
Qué rico/Norberto Gasque Martínez
Los personajes del deporte se han reflejado siempre en nuestra sociedad, a través de sus características o apodos.
Algunos para ensalzar al interesado y otros, de plano, para hacerlo sentir mal.
En los años 50, era un elogio decirle a alguien que manejaba como Taruffi, en referencia a Piero Taruffi, piloto de Fórmula 1, ganador de La Carrera Panamericana de 1951, con un Ferrari.
En cambio, cuando a alguien le decían “andas bien Toluco”, era porque su condición etílica se pasaba de lo normal; es decir, andaba pedo. Así llegó a pelear el popular José “Toluco” López, quien perdió todo a causa del alcohol.
Jugaras lo que jugaras, siempre debías identificarte con algún ídolo de la especialidad para ubicarte en el rol. Si te echabas “un tirito” eras el Ratón Macías; si te tocaba la portería, eras “la Araña Yashin”.
Si en algún balneario o riachuelo, por entonces cristalinos, te echabas tus panzazos, eras Joaquín Capilla, clavadista olímpico.
Siempre ha sido así, sobrenombres pasajeros que nos remontan a alguna época o personaje. Pocos, muy pocos, tan perdurables como el de este servidor.
En el Mundial de Inglaterra 66, perdí una apuesta sobre el resultado de un partido. El castigo era ser sirviente del ganador durante una semana.
Esa servidumbre significaba, traerle el refresco, conseguirle botana, ir a bolear sus zapatos, comprarle el Esto, y demás lindezas de la época.
Para darle categoría a mi cargo, me bautizaron como Jean Foulbert Perkins, personaje de Tin Tan, en una película donde hacía de mayordomo.
Yo para defenderme decía que hacía alusión a Don Perkins, corredor estelar de los Vaqueros de Dallas de los 60. A la semana dejé de ser sirviente… el Perkins lo cargo hasta la fecha.