Las Batallas
Quiero envejecer en mi colonia. Seguir yendo a pie a la tienda de siempre, llegar al médico sin depender de nadie, ver a mis amigos sin organizar un traslado. Y quiero hacerlo sin pasar los próximos años preguntándome si podré pagar un lugar digno donde vivir cuando mis ingresos cambien o necesite más ayuda de la que hoy necesito.
Parece una aspiración sencilla y, sin embargo, cada vez es menos evidente que la ciudad vaya a permitirla.
El hecho de vivir más tiempo implica sostener una vivienda por más tiempo. A la renta o a la hipoteca pueden sumarse mantenimiento y apoyos que antes no necesitábamos. Una casa que hoy está a nuestro alcance podría dejar de estarlo cuando nuestros ingresos cambien o necesitemos de cuidados.
A propósito del Día Mundial de las Ciudades, que se conmemoró el 31 de octubre, me interesa la distancia entre el futuro que se anuncia y el que realmente podremos habitar.
El mercado ya miró a los baby boomers y detrás de ellos venimos quienes pertenecemos a la generación X, viendo en nuestros padres, dificultades que pronto podrían ser nuestras. Las residencias con aire de resort que hoy se anuncian merecen su propia conversación, y la tendremos en una próxima entrega. Aquí quiero empezar por la pregunta anterior: qué pasa con el lugar donde ya vivimos. No es un asunto lejano, ya que las viviendas y los barrios que se transforman ahora también están definiendo nuestra vejez.
Cuando perder el barrio también significa perder cuidado
La geolongevidad, la mirada que relaciona el territorio donde vivimos con nuestra posibilidad de envejecer bien, incluye la vivienda, pero también el camino al médico y a las personas con quienes compartimos el día a día. Por eso, permanecer en una colonia puede tener un valor que no aparece en el precio del inmueble.
La OPS (Organización Panamericana de la salud, que es la organización internacional especializada en salud pública de las Américas) propone reconocer la estabilidad habitacional y la pertenencia barrial como “infraestructura urbana de cuidado”. Lo plantea en la convocatoria del seminario sobre vivienda y gentrificación programado para el 30 de octubre de 2026. Es una manera de reconocer que parte del cuidado está en las condiciones que nos permiten desenvolvernos cotidianamente.
Pensemos en una persona que conoce sus recorridos, tiene una tienda cerca y puede conectarse con amigos sin complicarse organizando mucho el traslado. Si el encarecimiento la obliga a mudarse a una zona mal conectada, quizá conserve un techo, pero pierda parte de esa independencia de la que hoy disfruta. La nueva renta puede ser menor y, aún así, vivir allí puede exigir más dinero para transporte y más ayuda familiar. Y más allá de lo económico, un peligro más inquietante es el quiebre de identidad y el biológico, porque el adulto mayor pierde su mapa mental. Envejecer en tu propio barrio significa contar con una red invisible donde el tendero nota si llevas dos días sin comprar tu despensa o donde sabes exactamente en qué esquina hay una banca para tomar aliento. Arrancar a alguien de su territorio para enviarlo a una periferia desconocida equivale a privarlo de su autonomía física, convirtiendo a un peatón independiente en un prisionero de la logística familiar.
Y aquí el problema no es tanto la periferia por definición sino llegar a un lugar donde acceder a lo básico resulta muy complicado. Si visitar al médico requiere varios transportes o salir a caminar implica circular junto a una vía peligrosa, el cambio de domicilio también altera las posibilidades de cuidarse.
La OPS documentó esta discusión en la Conferencia Internacional de Salud Urbana celebrada en Ciudad de México en octubre. Su reseña asocia los desplazamientos con peor salud mental, menor acceso a atención primaria y mayor mortalidad.
Existe además una pérdida que no requiere hacer maletas. La OPS también distingue el desplazamiento físico del simbólico: seguir en el mismo domicilio mientras la transformación del barrio debilita el sentido de pertenencia. Podemos imaginarlo cuando desaparecen los lugares de encuentro y participar en la vida local se vuelve cada vez más costoso.
Por eso me cuesta aceptar que el aumento de la plusvalía sea suficiente para declarar que una renovación fue exitosa. ¿Qué pasó con quienes ya vivían allí? ¿Pudieron beneficiarse de las mejoras? Una colonia la forman, además de sus edificios, la vida que sus habitantes han construido entre ellos.
Lo que cuesta quedarse
Quedarse tiene un costo que no todos los ingresos alcanzan a cubrir. Si el ingreso de la vejez no crece al ritmo dela renta o de los servicios, permanecer en el barrio se convierte en un privilegio más que en una decisión.
Tampoco basta con asumir que la familia podrá resolverlo todo. El cariño no crea horas disponibles y tampoco sustituye los conocimientos necesarios para ciertos cuidados.
Una ciudad que acerque el cuidado
Sería injusto decir que nadie lo vio venir. Desde 2007, la Organización Mundial de la Salud publicó su Guía Global de Ciudades Amigables con las Personas Mayores, trazando una ruta técnica muy clara que contempla desde la duración de los semáforos peatonales y la densidad de bancas en el espacio público, hasta el acceso al transporte y la vivienda adaptada. Esa información lleva casi veinte años escrito. Lo que resulta revelador —y frustrante— es la brecha entre esa teoría urbana y lo que se autoriza en las licencias de construcción todos los días. La crisis de habitabilidad se ha convertido en una elección de prioridades.
Singapur ofrece una referencia con Age Well Neighbourhoods: acercar servicios de cuidado y adaptar infraestructura en barrios con mayor concentración de personas mayores. Su despliegue comienza en Toa Payoh en 2026, con ampliaciones previstas desde 2027. La intención es apoyar a quienes prefieren envejecer en un entorno familiar.
Esa lógica merece discutirse aquí. Además de construir nuevos conjuntos residenciales, necesitamos adaptar viviendas ya existentes y acercar apoyos a las colonias. La política de vivienda debería considerar cómo conservar opciones alcanzables cerca de los servicios. De poco sirve hacer un barrio más habitable si quienes necesitan esas mejoras no pueden quedarse.
La conversación exige sentar juntos a desarrolladores y autoridades de salud y vivienda, con participación de los residentes. Un proyecto debería poder explicar cómo fomenta la conexión con el barrio y sus beneficios deberían evaluar también la experiencia de quienes viven alrededor.
Quienes pertenecemos a la generación X todavía podemos convertir esta preocupación en una exigencia para hoy. Preguntar cómo viviríamos sin automóvil en la zona donde pensamos establecernos, revisar los costos futuros de los servicios y participar en las decisiones vecinales es una acción que podría resultar muy útil a futuro.
Quisiera llegar a esa etapa sabiendo que recibir ayuda no exige renunciar a mi comunidad ni contratar una vida que no puedo pagar. Esa posibilidad debería formar parte de la ciudad que estamos construyendo.




