientras punteaba lentamente las gráficas, podía también mandar audio de muy buena calidad a velocidad normal. Era lo más moderno y lo último de entonces.
Luis descubrió además otras linduras. Resulta que, por tres boletos del desayuno, -que pocos tomaban por insípido- incluido en nuestro hospedaje de prensa, te daban una botella de champaña rusa, cosa que nada más nosotros sabíamos.
Con esta valiosa información -la información es poder- nos dimos a la tarea de recolectar entre los colegas los boletos de desayuno que no utilizaron. “Es para llevarles algún recuerdito a los cuates” argumentábamos.
Por si fuera poco, al buen Luis, que no tardé en apodar el Zar, era al único que un mesero le cambiaba dólares al tres por uno en el mercado negro. Así que el negocio prosperó. Por cada 50 dólares cambiados, el beneficiado tenía que poner una de champaña para la comunidad.
A pesar de que el personal del bar era cambiado cada tercer día, para evitar eso de la contaminación ideológica, nos hicimos amigos de todas las “tripulaciones”. Rompimos el silencio sepulcral, cuando encontramos tras la barra un tocadiscos y varios acetatos de los Beatles, Ala Pougachova y una banda de jazz de Leningrado.
En menos de una semana el lugar cobró vida y se volvió una especie de Torre de Babel, donde privaba la amistad y el compañerismo.
Pero, como todo en esta vida -si el Festival de Porky se acaba- este también se acabó.
Con los rostros bañados en lágrimas, sin entender una sola palabra el uno del otro intercambiamos con la “tripulación” en turno todo lo que pudimos y pudieron.
Dimos playeras, pants y tenis de Adidas; a cambio, recibimos servilletas y bolsas de plástico con la figura del osito Misha. Hasta la fecha guardo la mía con mucho cariño.