Presenta NOUmi y La Colmena RH plataformas para medir bienestar y productividad laboral
Soy fundador de Morena, pero también soy un demócrata convencido. He militado en la izquierda durante toda mi vida, y he aprendido que el mayor enemigo de la democracia no es la derrota electoral, sino la soberbia del poder. Por eso, cuando digo que la democracia no es un monólogo, lo afirmo desde la experiencia: la democracia es el conflicto civilizado de las interpretaciones políticas de la realidad, regulado por la Constitución y expresado en el debate público. No hay democracia posible si todos pensamos igual o si una sola fuerza política acapara el sentido de la nación.
Hoy Morena, el movimiento que fundamos para transformar la vida pública de México, es una fuerza política preponderante. Gobernamos la mayoría de los estados, contamos con presencia dominante en los congresos y encabezamos el proyecto nacional. Pero esta posición de fortaleza, si no se administra con humildad y responsabilidad, puede volverse nuestro mayor riesgo. Morena no puede —ni debe jamás— convertirse en el nuevo PRI. Sería una traición a nuestra historia, a nuestros principios y al pueblo que confió en nosotros como alternativa a la hegemonía de un partido de Estado.
El PRI, durante décadas, confundió al Estado con su partido y a la nación con su gobierno. Ese fue el error histórico que sofocó la pluralidad, subordinó las instituciones y redujo la política a un acto de obediencia. Morena nació para romper ese ciclo, para devolver el poder al pueblo y establecer un régimen de libertades donde la diversidad política fuera fuente de fortaleza, no de amenaza. Por eso debemos tener siempre enfrente una oposición sólida, con la cual confrontar ideas, contrastar programas y medir nuestra eficacia. La verdadera legitimidad democrática se renueva en el debate y en el escrutinio, no en el silencio complaciente.
La nota completa en: Quadratín Michoacán.