¡La Voz de la Igualdad!
La peligrosa ilusión de que todavía tenemos tiempo para actuar
Hay algo curioso que sucede en algún momento de la vida
No importa si tenemos veinticinco, cuarenta o sesenta años. En algún punto, la salud deja de ser algo que damos por sentado y empieza a ser algo en lo que pensamos. Compramos libros sobre bienestar, seguimos a médicos en redes sociales, escuchamos podcasts mientras manejamos, guardamos artículos para leer después y llenamos nuestro teléfono de videos con consejos sobre alimentación, ejercicio o sueño.
El conocimiento es más accesible que nunca. Y, sin embargo, nunca habíamos encontrado tantas formas de no hacer nada con él o simplemente posponer el momento de actuar.
Leía hace unos días a Mel Robbins, cuando encontré una referencia que me detuvo: La neurocientífica Tali Sharot lleva años estudiando un fenómeno que a veces pasamos por alto pero una vez que lo identificamos ya no podemos ignorarlo, y así me pasó, no he dejado de darle vueltas: las personas tendemos a creer que somos la excepción. Que las malas noticias, las enfermedades o las consecuencias negativas les ocurren a otros, pero difícilmente a nosotros. Nuestro cerebro trata de convencernos de que a nosotros nos irá mejor. Es un mecanismo de supervivencia. El problema es que, aplicado a la salud, se convierte en una trampa silenciosa.
Mientras leía esa idea, no pude evitar pensar que existe otra excepción todavía más peligrosa. No solo creemos que somos la excepción a la enfermedad, sino que también creemos que somos la excepción al tiempo.
Vivimos convencidos de que todavía habrá oportunidad de empezar después. El lunes. El próximo mes. Después de las vacaciones. Cuando termine este proyecto. Cuando los hijos crezcan. Cuando tenga menos trabajo. Cuando llegue el Año Nuevo.
Siempre encontramos un momento mejor que el presente y ese momento casi nunca llega. Nuestro cerebro nos da permiso de esperar, porque está seguro de que el futuro será mejor. Y así, el sesgo, que de momento nos protege, termina siendo el cómplice de aplazar todo.
La semana pasada escribía sobre cómo vivimos atrapados en una hipercomunicación permanente. Miles de estímulos compiten cada día por nuestra atención. Cuando nuestra mente apenas tiene espacio para escuchar sus propias necesidades, a muchos nos resulta mucho más fácil seguir aplazando decisiones. Posponer un hábito saludable también puede ser consecuencia de una mente saturada, agotada y desconectada de sí misma. En ese estado, el famoso "empiezo el lunes" deja de ser un plan y se convierte en una forma de supervivencia, cuando en realidad, lo último que queremos es que el lunes llegue.
Cuando el conocimiento nos hace sentir que ya cambiamos
Lo más irónico entonces, es que hoy el problema ya no es la falta de información. La mayoría conocemos los malos hábitos y las acciones que pueden afectar nuestra salud.
Pero estamos confundiendo aprender con practicar. Pensamos que guardar contenido nos hará cambiar de hábitos de manera automática.
Quizá nos pase más seguido de lo que queremos admitir, ves un documental sobre alimentación saludable y piensas: "Tengo que hacer esto." Escuchas un podcast sobre entrenamiento de fuerza y dices: "Qué interesante." Lees un artículo sobre sueño y hasta se lo compartes a alguien más.
Y, de alguna manera, tu cerebro siente que ya avanzaste. Le das check virtual al asunto de cuidar tu salud. Como si haber aprendido fuera equivalente a haber cambiado. Pero tu cuerpo no sabe cuántos libros has leído o a cuántos expertos sigues y tampoco sabe cuántos videos guardaste en Instagram. Tu cuerpo solo va a entender aquello que repites todos los días.
Existe una enorme diferencia entre saber qué hacer y hacerlo. Y esa diferencia se llama hábito.
El gimnasio más grande del mundo
Tal vez por eso me intriga mucho una escena que veo repetirse constantemente. Personas que pueden explicar perfectamente qué es el cortisol, cuáles son los mejores hábitos para dormir mejor y por qué el movimiento diario es crucial. Pero llevan años sin caminar veinte minutos al día, no pisan nunca un gimnasio o siguen respondiendo correos a medianoche.
No quiere decir que sean irresponsables, es solo que todos terminamos cayendo en la misma trampa mental. Creemos que todavía hay tiempo. Y la edad no es el factor, cuando somos jóvenes aplazamos las acciones porque sentimos que el cuerpo aguanta todo y cuando somos adultos las aplazamos porque la vida está llena de otras cosas más urgentes. Siempre hay una razón suficientemente “válida” para esperar.
Hace poco me di cuenta de algo y no me resultó muy cómodo. El cajón de "Guardados" de nuestras redes sociales probablemente sea el gimnasio más grande del mundo. Ahí viven millones de rutinas que nunca empezaron, recetas que nunca cocinamos, meditaciones que nunca hicimos y consejos que jamás pusimos en práctica. Y cada nuevo contenido nos hace sentir un poco mejor, aunque nuestra salud siga deteriorándose.
Vivimos acumulando información como quien acumula herramientas en una caja, pero sin abrir. Y una herramienta guardada, nunca arregla ni construye nada. Y la salud tampoco se construye con conocimiento almacenado. Los datos de la industria del fitness lo confirman: la mitad de las personas que se inscriben a un gimnasio, lo abandonan antes de cumplir los primeros seis meses.
La salud también genera interés compuesto
Pero el lado bueno de esto es que el cambio que necesitamos no es tan complicado como lo imaginamos. Pensamos que cuidar nuestra salud significa pasar tres horas diarias en el gimnasio, seguir una dieta perfecta, comprar suplementos costosos o visitar especialistas cada semana.
La realidad es más sencilla. Caminar veinte minutos, irte a la cama media hora antes, entrenar fuerza dos veces por semana en gimnasio o en casa, agregar más verduras a tu plato, respirar profundamente unos minutos al día, cenar más ligero o más temprano. No parecen decisiones extraordinarias, porque en realidad su poder está en la repetición, en la constancia de muchos pequeños momentos acumulados a lo largo del tiempo.
Quizá el mayor error es creer que todavía falta mucho para empezar a cosechar las consecuencias de nuestras decisiones, y aún más porque el cerebro está acostumbrado a las recompensas inmediatas.
En finanzas existe un concepto interesante llamado interés compuesto. Pequeñas inversiones constantes terminan generando grandes resultados con el paso de los años. Y podría decirse que la salud es exactamente igual. Cada caminata, cada comida equilibrada, cada sesión de ejercicio, cada copa de vino que decidiste no tomar. Son pequeñas inversiones que rara vez producen un cambio inmediato, pero cuyo rendimiento aparece años después, en tu independencia y vitalidad cuando tengas setenta u ochenta años.
Nuestro cuerpo lleva una contabilidad mucho más precisa que nosotros. Registra cada hora de sueño, cada paso, cada día de estrés, cada momento de movimiento. El cuerpo responderá a lo que repetimos.
La única versión de ti que importa
Por eso creo que el verdadero síndrome del próximo lunes no consiste en aplazar una dieta o una rutina de ejercicio, consiste en vivir convencidos de que el tiempo siempre jugará a nuestro favor y el tiempo es extraordinariamente generoso...hasta que deja de serlo.
No sé cuántos años viviré. Nadie lo sabe, pero sí sé una cosa, dentro de treinta años existirá una versión de mí que heredará las decisiones que estoy tomando hoy. No va a heredar todo lo que guardé y nunca apliqué, únicamente heredará los hábitos que fui capaz de convertir en parte de mi vida.
Ya no necesitamos más información guardada. Necesitamos dar ese paso entre lo que sabemos y lo que hacemos porque la salud se está perdiendo en pequeñas cuotas diarias.
Y, afortunadamente, se puede construir de la misma manera. Así qué no guardes esta columna para el próximo lunes. Cierra la pantalla y camina veinte minutos ahora mismo.