Agave y Tequila/Alejandro Verduzco
Siempre me ha parecido más importante la Semana Santa que la Navidad, si bien es cierto que sin Navidad no existiría Semana Santa la realidad es que el contraste de ambas fechas me hizo pensar sobre su relevancia y como esto se asemeja a nuestras propias vidas. El momento cúspide de la vida sin duda es la muerte, no el nacimiento aunque sin este ultimo no se podría llegar al objetivo del final y las conclusiones de cada historia. Y es que creo que lo que importa no es cuando o como nacemos sino en quienes nos convertimos al momento de llegar a nuestra muerte o como dicen mis papás gracias a un cura español al que un día le dimos un ride “al momento de llegar al abrazo de Dios” y no es que tengamos que rendir cuentas a nadie o tengamos que ofrecer un tributo en kilates para que nos dejen entrar a la eternidad, sino más bien es el momento de hacer las paces con nuestra propia consciencia y ahí no es que alguien nos juzgue, simplemente poder cerrar los ojos en paz y despedirte de este mundo. Un buen día tuve una conversación con un ateo, de esos huesos colorado, el debate se torno sobre la existencia del cielo y la existencia de Dios, su postura por supuesto era que uno controla todo lo que le pasa y que el cielo no existía. Mi postura era que no sabemos, así como yo no le podía comprobar que existía el no me podía comprobar que no existía, así que estamos 50-50, le dije que dados los números yo prefería irme al lado de que si existía el cielo por qué eso me daba más esperanza que estar del otro lado en dónde no existía nada, acepto que vivir con esperanza si era mejor que vivir sin ella. Todo esto para decirles que el trayecto corto o largo entre el día q nacemos y el día que Dios o la vida decida abrazarnos se pasa muy rápido y que no debemos tener miedo por qué no le vamos a rendir cuentas a nadie más que a nosotros mismos, así que si vivimos conforme a nuestros valores sin traicionarnos a nosotros mismos, ni lastimar a nadie creo que ya estamos del otro lado. Estos días santos son un contraste demasiado intenso, la última cena, las traiciones de los cercanos a Jesús, su humildad de lavar los pies, la crucifixión y el dolor de una madre, la noche sin luz y por último la alegre resurrección, creo que son tres días que nos resumen la vida misma que cada uno vivimos y por eso a mi me resulta más especial que la navidad. Digamos que la muerte es el final de la cosecha de la vida, en dónde volteamos para atrás y vemos todo lo que sembramos en cada temporal, en verdad espero que tanto el mío como el de ustedes llegue a estar lleno de árboles verdes, frondosos con miles de frutos y flores el día que nos toque despedirnos del huerto.