Ni olvido ni impunidad en el caso de Ximena y Pepe: Clara Brugada
Señalábamos en la colaboración anterior que la postura de la presidenta respecto al cambio de la fecha de la consulta para la revocación de mandato sería indicativa de si posee sentido de su condición de jefa de Estado y, en particular, de si está dispuesta a privilegiar esa investidura por encima de la de líder del régimen obradorista. Se es presidenta para hacer valer el interés del país, no el del proyecto político que se suscribe.
Para actuar con acierto, primero es necesario saber quién se es; lo segundo, contar con un conocimiento razonable del entorno y de la prospectiva. La presidenta Sheinbaum y quienes la aconsejan muestran confusión en ambos aspectos. Desde el arribo de López Obrador al poder —o quizá desde el triunfo de Vicente Fox—, se perdió sentido de Estado. Había sentido de gobierno o de régimen político, pero no de Estado. Es simple: si se entiende que el presidente tiene como responsabilidad fundamental representar al Estado debe privilegiarse al país por encima del régimen o, como dijera un político de manera ampulosa, pensar más en las próximas generaciones que en las próximas elecciones.
Si se antepone el interés del régimen, no podrán darse las respuestas que la realidad demanda. Eso fue lo que dejó en claro Mark Carney en Davos. Para sobrellevar la adversidad y avanzar se requieren valores y principios en lo fundamental, y pragmatismo en lo secundario. El obradorismo tiene invertidas las prioridades; por ello, la calidad del gobierno se ha deteriorado de manera significativa y hoy el país se encuentra a merced de dos grandes amenazas: la del crimen organizado y la de Trump. Responsabilidad de Estado implica hacer valer la ley, el interés general y sancionar al crimen.
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