Una presidenta científica, una ciencia para México
Durante años hemos celebrado una de las grandes conquistas de nuestro tiempo: vivimos más. La medicina trata enfermedades que antes no podía, sobrevivimos durante décadas a enfermedades crónicas y muchas personas llegan a los 70 u 80 años viajando, trabajando, haciendo ejercicio, enamorándose y participando activamente en su familia y su comunidad.
Pero mientras celebramos esta longevidad, también empezamos a preguntarnos ¿qué sucede cuando esos años adicionales vienen acompañados de pérdida de autonomía, deterioro cognitivo, enfermedades crónicas o necesidad de cuidados durante cinco, diez o incluso más años?
Hemos aprendido a prolongar la vida mucho más rápido de lo que aprendimos a organizar todo lo que una vida más larga puede necesitar. Y cuando el sistema no alcanza, generalmente la que siempre está ahí, es la familia.
Cuando pensamos en una persona cuidadora imaginamos a alguien llevando a un adulto mayor al médico, preparando sus alimentos o administrando medicamentos. Esa persona existe, en su mayoría son mujeres y realizan un trabajo enorme, pero es solamente una parte de la historia.
También existe el hijo que paga al cuidador, aunque no pueda estar presente. La hija que pasa después del trabajo a revisar como están sus padres. Los hermanos que se turnan para acompañar a las citas médicas. Hay quien paga una residencia, adapta una casa, resuelve una emergencia, completa cada mes una pensión insuficiente o pasa horas organizando médicos, medicamentos y estudios. Todos ellos también están cuidando de manera física, emocional, logística y financiera, y con frecuencia es una familia repartiéndose esas responsabilidades como pueden.
Los números permiten entender el panorama. La Encuesta Nacional para el Sistema de Cuidados del INEGI identificó en 2022 a 31.7 millones de personas de 15 años y más que brindaban cuidados en México. Y en 2024 el valor económico del trabajo doméstico y de cuidados no remunerados, alcanzó el 23.9% del PIB nacional. Si bien, en esta cifra no todas son actividades de cuidado al adulto mayor, si muestra que mucho de este trabajo ocurre fuera del mercado y dentro de las familias. Definitivamente muchos de nosotros lo hacemos por amor, pero inevitablemente tienen costo.
Aquí aparece la llamada generación sándwich: hombres y mujeres que todavía apoyan a sus hijos mientras comienzan a hacerse cargo también de sus padres. Esta generación sostiene a tres generaciones. Y no solo me refiero a una persona corriendo entre su trabajo, la escuela de sus hijos y la consulta del geriatra. También está la persona de 50 o 55 años trabajando normalmente, aparentemente sin responsabilidades de cuidado, pero destinando cada mes una parte de sus ingresos a pagar enfermera, medicamentos, rehabilitación, transporte, consultas, estudios o adecuaciones en casa. Y todo esto ocurre justo en una etapa de la vida en la que debería estar consolidando su patrimonio y aumentando el ahorro para su propia vejez.
Hay además una factura que muchas familias empiezan a descubrir demasiado tarde: la del aseguramiento médico y la falta de planeación para el retiro. En muchos casos, contratar un seguro de gastos médicos mayores o construir un ahorro suficiente para la vejez simplemente, no formó parte de la planeación habitual de todos los hogares mexicanos o de sus posibilidades. Algunos confiaron en el sistema público y otros nunca pudieron pagarlo. Pero intentar resolverlo a los 65, 70 u 80 años ya no es igual que hacerlo a los 40. Las primas pueden volverse difíciles de sostener y algunas personas terminan reduciendo coberturas o abandonándolas justo cuando comienzan a necesitarlas más.
Esta nueva longevidad casi no ha volteado a ver este tema: podemos terminar financiando los últimos años de nuestros padres precisamente en los años en que deberíamos estar financiando los nuestros. Y entonces el problema empieza a heredarse de generación en generación. El sistema está ahorrando porque la familia cuida, pero el costo no desparece, simplemente cambia de lugar. Puede aparecer como menos horas de trabajo, una carrera interrumpida, perdida de ingresos, menor ahorro para el retiro, patrimonio destinado a cuidados o deterioro de la propia salud debido al estrés.
La OCDE (Organismo para la Cooperación y el Desarrollo Económico) del cual México forma parte, estima que la demanda de cuidados de largo plazo podría crecer más de un tercio hacia 2050. También dice que los cuidadores informales -familiares y amigos- siguen siendo una pieza fundamental de los sistemas de cuidados de largo plazo. En los países analizados, alrededor del 60% de los adultos mayores que reciben cuidados en casa, dependen exclusivamente de ese tipo de cuidado.
En los últimos años, este tema ha empezado a entrar en la agenda pública de nuestro país y actualmente se impulsa la construcción de un Sistema Nacional y Progresivo de Cuidados que ya refleja ciertos avances en coordinación, capacitación y algunos apoyos estatales. En Jalisco, por ejemplo, ya se han implementado programas económicos y de formación para cuidadores.
Además, hace unos días, la Comisión de Atención a Grupos Vulnerables de la Cámara de Diputados aprobó por unanimidad un dictamen para incorporar a la Ley de los Derechos de las Personas Adultas Mayores el concepto de “envejecimiento saludable”. El dictamen aún debe continuar su proceso legislativo, pero ese nuevo concepto importa porque comienza a reconocerse que la política entiende lo que podría estar cambiando en el futuro, y podría convertir ese concepto en prevención, infraestructura, servicios y apoyo cotidiano para las personas mayores y para quienes las cuidan.
Son pasos hacia adelante pero todavía estamos lejos de contar con un sistema que ofrezca cuidados cotidianos de largo plazo para la persona que los necesite, y, al mismo tiempo, proteja del desgaste físico y emocional a quienes cuidan. Mientras eso ocurre, la familia sigue siendo, en la práctica, el principal sostén. Y ahí es donde todavía existe un enorme espacio por construir.
Otros países llevan años intentando resolver este dilema. Alemania y Japón crearon sistemas específicos para financiar cuidados de largo plazo. Uruguay desarrolló desde 2015 un modelo basado en la idea de que el cuidador debe ser una responsabilidad compartida entre familia, Estado, comunidad y mercado. Ninguno ha resuelto por completo el problema, la población sigue envejecimiento, los costos aumentan y falta personal especializado, pero dejan una enseñanza: una sociedad longeva no puede seguir tratando el cuidado como un asunto exclusivamente privado.
Durante lo próximos años hablaremos mucho de relojes biológicos, inteligencia artificial médica, terapias regenerativas, biomarcadores y nuevos medicamentos. Todo eso, la verdad me entusiasma. Pero esto no quiere decir que absolutamente todos llegaremos a edades avanzadas con nuestra capacidad funcional intacta. Mientras una parte del mundo investiga como extender la vida humana, la sociedad empieza a darse cuenta que necesita cuidadores profesionales bien capacitados, atención domiciliaria, centros de día, viviendas adaptadas, apoyo a quienes cuidan y nuevos esquemas para financiar la dependencia. Y necesitamos hablar de ello antes de que se vuelva emergencia.
Pero por lo pronto, esto también nos debe dejar pensando a nosotros
Por ahora, este es el asunto que más me interesa. No podemos controlar al cien por ciento cómo envejecemos pero si podemos disminuir algunos riesgos y, sobre todo, podemos dejar de comportarnos como si nuestra vejez fuera un problema que resolverá alguien más de manera mágica.
Preparar nuestra longevidad debe incluir claramente cuidarnos físicamente, pero también es muy importante construir ahorro, revisar seguros, organizar documentos, hablar en familia sobre nuestras preferencias, pensar dónde queremos vivir, adaptar gradualmente nuestra vivienda y entender cuánto podría costar necesitar ayuda algún día.
Probablemente pronto veremos aparecer seguros para dependencia, vivienda colaborativa, comunidades multigeneracionales, tecnología que permita vivir más tiempo de manera independiente y servicios domiciliarios que hoy empiezan a desarrollarse.
La llamada Longevity economy hoy habla de suplementos, gimnasios, viajes y tratamientos antiedad, pero pronto una gran parte estará dedicada a ayudarnos a conservar independencia y proporcionarnos cuidados cuando la perdamos.
No podemos pensar que las nuevas generaciones tienen la obligación de cuidar a sus padres, ni tampoco pensar que el Estado podrá asumir completamente esa responsabilidad. Necesitamos pensar de manera más madura y reconocer que vivir más cambia completamente el contexto familiar, económico y social. La longevidad ya por si misma, es una extraordinaria conquista, tener a nuestros padres durante más años es un privilegio que generaciones anteriores simplemente no tuvieron. Y nosotros probablemente tendremos también años que nuestros abuelos jamás imaginaron. Pero cada revolución trae consigo consecuencias que hay que aprender a enfrentar.
Es momento de preguntarnos cómo queremos vivir cuando necesitemos ayuda, quién queremos que participe en nuestro cuidado y que podemos hacer desde hoy para no entregarles a nuestros hijos una factura que nunca planeamos pagar nosotros. Preparar nuestra vejez es una forma de cuidar a quienes vienen detrás y puede que sea una de las expresiones más modernas de la longevidad: procurar que nuestros años adicionales no dependan por completo del sacrificio de la siguiente generación.



