La escuela frente al celular
La presunción de inocencia no forma parte del mexicano. Suficiente la maledicencia o que se formalice la orden de detención para que se precipite la sentencia social. Realidad de siempre. En la percepción popular el proceso judicial es un laberinto en el que todo puede acontecer, menos la justicia. Nota aparte, en países de sólida tradición legal hasta personas condenadas llegan a ser presidentes, como en el país vecino, que al amparo del voto mayoritario llevó a Donald Trump de regreso a la Casa Blanca.
Ernesto Ruffo es inocente y lo blinda la parcialidad y acreditada incompetencia de su acusador. Incluso si fuera sentenciado en todas las instancias su condición quedaría a salvo, porque en este país la justicia dejó de existir al momento mismo que el régimen político se hizo del Poder Judicial. No hay justicia sin autonomía e independencia del juzgador y aquí se anuló desde el proceso para llegar al cargo y la manera como se organizó la judicatura en la que el control arbitrario superior prevalece, así como el miedo a la fulminante sanción.
El régimen se ensañó con Ernesto Ruffo e hizo de la justicia penal recurso. La embestida iba más allá de una persona honorable, cuya forma de vida (de él y la de los suyos) habla por sí misma. Se trataba de desacreditar a un símbolo de la lucha democrática, una manera de estigmatizar a uno de los mayores logros de esta generación, la normalidad democrática que en la torcida visión del obradorismo no es más que un engendro engañoso del régimen neoliberal. De allí el encono, la decisión de llevar al detenido al reclusorio de reos de alta peligrosidad. Tiene razón el régimen, la democracia es veneno puro para ellos; y han dado sobrada cuenta.
La nota completa en Quadratín Yucatán




