Que se vaya Taddei
Nuestra actual sociedad acaba todo, se ha encargado de destruir lo sencillo y a la mano, para ponernos a un click de distancia, cápsulas, menjurjes, bebedizos, brebajes, untables. Inhalables, comestibles y demás, capaces de arreglar hasta la joroba.
Ese click mágico, ciertamente, nos acerca a productos que ni nos imaginábamos a mediados del siglo pasado, cuando la voz de la abuela era ley en tratamientos y curaciones, la gran mayoría herbolarias, para todo imprevisto cotidiano.
Pero, claro, no teníamos diariamente un millón de motocicletas driblando vehículos, ni segundos pisos burlándose de los conflictos viales de los de abajo. No. Era una vida que podía vivirse como Dios manda, libre de problemáticas mayores y, sobre todo, con seguridad.
Qué esperanzas que nos enteráramos de la muerte violenta de algún cercano. Le sucedía al amigo del primo de un conocido, que ni tu cuate era y se daba cuando mucho una vez al mes, por lo regular, en los barrios bravos de la capital, que así escribían su historia.
Pedro Infante con su serial de Nosotros los Pobres, Ustedes los Ricos Y Pepe el Toro, nos enseñaba la crudeza de la vida en los barrios más pobres y la intimidad de cárceles como la de Lecumberri, pero esas tragedias se veían sólo en el cine de la época, no en la palpitante realidad a la que hoy pretenden acostumbrarnos.
En el plano doméstico, todo eran descalabradas, machucones, cortadas, quemaduras, atragantadas y muchos, muchos raspones. Para todo eso, la abuela tenía siempre un remedio.
La culpa la tiene Ivanhoe. Fue mi argumento cuando acremente se me recriminó por abrirle tremenda alcancía en la cabeza a mi hermano mayor. Y era cierto mi argumento: Recreábamos el último capítulo televisivo de Ivanhoe en la sala de la casa con sendas espadas de madera, cuando lancé una estocada en diagonal hacia arriba y mi arma acertó en un plafón de la sala que cayó en pleno cráneo de mi brother.
En menos que te lo cuento, las asistencias médicas hicieron acto de presencia en el lugar, para el certero análisis de los hechos. Con una sola mirada mi abuela determinó lo ocurrido y tapó el hoyanco con cantidades industriales de café mitad y mitad molido mediano, del que a diario consumía mi abuelo. Y sanseacabó.
En otra ocasión yo fui el lesionado. Por andar de curioso mientras mi tío Raúl le echaba mecánica a alguno de sus troncomóbiles, me acerqué de más al escenario, justo en el momento en el que dio por concluida su labor y cerró el pesadísimo cofre de un Pontiac 56 justo sobre el dedo meñique de mi mano izquierda. Hasta el auto se espantó del grito que pegué y rápidamente fui rescatado.
Ya en casa, con el dedo entre prieto y negro, mi abuela arrancó en un rápido movimiento lo que me quedaba de uña y sobre la piel viva puso un manojo de hierbas, sujeto con un curita y vendaje; me pronosticó no más de quince días para sanar.
Otra vez, mi primo el Pato experimentó un remedio mucho más moderno, pero no menos espectacular y doloroso… Cayó de su bicicleta enredado en las vías del tranvía y se causó en la rodilla una visible quemada sangrienta, de esas que te rayan toda la piel. La auscultación abuelística diagnosticó raspones subcutáneos y aplicó el remedio… ¡Merthiolate!
El Pato se incorporó de inmediato con una ejecución libre de la Zandunga y para los que lo vimos, con los primeros pasos de Rap, que todavía ni se soñaba que existiría. Y es que en la escala del ardor, del 1 al 10, el Merthiolate de entonces, era como 14.
La primiza de entonces, adictos a toda clase de golosinas y bebidas azucaradas, sufríamos del más chico al más grande de dolor de muelas. El Plan A de la abuela, era darnos a masticar dos clavos de olor justo con la muela adolorida. Pero si eso fallaba, aplicaba el Plan B… Un algodoncito remojado en Bálsamo del Doctor Castro.
Hasta donde supe, El Bálsamo del Doctor Castro, era usado masivamente en la Península de Yucatán, donde lo creó un facultativo así apellidado y servía, para lo que sea. Creo que quitaba hasta las verrugas, untado combatía el dolor de articulaciones y restregado sobre el pecho sacaba hasta el catarro, no se diga su efecto aromático para acabar con el dolor de cabeza.
Recuerdo que mi abuelo cortaba los extremos de una papa, los remojaba en el multicitado bálsamo y se los colocaba como chiquiadores en las sienes.
El té de Gordolobo, era lo indicado para tos y para evitar el derrame de bilis, el té de Boldo; con la medicina de patente se dio entrada al Mejoralito, para nenés y al Vick Vaporub, como un efectivo antigripal que tuvo gran aceptación… Pero para nada dejaron de usarse el cucurucho encendido en el extremo, para sacar el aire del oído, las sobadas de panza para el empacho, los trapos rojos para quitar el espanto y remedios en contra del mal de ojo.
Como sociedad, seguimos en la adaptación a las comodidades que ofrecen el internet y las redes sociales, pero la sustancia de nuestro pueblo es todavía de yerba, que se niega a desechar esas costumbres y tradiciones, que primero invadirán las redes, antes de que estas puedan aplastarnos por completo. Y sanseacabó.




