Hablando en Serio/Santiago Heyser
Hay una mirada que es inconfundible y es la de la esperanza, esperanza que se convierte en desbordada emoción cuando suenan los herrajes de la correa, acompañada de saltos, ladridos y, juraría que es así, una sonrisa en el hocico. Claro que me refiero al perro, cuando sabe que es inminente el paseo con su humano, un momento muy especial, al menos, para el canino.
Lo mejor de crear este binomio para caminar juntos es que el beneficio es para el perro, pero también para el paseador, porque más allá de lo que digan los expertos, puedo dar testimonio de lo que vivo cada día que saco a pasear a mi Manchas: activación física, momento de reflexión y desconexión total, sin teléfono celular, para dedicarle ese tiempo a ella y nada más.
Todos los días aprendo algo de mi perrita: la paciencia para dejarle olisquear árboles y paredes; la confianza que me tiene en cada recorrido y la comunión que se da entre nosotros, donde, sin órdenes, basta leer el lenguaje corporal para saber cuándo detenernos, cruzar una calle o identificar un riesgo.
Son muchas las ventajas de pasear a tu mascota, pero siempre con correa, porque un ruido fuerte o la presencia de otro perro puede poner en peligro innecesario a tu lomito. Por eso resulta incomprensible ver perros sin correa en zonas urbanas, controlados a base de gritos.
Hay quienes encuentran en pasear mascotas una fuente de empleo, combinando una caminata con la mejor compañía y una remuneración económica, algo positivo tanto para paseadores como para dueños que no pueden hacerlo. Como en todo oficio, hay quienes lo hacen con profesionalismo y quienes no, en detrimento del bienestar del perrito.
Para quienes no pueden o no quieren asumir el compromiso de tener una mascota, existen programas de voluntariado en albergues, donde personas sacan a pasear a lomitos que esperan una familia. En más de una ocasión, esa conexión especial termina en una adopción definitiva.
La clave para mí es la responsabilidad: hacerse cargo de una mascota en todos los sentidos. Son seres nobles, cariñosos y agradecidos, que necesitan alimento, cuidados y vacunas, pero también convivencia, ejercicio y afecto. Lo que no se vale es tenerlos abandonados, esperando no solo comida, sino un abrazo, una caricia y la certeza de que importan.




