
El Plan México de la Cuarta Transformación/Moisés Bailón Jiménez
A más de uno de quienes todavía tengo la dicha de contar entre mis amigos de la infancia, se les hará agua la boca, igual que a muchos contemporáneos que acudían a los mismos rincones gastronómicos de los rumbos romeños.
De entrada y nada más para abrir boca, hay que recordar las enchiladas de aire de doña Maca del estanquillo La Guadalupana, en Chilpancingo 110 bis, de la colonia Roma Sur, del entonces Distrito Federal.
Todos los domingos eran un fiestón de sabor que acompañaba las primeras transmisiones del futbol por televisión. Su magia era la preparación del mole, porque no tenían nada más que la tortilla sumergida en esa preparación de chiles, especias y chocolate.
Ya bien mojaditas cuatro o cinco, según pidieras, las ponía en un plato y les agregaba queso fresco desmoronado y suficiente cebolla; eso era todo, para convertirse en un envidiable, rico y entonces sano manjar, que engullíamos con fruición frente al televisor.
Doña Velia, vecina del 112 de la misma calle, llenaba de aromas el cubo de la escalera de nuestra casa, todos los días con la preparación de sus inigualables sopes. Esos sí, escurrían de manteca y tal vez esa era la clave, para que mezclados con las salsas, verde o roja, queso fresco y su cebollita picada, te los pasaras auténticamente como si se tratara de obleas.
El mismo tratamiento (de obleas) recibían los minitacos de carnitas de la calle de Manzanillo, esquina con Bajío, a la vuelta del Colegio Amado Nervo.
Eran un clásico a la salida, y no se diga al regreso de cada partido del equipo de futbol americano Centuriones. La preparación de las carnitas inobjetable; los clásicos de cuerito y chicharrón picado, de campeonato; pero lo que los ponía a otro nivel era definitivamente, la salsa roja. Si no te enchilabas, fácil te comías seis u ocho.
En esa misma calle de Manzanillo, dos cuadras antes del Sears de Insurgentes, estaba El Tlecuil. Se hizo famoso de la noche a la mañana, después de aparecer en el programa de televisión de Paco Malgesto.
Había entre muchas y variadas preparaciones, de Pescuezo de Carbonero (rellena), Chaqueta de Cochino (chicharrón en salsa) y Pensamiento de Toro (sesos). Tenías que pedirlos por el sobrenombre para que te atendieran rápido; si no, te hacían esperar. De guisados, sin duda, eran de los mejores.
Cuando queríamos sopes o memelas, acudíamos al mercado de Medellín con la señora Modesta y sus clásicos de pancita, hongos, rajas con crema o deshebrada, que además de sabrosos se apegaban perfectamente a nuestro siempre exiguo presupuesto de estudihambres.
Si de flautas se trataba, nada como Los Cocoteros, de barbacoa y pollo, con salsa roja o verde, o de las dos, crema y queso y tu agua fresca de guanábana, con todo y huesitos. Estaban bien rellenas y esa combinación que se hacía con el queso, la crema y las salsas, obligaba a dejar limpio el plato de plástico o loza; no existía el unicel.
En la misma media luna de la glorieta de Chilpancingo, esquina con Quintana Roo, estaban las tortas Biarritz. Las de pierna eran las más deliciosas, a pesar de ser caras y diminutas; se acompañaban con chiles, zanahorias y ajos en escabeche, que redondeaban la experiencia gastronómica.
Prácticamente, a un lado de la puerta de nuestra casa había un local que albergaba las Tortas Toledo, cuya pierna competía al más alto nivel con la de las Biarritz; riquísimas pero no tan famosas.
En el terreno de los de bistec, longaniza, chuleta y moronga, éramos capaces de trascender nuestra fronteras.
Nos dejábamos llegar a El Gran Taco de la colonia Doctores, cerca del Hospital General. Eran unos macrotacos sólo para estómagos aventureros, con unas salsas que rayaban en la gloria, para mí sobre todo, la de tomate verde crudo con cilantro. Cada uno llevaba cerca de dos bisteces o chuletas, y treinta centímetros de longaniza o moronga, además tortillas hechas a mano.
Todos esos aromas, texturas, sabores forman parte indivisible de la memoria de quienes tuvimos la dicha de disfrutar alguno de los rumbos de la gran ciudad, porque a lo largo y ancho de la mancha urbana existieron lugares inolvidables donde comer era bueno, bonito y barato. El monstruo en el que después se convertiría la gran urbe, vivió su época de mayor amabilidad en aquellos años 60 y 70. ¡Qué rico!