Agave y Tequila/Alejandro Verduzco
En el 2020 vivimos una pandemia que paralizó al mundo. La normalidad como la conocíamos cambió por completo. Las mascarillas se volvieron parte de nuestro día a día, las reuniones se terminaron y las pocas que se hacían con la familia nuclear eran con espacios de un metro entre cada uno, sin podernos abrazar o saludar de beso y por supuesto al aire libre. Pero esa parte era la más llevadera, por qué la parte cruda era que negocios dejaron de operar, millones de personas se quedaron sin trabajo de un día a otro, los comercios cerraron y las personas que vivían al día dejaron de recibir ingresos, las escuelas cerraron e intentaron normalizar las clases en línea pero eso solo evidenció la brecha digital en México. Comenzó también un tema de salud mental, no poder salir con normalidad, no poder ver a los que amas, aislarte en tu propia casa y de tu propia gente, algunas parejas aprendieron a conocerse y se unieron, otras se separaron. La peor parte quizás fueron las despedidas obligadas y el sentimiento de culpabilidad en los núcleos familiares si el virus llegaba a tu casa. Los contagios y la lucha por salvar a cada uno de los familiares, los cuerpos que resistían y los que simplemente por genética o condiciones de salud previas no resistieron, despedirse en la entrada de un hospital sabiendo que quizás ya no volverías a ver más a tu ser querido. Y esto sabemos que no duró meses, duro años y que no fue solo en un lugar del mundo, fue en cada rincón. Una pesadilla que fue terminando paulatinamente y que uno hubiera pensado que nos enseñó bastante a la raza humana. Quizás a ser más solidarios, menos egoístas, menos indiferentes, a valorarnos más los unos a los otros y reconocer la fortaleza que se puede obtener cuando estás en comunidad. Uno pensaría que de esa pandemia salimos mejores personas, lastimosamente nos duró poco ese cambio. Cuando volvimos a la normalidad también la rutina nos volvió a consumir en la indiferencia que nos caracteriza. Nos volvió la ceguera individualista. Se nos volvió a hacer de roca el corazón. Quizás la pandemia evidenció muchas fallas sociales y espirituales y aunque no queramos nos hicimos consientes, sin embargo no basta solo ser consientes sino también actuar en consecuencia y cambiar a largo plazo. Pero lo que yo veo es que la gente siguió peleando por tonterías, acumulando dinero en lugar de momentos, haciéndose los sordos a gritos de ayuda de otras personas menos favorecidos, los países a pelearse por petróleo o por territorio, los gobiernos a priorizar acciones para lograr votos que los mantengan en el poder en lugar de dar resultados honestos con impacto positivo en la vida diaria de las personas que al final también les asegurarían la permanencia que buscan. En fin, estoy segura que aunque como sociedad se nos olvidó el aprendizaje, existimos personas que decidimos no olvidar la pesadilla para intentar no volver a ser los mismos que éramos antes y poder aspirar a ser mejores seres humanos y no olvidar darle valor a lo que verdaderamente importa.