Nada Personal
Hablar de menopausia dejó de ser tabú. Hoy está en pódcast, en portadas, en consultorios, en anuncios y en el carrito de compras de medio internet. Y justo por eso creo que toca hacernos una pregunta incómoda: ¿significa que alguien nos está escuchando? ¿O solo que alguien encontró dónde ponerle precio?
Lo pienso cada vez que una mujer me pide la referencia de un médico. La conversación empieza con un nombre y pronto se convierte en un recuento de decepciones: “fui durante meses y no mejoré”, “uno me dice que necesito hormonas y otro que mejor ni me acerque”, “ya no sé con quién ir”. Detrás de esas frases hay consultas y estudios pagados, tiempo, expectativas y una pregunta que pesa cada vez más con cada intento: ¿alguien entiende lo que me está pasando? Es fácil imaginar el cajón donde muchas guardan lo que ya probaron: frascos a medio terminar, una receta, la captura de pantalla de aquel video que lo explicaba todo.
Buscan dormir mejor, controlar su peso, recuperar energía, dejar de sentirse incómodas dentro de su propio cuerpo y necesitan una explicación de por qué lo que antes resultaba cotidiano ahora cuesta tanto. Pero entre consultas, videos, testimonios y recomendaciones, pueden terminar con más dudas que al principio. Cada voz parece tener una certeza distinta y, con demasiada frecuencia, una solución que vender.
En vísperas del Día Mundial de la Menopausia, me parece necesario celebrar que esta conversación haya salido del silencio. Lo que me preocupa es qué estamos haciendo con esa atención: si se traduce en mejores cuidados o si estamos convirtiendo una necesidad desatendida en una oportunidad comercial extraordinaria.
Durante más de dos décadas, a muchas mujeres se les enseñó a temerle a la terapia hormonal. Tras un estudio publicado en 2002, las etiquetas de estos tratamientos llevaron una advertencia de máxima gravedad. En noviembre de 2025, la FDA anunció que retiraría la mayor parte de ella. La decisión tuvo defensores y críticos, incluidos quienes cuestionaron la forma en que se tomó.
No me interesa aquí decidir quién tiene la razón; eso les toca a la ciencia y a cada mujer con su médico. Me interesa lo que ese vaivén le hizo a la conversación: pasamos de un extremo al otro. Antes se pedía miedo; ahora, a veces, se pide fe. En ninguno de los dos casos se le pidió a la mujer entender. Y eso explica, en parte, por qué un profesional dice “hormonas” y otro “ni te acerques”: no siempre es que alguien esté equivocado, es que el propio campo cambió de opinión, y el entusiasmo comercial no suele esperar a que la evidencia se asiente.
La deuda científica con las mujeres ya tiene su historia. Durante décadas, buena parte de la investigación biomédica tomó al cuerpo masculino como referencia, especialmente en estudios básicos con animales y células. En Estados Unidos, la inclusión de mujeres en investigación clínica financiada por los Institutos Nacionales de Salud quedó establecida por ley hasta 1993; considerar sistemáticamente el sexo como variable biológica en otros ámbitos llegó después. El cuerpo femenino no podía seguir tratándose como una variación del masculino.
Eso no significa que nadie hubiera investigado la menopausia. El estudio SWAN, por ejemplo, arrancó en 1994 para entender la salud de las mujeres durante la mediana edad. Detrás de los avances hay investigadoras, médicos y participantes que han construido conocimiento mucho antes de que la menopausia ganara visibilidad comercial.
El 12 de octubre, Nature Medicine publicó un estudio del Instituto Weizmann, en Israel, que analizó más de 300 millones de pruebas de laboratorio de más de un millón de mujeres en Estados Unidos e Israel. Sus autores hablan de un “acantilado fisiológico”: en 52 de las 90 pruebas analizadas hubo cambios abruptos alrededor de la última menstruación, en sistemas tan distintos como el hueso, el hígado, el riñón y las grasas en sangre. Y los cambios hormonales empiezan entre 12 y 15 años antes. Es una razón de peso para estudiar esta transición mucho más allá de los bochornos.
Pero conviene leerlo con cuidado. El estudio reconstruye patrones poblacionales: no demuestra que cada mujer se deteriore de un día para otro ni que todas necesiten el mismo tratamiento. Esa diferencia se pierde con facilidad cuando un hallazgo se convierte en un titular alarmante, y un titular alarmante es el mejor aliado de quien vende una solución.
La menopausia no es un mercado recién inventado. Lo que merece examinarse es cómo se nos invita a participar en él. Hay una diferencia entre ofrecer un tratamiento con beneficios y límites explicados, y envolver una promesa en palabras como “natural”, “personalizado” o “equilibrio”, esperando que esas palabras hagan el trabajo de la evidencia.
El Colegio Americano de Obstetras y Ginecólogos advirtió en 2023 que muchas farmacias magistrales usan el término “bioidéntica” como recurso de mercadotecnia, y que no hay pruebas suficientes de que esas preparaciones sean más seguras o eficaces que las opciones reguladas.
Además, existen medicamentos regulados con hormonas bioidénticas y esta palabra por sí sola no garantiza superioridad, aunque comercialmente suene muy convincente.
Algo semejante ocurre con los suplementos. La declaración de 2023 de The Menopause Society no recomienda suplementos ni remedios herbales para tratar los bochornos por falta de evidencia. Esto no quiere decir que cualquier suplemento sea inútil para cualquier necesidad, pero sí obliga a distinguir entre corregir una deficiencia y prometer alivio menopáusico sin respaldo suficiente. Poner “menopausia” en la etiqueta no convierte un producto en un tratamiento probado.
En 2024, la serie de The Lancet sobre menopausia advirtió sobre la influencia de intereses comerciales y los riesgos de una medicalización excesiva. Y señaló algo que me parece de lo más inquietante: algunas empresas se han apropiado del lenguaje feminista del empoderamiento para presentar la terapia hormonal como la forma de recuperar el control del cuerpo, restándole importancia a sus riesgos. Hasta las palabras con las que pedimos atención ya tienen precio.
Que quede claro: sería injusto insinuar que toda mujer que busca tratamiento cayó en una estrategia de ventas. La terapia hormonal tiene beneficios demostrados para síntomas como los bochornos y los sudores nocturnos —la propia Menopause Society la considera el tratamiento más eficaz para ellos— y existen alternativas no hormonales respaldadas por evidencia. Buscar alivio es legítimo y exigir rigor a quien lo ofrece también. Necesitamos las dos cosas.
Por eso, cuando alguien dice “ya no sé con quién ir”, está expresando algo más que indecisión. Está hablando del desgaste de empezar de nuevo, repetir su historia una y otra vez y tratar de distinguir entre una explicación razonable y otra presentación convincente.
No sería justo atribuir cada tratamiento fallido a un mal médico ni tampoco esperar que todos indiquen lo mismo: las circunstancias y preferencias de cada mujer cuentan. Pero una atención individualizada debería ser capaz de explicarse. Que alguien diga “yo manejo otra corriente” resulta insuficiente cuando de esa diferencia dependen nuestra salud, nuestro dinero y nuestra confianza.
Para mí, una atención honesta incluye hablar de lo que se sabe y de lo que todavía es incierto. Reconocer un límite no debilita a un profesional; al contrario, puede hacerlo mucho más confiable que quien tiene una respuesta impecable para todo. Y hay tres preguntas que deberían poder hacerse en cualquier consulta, sin incomodidad ni presión:
Aun así, hay una carga que me resisto a aceptar: que ahora cada mujer deba convertirse en investigadora para poder recibir atención. Leer, investigar, aprender, preguntar y participar ayuda y es parte de nuestro deber cuando hablamos de nuestra salud, pero no puede sustituir la responsabilidad profesional de fundamentar lo que se ofrece. Bastante tenemos con intentar sentirnos mejor como para cursar, además, una especialidad improvisada entre videos, pódcast, artículos, plataformas y talleres contradictorios.
Este Día Mundial de la Menopausia quisiera celebrar algo más profundo que su presencia en anuncios y conversaciones: que una mujer pueda pedir ayuda y encontrar del otro lado a alguien que escucha, explica y da seguimiento. Que la investigación se traduzca en cuidados accesibles y que el entusiasmo comercial nunca valga más que la honestidad.
Porque quizá nos hemos hecho visibles como consumidoras potenciales, pero lo que en realidad queremos es ser escuchadas como pacientes. Y después de tanto tiempo pidiendo que nos tomen en serio, ¿de qué sirve que todos hablen de menopausia si tantas mujeres siguen sin saber a quién acudir?