¿Desaparición de Morena?
Pocas veces la fuente deportiva de ciclismo se movió tanto y estuvo tan unida como en la década de los ochenta. Vivíamos materialmente a la rueda, pues recorríamos el país de punta a punta a lo ancho y largo de su geografía.
Nos convertimos en una gran familia, que pasaba junta más de la mitad del año, con salidas prácticamente cada mes.
Regino López Acosta, como responsable de deportes del Consejo Nacional para la Atención de la Juventud (CREA), por instrucciones del titular del organismo, Heriberto Galindo Quiñones, se encargó de diagramar todo el país, para llevar el ciclismo hasta el último rincón.
La fuente tenía sus consagrados como "El Viejito" Manuel Guerrero, Luis Oñate, José Manuel Zaragoza, los Barragán, Antonio y Manuel, Daniel Molina, Enrique Romero y Carmen Alicia "Popis" Muñiz, entre otros.
La tropa se integraba con novatos como Julián Rivas, Polo Rodríguez, Héctor Islas, Leo Flowers, "El Güero Papero" Jesús González, Ricardo Burgos y yo; además de los compañeros de la lente, entre los que destacaban "El Ché" Óscar Pugliese, al lado del hoy consagrado Pedro Valtierra, así como "Los Popeyes", José Luis Castillo, "El Piolín" Jesús González y muchos más.
Además de "La Popis" que siempre viajaba blindada, cobijada por el buen Henry, muchas otras compañeras pasaron por la fuente: Rosa María Ramírez Ventri, Anita Robles Rubio, Yolanda Bueno Benett, Abril del Río, Mónica Navarro, Olguita Aguilar y, eventualmente, alguna amiga fotógrafa.
Cada una era una más del grupo. Ciertamente tenían que soportar lenguajes no muy floridos y descifrar uno que otro albur, pero todo en corto. Nadie ajeno al grupo podía acercarse a ellas y muchísimo menos, atreverse a faltarles el respeto, porque saltábamos en bola.
La confianza era tal, que cuando había necesidad -casi siempre- compartían habitación con dos o tres compañeros y en alguna ocasión, en Guerrero Negro por ejemplo, hasta con diez. Sabían que estaban seguras y que nadie iba a pasarse de rosca, incluso bajo los influjos de alguna bebida espirituosa, porque el respeto era un valor entendido.
Popis Muñiz, nos daba a diario una lección de enjundia. Minutos antes de que arrancara la etapa, ella salía sobre la ruta y corría hasta que la alcanzábamos unos diez kilómetros adelante; algo que ninguno de los dizque machines era capaz de hacer.
Aún cuando no era su intención, la presencia femenina ejercía una especie de control de calidad en la caravana, que de no ser por ellas, podría haberse convertido en una estampida de caballos desbocados. Gracias a su presencia se evitaba la anarquía total.
Y su magia no solo se daba en el ciclismo, su presencia era permanente en todos los deportes y giras, dentro y fuera del país.
Mi hermanita, Rosalinda Coronado, era algo así como un talismán dondequiera que anduviéramos; lo mismo en Juegos Olímpicos, que en Universiadas o campeonatos de cualquier especialidad. Su experiencia y conocimientos los compartía generosamente con quienes teníamos la fortuna de su amistad.
Pero, además, a la hora de la diversión también era irremplazable. Mil y una anécdotas compartimos en Canadá y tierras europeas, igual que en el territorio nacional.
En Bucarest, un 26 de julio, aniversario de la revolución cubana, los colegas de la isla nos invitaron a celebrar. Se armó un torneo entre Margaritas y Mojitos, del cual los mexicanos salimos ganadores, aunque con los consiguientes estragos por la ingesta etílica.
A la mañana siguiente, la habitación de Rosalinda y Anita, a donde fuimos a celebrar el triunfo ante los caribeños, lucía como auténtico desastre ferroviario, con cuerpos regados por todas partes. Y lo peor, sin chilaquiles para la cruda.
Anita Robles Rubio y Rosa María Ramírez nos acompañaron a Grecia, donde también tuvimos que compartir habitación, por cuestiones presupuestarias. Después de pasear todo el día por los rincones de Atenas, fuimos a cerrar el día en un centro nocturno del barrio de Plaka.
Todo iba bien hasta que se presentó el número estelar del show. Era un espectáculo entre dos mujeres, que hubiera ruborizado al mismísimo Calígula. Anita y Rosy con mexicana discreción abandonaron el lugar, no sin antes vaciarnos los bolsillos para evitar que otros lo hicieran.
Esa misma protección se extendía al aspecto médico, cuando afloraban sus naturales instintos maternales. Licha Pineda, decana del tenis, nos acompaño, para mi fortuna, a un Maratón Náutico del Balsas, donde algo que comí me puso al borde de irme a calacas.
En medio de la fiesta permanente, ella fue la única que se fijó en mi pésimo estado y, sin preguntarle a nadie, me llevó a un médico en la región de tierra caliente de Churumuco, Michoacán, en la presa de Infiernillo. Sin duda, en ese momento, me salvó la vida.
Sin embargo, la penicilina que me aplicaron de emergencia, me produjo un tremendo daño cutáneo, por el que tuve que estar tres meses con baños coloidales. Gracias a otra gran amiga del medio, Guillermina García, me atendí a tiempo, pues me llevó casi a rastras al médico.
Detalles como los narrados, son sólo pequeñas muestras de la importancia de las mujeres en todos los ámbitos del quehacer cotidiano. Mujeres talentosas, capaces, sensibles, inteligentes y sobre todo magníficas compañeras y amigas.
Vaya para ellas, las mencionadas y las que no, mi reconocimiento permanente y todo mi cariño y respeto.