Cuando escuchar puede marcar la diferencia/Alejandro Verduzco
Aunque el sarampión es una enfermedad vieja de siglos pasados, actualmente lo tenemos de regreso y, a nivel nacional, Jalisco es uno de los estados con más casos. Es la entidad número uno, con mil 529 acumulados en lo que va del año. Para poner en perspectiva, Chiapas registra 250; Ciudad de México, 184; y Sinaloa, 144. Por el contrario, hay entidades con muy pocos casos, como Nuevo León, con solo 12, o Guanajuato, que lleva apenas uno confirmado.
De ahí que en Jalisco exista la preocupación por vacunar a la mayor cantidad de población para controlar los contagios, con la presión adicional de que el estado es sede mundialista y la mayoría de los casos se concentran en la Zona Metropolitana de Guadalajara.
En ese contexto, actualmente vivimos un momento algo parecido al de la pandemia con el COVID-19. Por fortuna, estamos muy lejos de esa situación, pero se percibe el regreso del uso obligatorio de cubrebocas, por lo menos en las escuelas, y la resistencia a vacunarse por parte de un sector de la población. Aunque no percibo como tal un movimiento antivacunas, como le llaman, en muchos casos responde más a la falta de información sobre ubicación y horarios para vacunarse o a la falta de tiempo, ya que en algunos módulos en la ZMG se registran filas largas.
Sin embargo, se ha avanzado de manera satisfactoria: un millón 506 mil 535 vacunas ha aplicado la Secretaría de Salud Jalisco hasta el momento, la meta es de 2 millones de dosis.
Para emergencias como esta, la instalación de macro módulos como el del Auditorio Benito Juárez o el del CUCEI durante la pandemia, drive thru y los módulos nocturnos, como los que operan en la Central de Abasto en la Ciudad de México, sería la mejor estrategia para alcanzar a vacunar a más personas.
Acercar las vacunas en mayor espacio y tiempo es necesario. A diferencia del coronavirus, el sarampión, aunque es seis veces más contagioso que el COVID, es una enfermedad ampliamente conocida y sus vacunas también, hace cinco años aproximadamente, en diciembre de 2020, llegaban a México las primeras vacunas contra el coronavirus, al ser una enfermedad completamente nueva y con tratamientos en exploración e investigaciones en curso, el rechazo a las vacunas contra este virus fue significativo en una buena parte de la población.
En un estudio llamado ¿Por qué las personas no se vacunaron contra COVID-19?, realizado por la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) y publicado a inicios del año pasado, mediante una encuesta telefónica a nivel nacional que abarcó los 32 estados de México, con 3 mil 126 adultos, el 68% reportó vacunación completa, el 21% solo la primera dosis y el 11% no fue vacunado.
Del 11% que indicó no haberse vacunado, las razones se dividieron en dos grupos: 63 % por barreras externas y 37% por barreras internas. Las primeras incluyeron la disponibilidad limitada de la vacuna y factores como no poder asistir a una cita o no tener información sobre la vacunación, las barreras internas, por su parte, consistieron en considerar la vacuna como perjudicial o ineficaz y en el desinterés.
Otro factor es la falta de vacunación en el sexenio pasado, que repercute en lo que vivimos ahora. Un informe de la Organización Mundial de la Salud y UNICEF indica que, en 2024, 341 mil niñas y niños en México no recibieron ninguna vacuna.
La cancelación de las Semanas Nacionales de Vacunación y la fragmentación de los esquemas debilitaron la protección colectiva; qué decir cuando Andrés Manuel López Obrador, en una mañanera en 2020, mostró unas estampitas religiosas como escudo protector contra el coronavirus.
Por fortuna, en este sexenio las decisiones que se toman son más serias y responsables.




