Los arquitectos y el rostro de León
Hay pequeñas cosas que destruyen a nuestro país; una de ellas, la elección de jueces a través de un voto ciudadano manipulado que produce basura judicial y destruye la justicia.
Otras de las pequeñas cosas que nos destruyen es la corrupción gubernamental cuando se trata de eliminar bloqueos en calles, avenidas y carreteras o la toma de casetas de peaje en carreteras por supuestos sindicatos, grupos sociales o mafias disfrazadas de estudiantes, donde se corrompe a sus supuestos líderes o se corrompe a las masas con prestaciones y canonjías que no se merecen, con tal de callarlos o moverlos. Lo mismo aplica para los “vándalos” que en las marchas destruyen propiedad ajena con el silencio cómplice y la inacción de las autoridades.
Y ni qué decir de los cambios constitucionales y legislativos que emanan de congresistas que no tienen autoridad moral para dictar leyes, dado que, salvo honrosas excepciones, están formados por una mayoría de sátrapas vividores del erario que llegan sin la justa representación ciudadana (y sin capacidad), al ser postulados por los partidos, no por sus méritos republicanos y el respaldo ciudadano, sino por instituciones inmorales y corruptas como lo son los partidos políticos (todos); donde las designaciones a candidaturas se dan en medio de componendas y acuerdos oscuros al interior de esas “cuevas de ladrones”.
Ello, en adición a campañas tramposas donde todos los partidos han sido multados por infringir las leyes o por tener el apoyo de grupos delincuenciales, invalidando de facto la legítima representación que claman tener los candidatos a puestos de representación y/o gobierno, lo que les descalifica, en justicia, para legislar sobre dinero ajeno y sobre cualquier tema.
Por eso, en lo personal, estoy en contra del financiamiento público a los partidos políticos, ya que, en justicia, moralmente no tengo por qué mantener una institución a la que no pertenezco y menos instituciones que, por su inmoralidad y corrupción exhibida, vomito.
“¡Momento Santiago, estás mal!”, dirán los que todo saben. Además de acabar con el entramado constitucional, si se suspende el financiamiento público, ganará las campañas quien tenga más dinero; es decir, el narco y los poderes fácticos de los hombres del dinero (incluidas potencias extranjeras y trasnacionales), quienes decidirán los candidatos y, por ende, a los congresistas y gobernantes.
A lo que respondería: “Juar, juar, juar, no me hagan reír que traigo los labios partidos”. Hoy afirmo que, salvo honrosas y escasas excepciones, los políticos no sirven a los ciudadanos; sirven a sus partidos, al crimen organizado y a los dueños del dinero, solamente que, a diferencia del pasado, hoy nos cuestan miles de millones de pesos en gastos de campaña.
Al no financiar partidos ni campañas, podríamos orientar esos recursos al desarrollo social, como educación y salud, y al crecimiento económico mediante infraestructura, inversión y empleo, en beneficio de los mexicanos.
Argumentará algún letrado en leyes que, al igual que un penal inexistente en el futbol es penal cuando el árbitro lo marca, las leyes que me obligan con mi aportación fiscal a colaborar con el mantenimiento y costo electoral de los partidos son legales porque el Congreso las promulgó.
Lo sé, es una utopía pretender quitar a perros rabiosos y con poder el financiamiento público. Por ello, dada la coyuntura de hartazgo social, sugeriría respetuosamente un primer paso:
1.- Quitar el financiamiento diferenciado en campañas políticas. Si constitucionalmente todos los mexicanos somos iguales, una verdadera democracia se fundamentaría en la igualdad de oportunidades para todos los candidatos, al margen del partido que los postule.
2.- Acabar al 100% con el financiamiento privado en campañas. No es secreto que todos, salvo honrosas excepciones, hacen trampa y engañan al INE.
3.- Cero financiamiento público a partidos políticos, incluyendo gastos de campaña como viajes, renta de oficinas y comidas. Que los mantengan sus militantes y quienes creen en ellos.
4.- Financiamiento público a campañas 100% en especie. ¡Nada de efectivo! Camisetas, banderines, bardas, spots de radio, anuncios en televisión y demás materiales.
Solo así, entregando el apoyo en especie, el INE podrá auditar que no haya trampas ni excesos. Lo demás, si se entrega efectivo o se acepta financiamiento privado, es demagogia y dispendio imposible de controlar.
Pensemos: si todos los candidatos tienen el mismo recurso, compitiendo sin trampas, es probable que gane el mejor candidato, con lo que ganará México.
¡Así de sencillo!
Un saludo, una reflexión.
Santiago Heyser Beltrán
Escritor y soñador




