Ernesto Ruffo es inocente
Desde que lo era, me prometí a mi mismo jamás dejar de ser niño, y creo que lo he cumplido. A mis cerca de setenta y cuatro, no dejo de alegrarme con las cosas simples de la vida, lo rebuscado creo que es para adultos.
Porque, de que los hay, los hay. Aquellos que se toman tan en serio la vida, que se olvidan de divertirse y creen que jugar los hace verse fuera de lugar.
En los setenta tuve el placer de conocer de cerca a mi gran ídolo, y de todo México, Enrique Borja, jugador americanista que se caracterizaba por ser un efectivo cazagoles. Anotaba con cualquier parte del cuerpo; lo mismo la nuca, el hombro, la oreja, el cuello, la boca, la cintura, o su prominente nariz.
El Cyrano, como le decían, pasó exitosamente por Pumas y América y su clave siempre fue la misma: Salía a divertirse, a disfrutar del juego; no a buscar afanosamente la anotación que siempre lograba.
Muchos de los deportistas más exitosos de la historia, emplean la misma fórmula del disfrute pleno y verdadero de su especialidad. Justifican la frase aquella de que quienes nos dedicamos a hacer lo que amamos, jamás tenemos que trabajar.
Entre líneas, al ver varias de sus entrevistas, es lo que hace el piloto Sergio Pérez; sale a divertirse y a tratar de hacer bien lo que sabe. Una buena parte de sus haters, espera que no la haga en Cadillac la temporada 2026, pero él ya la hizo con solo arrancar la primera carrera.
Para quienes no lo saben, Checo ya no tiene nada qué demostrar, pues por hoy y mucho tiempo es el mejor piloto mexicano en la historia de la Fórmula 1. Sus números así lo avalan.
Vale la pena ser un aficionado permanente a la vida, no un fanático. Como aficionado tienes una mente más abierta y eres capaz de entender el triunfo y la derrota; de ver con toda calma que la vida ofrece opciones. El fanático, en cambio, merece el gusto efímero del triunfo y todo el dolor de la derrota.
Recuerdo en mi adolescencia a un muy querido amigo, que conservo hasta la fecha, quien no aceptaba una derrota en ningún tipo de competencia; ya fuera un juego de mesa o en una cancha de cualquier deporte.
Por ejemplo, en una partida de ajedrez yo jugaba hasta que me aburría y hacía el movimiento más inesperado, para ya perder. Él, desesperado y verdaderamente fuera de sí, me exigía que siguiera, que jugara. Por supuesto, yo lo plantaba ante su ebriedad mental.
Todos conocemos a alguien así. No embona con quienes dejamos que la vida fluya con todos sus pros y contras. Con quienes encontramos refugio en una tarde de lectura, buena música, un sabroso Merlot, y ¿por qué no? el goce de alguna colección, en mi caso, de autos a escala.
Lo digo sin empacho y no me avergüenza, porque sé que no soy el único que limpia, sacude y, como que no quiere la cosa, juega con sus autitos.
Igual, tengo amigos coleccionistas de autos de verdad, que no son nada más que niños grandotes. Comulgo con ellos, porque ven realizados sus deseos infantiles en el mundo adulto.
En el eclipse solar de julio de 1991, me di cuenta que hubiera sido patético haberlo presenciado con la rigurosidad de un adulto; en cambio, me entregué a todos mis temores de la niñez y pude dimensionar la insignificancia de la humanidad ante la grandeza y sabiduría del universo.
También, sopesé la vulnerabilidad del género humano, sometido a sus propias creaciones, en el estallido de las esferas de gas en San Juanico, en 1984 y lloré el dolor de tanta gente ante la pérdida inesperada de sus seres queridos.
Otro tipo de lágrimas, derramé con algún triunfo deportivo de México en Juegos Olímpicos y di rienda suelta a mi sentimiento en inauguraciones y clausuras, tanto en Montreal como en Moscú, al imaginar la satisfacción de mi fallecida madre de ver a su niño en las Grandes Ligas de la comunicación.
Como niño, amé a destiempo y también me sentí incomprendido, me equivoqué una y otra vez, erré cada vez que pude en esos intentos de sobria adultez.
Pero la vida le ha regalado tanto a este niño que soy, que tengo toda la riqueza de una maravillosa pareja, un hogar confortable, una ocupación que me permite sentirme útil, las amistades necesarias y un sueño fresco cada noche.
Ese soñar que espero mantener hasta el último suspiro, como una capacidad propia del niño que nunca he querido dejar de ser.