Ciudadanos responsables votando/Nancy Fonseca
En los primeros meses de 1994 el país vivía la peor crisis política de su periodopriista. El levantamiento indígena en Chiapas puso al régimen en severa dificultad en el momento crítico de la sucesión presidencial. Meses antes, Luis Donaldo Colosio había sido designado candidato. El presidente Salinas nombró a Manuel Camacho negociador con el EZLN; cometió el error de habilitarlo como potencial candidato sustituto. Ante la maledicencia de que era inminente el reemplazo, se convocó a la élite priista ampliada para aclarar que Luis Donaldo seguiría como candidato. El presidente dijo “no se hagan bolas”; el efecto en muchos fue que se hicieran bolas.
Las palabras presidenciales son poderosos generadores de significado que cada uno interpreta a modo. De todos los presidentes, Andrés Manuel pudo entenderlo mejor; su ascendiente popular y saturación de la comunicación le permitían el descuido, ligereza y franca mentira, sin mayores consecuencias. La palabra presidencial se degradó y parecía que López Obrador se burlaba de todos y de sí mismo cuando acudía al fetichismo para conjurar la pandemia, presumir que ya no había corrupción o suscribir, sin escrúpulo alguno, que el sistema de salud había alcanzado al de Dinamarca. No se le creía, pero se quería creerle porque la verdad se subordinaba al culto al líder en el laberinto de las creencias.
La presidenta Sheinbaum es muy diferente a su antecesor. Posee atributos distintos y su género, preparación, origen y trayectoria la hacen terrenal, racional, no emocional. No aprovechó la oportunidad de terminar o modificar las mañaneras, recurso útil bajo las condiciones en que López Obrador llegó a la presidencia, pero ante el desgaste de la narrativa y los problemas en muchos frentes, la exposición pública diaria es grave riesgo. La presidenta no se da por aludida y su inadvertida crisis personal se traslada al país.
La nota completa en Quadratín Yucatán