Una presidenta científica, una ciencia para México
Los atletas de alto rendimiento suelen ser gente común y corriente, que lo único que nunca buscaron fue la exagerada atención mediática, ni las muchedumbres.
El legendario boxeador Raúl "Ratón" Macías, arrastraba multitudes y su naturaleza tímida le hacía sufrir por la atención de periodistas y aficionados.
Lo idolatraban, y más por su clásico "todo se lo debo a mi manager y a la virgencita de Guadalupe". Era mi ídolo; me recordaba a mi querido tío Toño.
Cada vez que peleaba, varias abuelitas, entre ellas mi materna, encendían veladoras, pero lo que pedían a Dios, era que ya perdiera, para que no lo golpearan más.
Casos similares, ocurrían con Joaquín Capilla, el clavadista que abrió la puerta a los mexicanos en ese deporte con sus cuatro medallas olímpicas.
Yo no había nacido cuando ganó su primera presea de bronce en Londres 48; después fue plata en Helsinky 52 (año en el que debuté en el planeta); además de oro y bronce en Melbourne 56.
Como adolescente lo vi en varias películas de la época en papeles de galán estudiantil. No hubo estrellita cinematográfica de entonces que no pasara por alguna de las películas que protagonizó Capilla, siempre como chico bueno.
Ver a Capilla al lado de mi gran amigo, Carlos Girón, me producía sensaciones encontradas. Mientras Joaquín era un ávido lector de la Biblia, el buen Charly engullía toneladas de alitas de pollo. Nadie hubiera pensado nunca esos aspectos de la intimidad de dos monstruos sagrados de los clavados mexicanos.
Otros figurones del deporte, sencillos a más no poder como gente común y corriente, eran don Beto Ávila y don Horacio Casarín, dos auténticos caballeros en la extensión de la palabra; uno campeón de bateo en grandes ligas y el otro primer gran ídolo del futbol nacional… Nada más.
En una ocasión don Beto me hizo el favor de saludar por teléfono a mi papá, quien jamás se imaginó el detalle de parte de uno de los peloteros más admirados de su vida. El big leaguer accedió a mi petición como cualquier hijo de vecino, pero mi papá y yo quedamos embelesados con su don de gente.
El doble medallista olímpico de caminata en Los Ángeles 84, Raúl González Rodríguez, oro en 50 y plata en 20 kilómetros, era mi "cliente frecuente" para las entrevistas.
Platiqué con él innumerables veces en las instalaciones del Centro Deportivo Olímpico Mexicano, y por eso aplaudí a rabiar al momento de sus triunfos.
Tal vez por nuestra cercanía previa, el doble medallista olímpico me invitó a trabajar con él cuando le dieron la encomienda de crear la Comisión Nacional del Deporte. Ya como funcionario público Raúl se mantuvo en su discreto departamento de Lomas de Sotelo, cerca del CDOM, y fue cauto con el manejo de los dineros públicos.
Con él compartí ampliamente su faceta de ser humano. Se abrió totalmente cuando me llevó a conocer la humilde vivienda de su abuelita en un cerro de China, Nuevo León, donde la señora tenía sobre la pared una amplia colección de recortes de periódico con los triunfos del nieto.
En ese lugar, me confesó el doble medallista olímpico, era donde sacaba a pasear a las cabras de la abuelita. ¿Se podría alguien imaginar a ese poderoso marchista en la labor de arriar cabras?
Esta semana Sergio Pérez inició su segundo periodo de pruebas al volante de un Cadillac en Bahrein, Oriente Medio, en preparación para su regreso al campeonato mundial de Fórmula 1 de este año.
Dónovan Carrillo regresó de los Juegos Olímpicos de Invierno en Cortina D'Ampezzo, Milán, donde se colocó como el número 23 del patinaje artístico olímpico; en tanto que el pedalista Isaac del Toro, se afianzaba en el segundo lugar del Tour de los Emiratos Árabes Unidos.
Tres deportistas profesionales que ponen en alto el nombre de México todos los días y que se mueven en escenarios antes completamente hostiles y negados para los nuestros. Habría que mencionar aquí a Hugo Sánchez, quien se encargó de derribar los primeros muros que nos separaban de triunfar en el extranjero.
Pérez, Carillo y Del Toro, son tres compatriotas nuestros que cuando están en casa comen tacos igual que nosotros y viven plenamente al estilo mexicano.
Más allá del boxeo, y de los míticos hermanos Rodríguez, eran contados los atletas profesionales que lograron destacarse, como el tenista -curiosamente también ensenadense como Isaac del Toro- Raúl Ramírez.
En el llamado amateurismo del pasado, los atletas de alto rendimiento solían ser gente común y corriente, que lo único que nunca buscaron fue la exagerada atención mediática, ni las muchedumbres.
Tal y como sucede siempre, los profesionales de hoy que destacan, son auténticos garbanzos de a libra, que han triunfado por su esfuerzo personal y no como resultado de una estructura deportiva nacional.
Todos se caracterizan por su extrema sencillez como seres humanos, lo que hace crecer en mi una duda que me llevaré a la tumba. ¿Qué separa a un simple mortal de la grandeza deportiva? ¿De dónde y cómo se saca el plus para ser el mejor de tu disciplina?
Sin duda alguna que la grandeza de los fuera de serie en cualquier ámbito del quehacer humano, estriba en su sencillez.



