Gabino Palomares y su canto de rebeldía
Estos son algunos de los muchos personajes a quienes tuve el privilegio de entrevistar como reportero.
Todos merecerían tomos por lo prolífico de su obra, así que me referiré a ubicarlos en la memoria popular y relataré los encuentros en los que intercambiamos algunas palabras.
El orden es completamente aleatorio y surgió de cómo los recordé durante una plática con colegas.
Durante mi paso por el Instituto Mexicano de la Radio, el IMER, hacía de todo; lo mismo cultura, que sociales, política, deportes o espectáculos y demás. Así que acudí a una exposición fotográfica en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México, donde me encontré con el mexicano-alemán Matías Goeritz, hombre todo arte, arquitecto, escultor, pintor, poeta e historiador; una verdadera leyenda viviente.
Confieso que en aquel entonces ignoraba yo la profundidad de su quehacer, pero sabía muy bien que había diseñado las famosas Torres de Satélite, junto con el arquitecto Luis Barragán y el pintor Jesús Reyes Ferreira y sobre eso versó la entrevista en la que me llamó la atención su concepto de la arquitectura emocional.
La arquitectura -me dijo- tiene que ser siempre una obra de arte.
Al documentarme sobre su personalidad y obra, en bibliotecas y hemerotecas (no con un click como ahora), me di cuenta que “se me fue viva la liebre”, pues era un personaje con el que se podía hacer una serie de programas y yo traía una pinchurrienta entrevistita.
Con el pintor catalán Joan Miró, tuve apenas un intercambio al saludarnos de mano con el clásico “¿cómo se siente en México?” cuando en una deferencia que siempre agradecí, me lo presentó el presidente José López Portillo durante la valla de bienvenida, también en el Museo de Arte Moderno de la Ciudad de México, donde se inauguró una exposición del artista.
He de decir que jamás entendí la pintura de Miró por lo que no puedo incluirlo entre mis pintores favoritos.
A Jacques Ives Costeau, el oceanógrafo del mundo, inventor del pulmón acuático, lo entrevisté en french-spanglish al término de una presentación en el Hotel Camino Real del entonces Distrito Federal. Hombre de piel curtida al sol, recio y adusto, contestó muy amablemente a las preguntas que le hice sobre su tema favorito: la importancia de la conservación de los océanos.
Realizador de documentales de submarinismo de los que hizo más de un centenar para la televisión y el cine, dejó un importante aporte para el conocimiento de especies que habitan las profundidades del mar, siempre a bordo de su barco “Calypso”.
Con el flemático irlandés, rojo como camarón, Sir Lord Killanin, (Michel Morris 3er barón Killanin) presidente del Comité Olímpico Internacional, me sucedió algo singular. Ofreció una larga conferencia en el auditorio del Centro Deportivo Olímpico Mexicano, ante los medios nacionales. Al concluir la misma, no se hizo la clásica bolita en busca de las palabras exclusivas y yo fui el único que me acerqué.
Se aproximaban los Juegos Olímpicos de Montreal 76 y las interrogantes eran los posibles boicots y la seguridad después de lo ocurrido en Munich 72, de muy triste memoria, cuando perdieron la vida once deportistas israelíes a manos de terroristas.
El sexto presidente del COI se mostró sensible a mis preguntas y habló con amplitud de todos los candados que operarían en la justa canadiense, la primera más vigilada del olimpismo mundial, con una Villa Olímpica convertida en una fortaleza impenetrable.
Al terminar mi plática con el dirigente se acercaron varios colegas para que les tradujera lo que habíamos platicado, pues por raro que parezca, no muchos reporteros “parlaban el tatacho” en aquellos tiempos.
A mi encuentro con el campeón mundial de Fórmula 1 en 1976, James Hunt, no puedo llamarle entrevista porque no lo fue. Empezaba yo apenas en la reporteada cuando lo trajo una firma de sus patrocinadores y por formarme a la firma del autógrafo, me olvidé de entrevistarlo.
Hunt, afirmaba que “el sexo era el desayuno de los campeones” (ojo: no el Choco Milk) y sus detractores lo hacían pedazos cada vez que podían, porque cada noche después de un Gran Premio, organizaba tremendas fiestas para quienes gustaran atender al llamado.
Decía que si se jugaba la vida en la pista cada domingo de carrera, era justo que agradeciera por el simple hecho de seguir vivo y aseguraba: “no creo que me vaya a morir tirado en una cama”
El sempiterno rival de Niki Lauda, remataba las razones de su comportamiento: “ Vivo aprisa porque sé que en la pista puedo morir en un segundo”.
Como se podrá notar mi vida de reportero tuvo de chile, de dulce y de manteca, pero siempre al lado de personajes, que enumeraré como salgan a la memoria.