El quiebre de la normalización de la violencia
Un adolescente está acostado en su cama después de discutir con su pareja y lleva varios días con ansiedad. Son casi las once de la noche y no quiere hablar con sus padres ni contarle a su mejor amigo. Abre el teléfono y escribe: “¿Te puedo contar algo?” Solo que no se lo está preguntando a una persona.
Hace algunos años nos preocupaba que nuestros hijos buscaran respuestas en Google o copiaran la información para hacer su tarea. Hoy pueden mantener una conversación de media hora con una inteligencia artificial que responde inmediatamente, recuerda todo lo que le cuentan, hace preguntas, da consejos y nunca parece estar cansada de escuchar.
La IA llegó a sus vidas como el internet llegó a las nuestras. Ha sido una herramienta para estudiar y buscar información, pero poco a poco está entrando en un terreno más delicado: la confianza.
¿Los padres sabemos en realidad para que están utilizando la IA nuestros hijos y que lugar empieza a ocupar en sus vidas?
Esto ya no es una posibilidad futurista. Una encuesta de Pew Research Center realizada en 2025 entre adolescentes estadounidenses de 13 a 17 años, encontró que 64% había utilizado algún chatbot de inteligencia artificial. ChatGPT era, por mucho, el más usado: 59%, seguido de Gemini, Meta AI, Copilot, Character.AI y Claude. Cerca de tres de cada diez jóvenes dijeron utilizar chatbots a diario. La mayoría todavía los utiliza principalmente para buscar información, hacer trabajos, tareas o simplemente para entretenimiento. Sin embargo, Common Sense Media encontró en 2025 que 72% de los adolescentes encuestados había probado algún tipo de compañero de IA y más de la mitad lo utilizaba regularmente. Aproximadamente uno de cada tres había preferido hablar con una IA sobre algún asunto serio antes que hacerlo con una persona, y una proporción similar dijo que esas conversaciones podían resultar tan satisfactorias como hablar con amigos reales.
Hay que interpretar estos datos con cuidado. Un “compañero de IA” como Character.AI o Replika no es exactamente lo mismo que utilizar ChatGPT o Gemini para resolver una duda. Los primeros están diseñados específicamente para simular relaciones, personalidades y vínculos emocionales, podría decirse que es un “amigo de bolsillo”. Nuestros hijos sostienen conversaciones continuas con personajes o compañeros virtuales, pero incluso los chatbots generales empiezan a usarse para conversaciones mucho más personales. Los jóvenes preguntan sobre relaciones, amistades, rupturas, sexualidad, autoestima, estrés escolar, ansiedad, soledad, decisiones difíciles o para saber cómo tener ciertas conversaciones con sus padres.
Y no es difícil entender por qué; una IA esta disponible a cualquier hora, no pone cara de enojo o de preocupación, no se escandaliza, no interrumpe y no responde “Te lo dije”. Tampoco existe el miedo a decepcionar a alguien o sentir vergüenza frente a otra persona. Para un adolescente que intenta entender sus emociones, esa combinación puede resultar extraordinariamente atractiva. Algo está encontrando en la IA que no encuentra en las conversaciones con nosotros.
La adolescencia siempre ha tenido secretos y espacios privados que ocurren lejos de la familia. Pero ahora existe un interlocutor nuevo, disponible permanentemente y diseñado para responder de manera casi siempre complaciente.
También conviene ver el lado positivo. La IA puede poner nombre a una emoción, ayudar a redactar una conversación difícil, proponer preguntas antes de una consulta médica, o incluso convertirse en una especie de borrador emocional para ordenar pensamientos antes de una conversación difícil. Pero qué pasa cuando el adolescente empieza a necesitarla para tomar decisiones importantes o para sentirse acompañado. Aín no hay muchas investigaciones al respecto y no podemos afirmar que hablar con una IA automáticamente provoque depresión o aislamiento.
Un estudio reciente con casi 40 mil estudiantes de Ontario encontró que alrededor de uno de cada cinco había utilizado inteligencia artificial para obtener apoyo emocional o consejo, y que esos jóvenes presentaban con mayor frecuencia problemas emocionales importantes. Pero el estudio no permite saber qué ocurrió primero: si la IA empeoró su bienestar o si quienes ya estaban sufriendo fueron precisamente quienes más recurrieron a ella. Probablemente la relación sea más compleja.
Un adolescente que se siente solo puede buscar una IA porque siempre está disponible y si empieza a sustituir conversaciones humanas por conversaciones con la máquina, puede aislarse más. Ese aislamiento puede aumentar su necesidad de volver a consultar al chatbot formando así un círculo que no termina. La herramienta puede convertirse en refugio, síntoma o amplificador.
Necesitamos conocer qué lugar ocupa la IA dentro de la vida real de nuestro adolescente.
Hay una diferencia enorme entre preguntar “como puedo hablar con mi amiga después de una discusión fuerte”, y sentir que no se puede enfrentar ninguna emoción sin consultar primero al chatbot. Lo preocupante sería que empezara a preferir a la IA sobre los amigos o la familia, que su pensamiento fuera “es la única que me entiende”, que consultara decisiones importantes antes de tomarlas, que pasara noches conversando y durmiera menos o que empezara a abandonar actividades o amistades que antes disfrutaba.
Otro punto preocupante es cuando una IA se convierte en autoridad en algunos campos para cuestiones que requieren atención de un especialista, o para asuntos que una máquina por su naturaleza no puede ofrecer; ¿Tengo depresión? ¿Debo tomar este medicamento? ¿Mi pareja me manipula? ¿Sufro abuso? ¿Me están chantajeando, qué hago? Una respuesta puede sonar extraordinariamente convincente y seguir siendo equivocada. Recordemos que muchos adolescentes, aún no tienen su criterio completamente desarrollado, y la información que da la IA podría sonarles totalmente sensata.
En 2025, Common Sense Media y especialistas de Stanford Medicine evaluaron grandes chatbots como ChatGPT, Claude, Gemini y Meta AI frente a escenarios de salud mental adolescente. Aunque encontraron mejoras en la detección de menciones explícitas de suicidio o autolesión, también documentaron fallas al reconocer otras señales de depresión, ansiedad, trastornos alimentarios y situaciones complejas. El problema es sencillo de explicar: parecer empático no equivale a comprender clínicamente lo que está ocurriendo.
Una IA no conoce a nuestros hijos como nosotros, no ve un cambio físico, no escucha el tono de voz al decir “estoy bien”, no conoce necesariamente lo ocurrido durante los últimos meses y no puede asumir responsabilidad por la seguridad de ese adolescente. Y también está el asunto de la privacidad. Los jóvenes pueden sentirse protegidos porque nadie se entera de lo que escriben, pero eso no significa que estén en un espacio equivalente al secreto profesional de un psicólogo. Las conversaciones pueden quedar sujetas a las políticas de cada plataforma. La sensación de intimidad puede ser enorme, pero de eso a que sea real es otra cosa.
Prohibir el uso de la IA parecería ser la respuesta mas sencilla, pero también es la menos realista. Nuestros hijos van a vivir rodeados de sistemas de inteligencia artificial mucho más avanzado que los que existen hoy. Aprenderán, trabajarán, comprarán, crearán y tomarán decisiones utilizando estas herramientas. Pero nosotros debemos enseñarles que tipo de autoridad están dispuestos a darles.
La American Psychological Association recomienda precisamente comenzar por conversar sin convertir inmediatamente el tema en un interrogatorio: preguntar cómo utilizan la IA, qué les gusta de ella, qué tipo de cosas preguntan y qué respuestas les han parecido extrañas. También sugiere hablar de privacidad en familia, establecer límites de manera conjunta y, cuando sea posible, utilizar las herramientas con ellos para ayudarles a desarrollar su propio criterio.
Las escuelas tendrán también una responsabilidad enorme. No bastará con enseñar cuando se puede utilizar ChatGPT para una tarea y cuando se considera plagio. Tendremos que enseñar a cuestionar y/o verificar respuestas, reconocer sesgos, proteger información personal y distinguir entre información y opinión.
Y como familia, podríamos adoptar una regla muy sencilla: La IA puede ayudarte a estructurar y pensar, pero nunca debería tomar decisiones importantes por ti. No debería sustituir esa conversación difícil con tus padres, pero si organizar tus ideas para iniciarla, o puede explicar que es la ansiedad, pero no debe diagnosticarla. Y si aparecen autolesiones, violencia, abuso, amenazas, medicamentos o peligro real, la conversación necesita salir de la pantalla y llegar a una persona capaz de intervenir y ayudar.
Estas herramientas tienen paciencia infinita y encuentran palabras reconfortantes a cualquier hora. Nosotros no, nosotros nos cansamos, interrumpimos, nos equivocamos o no podemos disimular nuestro enojo, pero sí conocemos la historia detrás de la pregunta. Podemos darnos cuenta de que nuestro hijo dice que está bien cuando evidentemente no lo está. Nosotros podemos sentarnos junto a él y darle la mano. Podemos acompañarlo a pedir ayuda o podemos ser su contención con un abrazo. Y, cuando verdaderamente importa, podemos hacernos responsables.
No asumamos la batalla de impedirles que hablen con inteligencias artificiales porque seguramente lo harán toda la vida. Pero podemos enseñarles que cosas pueden confiarle a una máquina y cuales necesitan seguir llevando a otro ser humano.
Y sobre todo enseñarles que nosotros estamos ahí, con todo el amor del mundo, para ser la persona con la que quieran hablar antes de acudir a la IA.




