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Uno de los motivos más frecuentes de conflicto es que queremos cambiar a nuestra pareja; lo extraño es que nosotros la aceptamos como es, ¿por qué querríamos que cambie?
Sobre el por qué querríamos que nuestra pareja cambie, hay diferentes razones: Porque no hace lo que yo quiero, porque no hace lo que espero que haga, porque no se comporta como alguien de su edad, porque desde mi punto de vista no pone atención a sus deberes, y el que resume a todos los anteriores, porque no es como yo quiero. El punto es que ninguna de estas respuestas es un argumento válido; porque, si partimos de la premisa de que todos somos seres libres e independientes que tenemos el derecho de hacer con nuestras vidas lo que queramos, pretender cambiar a quien decimos querer contradice esa libertad y, por ende, al ser el amor algo que florece en libertad, es un contrasentido con el amor que decimos profesar a nuestro(a) compañero(a).
La libertad a ser y decidir cómo vivir —siempre y cuando se mantenga el respeto hacia la libertad que tienen los demás, el cuidado de nuestro entorno y recursos, y actuemos dentro de la legalidad— es un derecho que conlleva una responsabilidad personal, pero finalmente un derecho que nadie debe coartar o cuestionar.
Pretender cambiar a nuestra pareja por cualquier medio —ya sea manipulación, chantaje o por la fuerza— es un esfuerzo inútil, incorrecto e inmoral que siempre acabará en conflicto; de hecho, es probable que ya te hayas dado cuenta de esto si alguna vez lo has intentado.
Lo que hay que reflexionar es: ¿de dónde sacamos la idea de que nosotros estamos en lo correcto y nuestro(a) compañero(a) no, o por qué creemos tener el derecho a imponer nuestro criterio respecto a la forma como otra persona quiere vivir? Nadie tiene tal potestad. La experiencia de la vida es subjetiva y el derecho a vivir de una u otra forma parte de nuestra individualidad y forma de ser, moldeada por aspectos culturales, religiosos y familiares a través de nuestras vidas; eso es algo personal, como lo son las experiencias individuales y las historias que han forjado nuestra personalidad y carácter, nuestros hábitos y costumbres, nuestros deseos y nuestros temores, nuestras ambiciones y sueños. Lo que para alguien está bien, para otra persona puede estar mal, pero eso no le da el derecho a imponer su criterio. Todos hemos sido testigos de situaciones como esta; inclusive, llega a pasar que la razón por la que le caemos bien a alguien es justo la razón por la que le caemos mal a otra persona. También sucede que con el paso del tiempo, lo que antes me gustaba en una persona ahora ya no; lo que antes aprobaba ahora lo rechazo o lo que antes me parecía bien ahora ya no. Pretender que la pareja cambie para complacernos es un error que no tenemos derecho a cometer y que, obvio, nos traerá conflictos.
La pareja es compañero(a) de vida porque lo decidimos libremente; no nos pertenece, y tampoco somos su mamá o su papá o autoridad para imponerle qué debe o no hacer, ni cuándo hacerlo, cómo debe comportarse, en qué cosas tiene que cambiar, o si le damos o no permiso de hacer tal cosa. La clave está en la aceptación total; somos seres completos, con lo que nos encanta de alguien así como con lo que no nos gusta tanto. Querer modificar lo que no nos gusta es una pretensión infantil y poco realista.
La única salvedad en nuestra opinión es cuando en el noviazgo o cortejo se miente, como por ejemplo ofrecer fidelidad e incumplir o dejar de beber, contraviniendo algo de lo que fue el acuerdo, lo que llevaría a una situación de rechazo por la pareja; de donde concluimos: Si la forma de pensar, actuar o comportarse de nuestra pareja ya no nos gusta como para seguir juntos, lo único a lo que tenemos derecho es a separarnos, al entender y asimilar que la relación terminó, lo que no nos da derecho a pretender o intentar cambiar a nuestra pareja. Cualquier esfuerzo —normalmente impulsado por nuestros sentimientos, por dependencia, costumbre o por reglas familiares, sociales o religiosas— para continuar la relación e intentar convencer a nuestra pareja para que cambie solo llevará a un mayor desgaste en una relación ya terminada, que no necesariamente tiene que concluir en conflicto, sino que podría transitar hacia una amistad respetuosa, cimentada en el diálogo y el mutuo respeto, si no tratáramos de imponer nuestra voluntad… Así de sencillo.
Un saludo, una reflexión.
Santiago Heyser, Sr. y Santiago Heyser, Jr.
Escritores y soñadores