Control de daños
Esta temporada de navidad, a días de despedir el año viejo y dar la bienvenida al año nuevo, dedico esta columna a los padres que deciden estar presentes en la vida de sus hijas e hijos, de sus cachorros.
Específicamente en el caso de padres divorciados o separados, el punto de partida es que no es un favor, ni una cortesía que la madre permita convivir a sus hijas e hijos con el progenitor, es un derecho de las y los menores.
La presencia del padre en la vida de niñas y niños no es una preferencia personal, sino un derecho humano reconocido internacionalmente; negarlo de forma sistemática —salvo por razones fundadas de protección— viola tratados internacionales, afecta el desarrollo integral del menor y puede constituir violencia institucional y emocional.
Pese a que existen organismos y tratados internacionales, como los principios de la UNESCO o la Convención sobre los Derechos de niñas, niños y adolescentes, que refuerzan el derecho a mantener relación con ambos progenitores, la realidad es que existe una tendencia general a impedir la convivencia mediante argucias legaloides.
Un mecanismo recurrente y eficaz para separar emocionalmente a hijas e hijos de sus padres es la alienación parental, que consiste en manipular o condicionar psicológicamente a las y los menores para que rechacen al otro progenitor sin justificación válida, fenómeno frecuente tras divorcios conflictivos.
Una máxima que definió con claridad el Dr. Marcos Miranda, pionero en la lucha contra la alienación parental en México, fue: “Los padres se divorcian, los hijos no”.
Al margen de los motivos de la separación, no se justifica que por despecho, capricho, enojo o venganza, una madre utilice a sus hijas e hijos como rehenes emocionales, atentando contra su salud emocional.
Como periodista, he conocido casos terribles de alienación parental, incluso situaciones que han llevado a prisión a hombres íntegros, padres amorosos, mediante estrategias basadas en mentiras y manipulación.
La alienación parental incluye conductas como: hablar mal del otro progenitor, impedir el contacto, transmitir miedo u odio, falsas acusaciones sin pruebas y culpabilizar al menor por querer convivir con su padre o madre.
Esto provoca daño psicológico severo, confusión, ansiedad, lealtades divididas, baja autoestima y problemas en el desarrollo emocional de niñas y niños.
La buena noticia es que, si se prueba la alienación parental, una jueza o un juez puede retirar la custodia, modificar la patria potestad, establecer visitas supervisadas o suspender la convivencia del progenitor alienador.
El sentido de esta columna, la última del año, es provocar esperanza a los padres guerreros que, pese a todo, deciden mantenerse presentes en la vida de sus vástagos: todo pasa.
No es un camino sencillo ni rápido; evidencia la incongruencia del sistema de justicia en México, que promete ser pronto y expedito, pero en la práctica no lo es.
Si esta navidad o fin de año no podrás ver a tu hija o hijo, se vale estar triste, pero también es momento de reinventarte y fortalecerte, porque tus cachorros necesitan un padre entero, presente y resiliente. Luchar por ellos también es un camino para la paz.
Reconoce que siempre hay alguien que te apoya:
“Quien encuentra la luz en su alma, puede ver el brillo de las estrellas reflejado en un estanque de lágrimas”.
Francisco J. Zárate.