Control de daños
La lógica del poder se sobrepone a las consideraciones personales, a las coincidencias esenciales o a las convicciones ideológicas. La presidenta Sheinbaum es rehén no solo de un sentimiento de gratitud, sino de un sentido de lealtad al proyecto obradorista casi a toda costa. Ha dado pruebas sobradas, la más acabada, la destrucción del Poder Judicial Federal y de la independencia de la SCJN. La postura de inicio de la presidenta electa sobre la reforma judicial fue de prudente reserva, pronto sería desplazada por la intransigente obediencia. El costo para el país fue monumental. Desapareció el Poder Judicial como instancia para garantizar derechos, para muestra la determinación de la Corte que autorizó a la UIF bloquear cuentas bancarias sin autorización judicial, flagrante violación a la Constitución y que deja en estado de indefensión a los más de 70 millones de cuentahabientes bancarios.
La lealtad, el sometimiento y las fijaciones ideológicas propias se ven condicionadas por la realidad en la que se desempeña el poderoso, porque el poder tiene su inercia. López Obrador recibió un país que le concedía amplios márgenes de maniobra. De los más importantes, el descontento social y el desprestigio que por igual afectaba al PRI y PAN. Otro factor fue la economía. El objetivo del régimen “neoliberal” de conjurar la crisis y crear una sólida estabilidad macroeconómica, dio fortaleza y generó un ahorro importante. López Obrador lo dilapidó en el clientelismo electoral y en costosas obras producto del capricho, además, con elevados costos de operación deficitaria. Los programas sociales y el incremento en los salarios mínimos gracias lo emprendido en el pasado. En 2024 se incrementa el déficit fiscal y la deuda se elevó 8 puntos del PIB.
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