Las Batallas
Llueve; las calles se convierten en ríos; los automóviles quedan varados; se cierran vialidades; las alcantarillas parecen insuficientes.; rotección Civil, bomberos y policías salen a auxiliar personas. Después vienen las fotografías, los videos en redes sociales, las discusiones sobre quién tuvo la culpa y, finalmente, cuando el agua baja, regresamos a nuestra vida cotidiana. Hasta que vuelve a llover y volvemos a sorprendernos.
Lo ocurrido hace unos días en León debería servirnos para hacer una pregunta mucho más profunda: ¿El problema realmente es la lluvia?
La noche del jueves 1 de octubre cayó sobre León una de las precipitaciones más intensas de la temporada. En algunos puntos de la zona norte se registraron hasta 86.5 milímetros de agua en aproximadamente cuatro horas. Para entenderlo fácilmente: un milímetro de lluvia equivale aproximadamente a un litro de agua sobre cada metro cuadrado de superficie.
Estamos hablando, entonces, de decenas de litros de agua cayendo sobre cada metro cuadrado de la ciudad en unas cuantas horas.
La lluvia comenzó durante la noche y se prolongó hasta la madrugada. Las autoridades municipales recibieron 54 reportes y desplegaron un operativo en las siete delegaciones de León. Hubo conductores varados, árboles caídos, cortocircuitos, cables afectados y vialidades con importantes acumulaciones de agua.
En el Eje Metropolitano y Karol Wojtyla tuvieron que ser rescatadas siete personas y un ciclista. Los cuerpos de emergencia retiraron nueve árboles y tres ramas de gran tamaño, atendieron cuatro reportes relacionados con cortocircuitos y caída de cables de media tensión y retiraron dos postes.
El Malecón del Río tuvo que cerrarse preventivamente y vialidades como Paseo de Jerez, Hilario Medina, Madrazo, Libramiento Morelos y Eje Metropolitano registraron afectaciones. La presa El Palote pasó aproximadamente del 57 al 67% de almacenamiento en apenas cuatro horas. Después de las precipitaciones del fin de semana llegó al 73%.
Es decir, la misma agua que puede representar un riesgo para una ciudad también puede convertirse en una extraordinaria reserva para enfrentar los periodos de escasez.
El agua no solamente tiene que desalojarse. También tenemos que aprender a administrarla y este no es un problema exclusivo de León.
El pronóstico meteorológico contempla que continuarán las lluvias en los 32 estados del país. Veracruz podría recibir precipitaciones torrenciales de entre 150 y 250 milímetros; Tamaulipas, Guerrero, Oaxaca, Chiapas y Tabasco, entre 75 y 150 milímetros.
En los últimos días, el Servicio Meteorológico Nacional también había advertido lluvias torrenciales de entre 150 y 250 milímetros en zonas de Nuevo León y Tamaulipas, además de precipitaciones intensas o muy fuertes en numerosos estados, incluido Guanajuato.
Y las consecuencias ya son visibles. Las lluvias recientes dejaron personas fallecidas en Nuevo León; en Veracruz se reportaron decenas de viviendas anegadas y en Guanajuato hubo rescates relacionados con las precipitaciones.
Por eso quizá tenemos que comenzar a cambiar la conversación. Durante décadas construimos ciudades pensando principalmente en cómo sacar el agua lo más rápido posible.
Donde existían terrenos capaces de absorber agua ahora tenemos fraccionamientos, estacionamientos, vialidades, centros comerciales y enormes superficies impermeables.
Y entonces ocurre algo elemental: el agua que antes encontraba tierra ahora encuentra pavimento.
Por supuesto que necesitamos drenajes eficientes; necesitamos colectores, limpiar alcantarillas, evitar basura en calles y cauces. Pero probablemente necesitamos algo todavía más importante: repensar la manera en que construimos nuestras ciudades.
Más superficies permeables, más parques capaces de captar agua, más infraestructura verde, más sistemas de infiltración… más captación pluvial.
Más planeación urbana vinculada al agua; y, sobre todo, dejar de considerar cada tormenta intensa como un acontecimiento completamente inesperado. Porque hay una enorme diferencia entre una emergencia extraordinaria y un problema que se repite cada temporada.
Si una calle se inunda una vez, puede ser consecuencia de una tormenta excepcional; pero, si se inunda todos los años, entonces quizá tenemos que hablar también de infraestructura.
Ahora, eso no significa culpar automáticamente a un gobierno. ¿Las ciudades que hoy tenemos son consecuencia de decisiones acumuladas durante décadas?.
Gobiernos distintos, planes urbanos diferentes, desarrolladores, cambios de uso de suelo, recimiento demográfico, aumento de basura, infraestructura envejecida y también fenómenos meteorológicos cada vez más complejos.
La pregunta debería ser otra: ¿Qué ciudad queremos construir para los próximos treinta años?
Porque hay una paradoja extraordinaria que ya hemos vivido; México puede sufrir sequía y meses después padecer inundaciones. Podemos tener presas con niveles preocupantes y, al mismo tiempo, calles completamente anegadas.
El problema entonces no siempre es que falte agua. En ocasiones el problema es dónde cae, cuánto cae, qué hacemos con ella y qué capacidad tenemos para almacenarla, infiltrarla o conducirla de manera segura.
Y eso transforma completamente la discusión; porque la infraestructura hidráulica del futuro no debería tener únicamente una misión: evitar inundaciones. También debería ayudar a conservar agua, recargar acuíferos, reducir escurrimientos, crear espacios verdes, disminuir temperaturas urbanas y preparar nuestras ciudades para eventos meteorológicos extremos.
Quizá tengamos que comenzar a hablar mucho más de las llamadas ciudades esponja: ciudades capaces de absorber, retener, infiltrar y reutilizar una parte del agua que reciben, en lugar de simplemente intentar expulsarla.
No significa que un parque vaya a detener una tormenta extraordinaria, ni que una ciclovía permeable sustituya un colector. Significa entender que el problema requiere muchas soluciones funcionando al mismo tiempo.
Infraestructura gris, infraestructura verde, tecnología, planeación, mantenimiento, prevención, pero sobre todo cultura ciudadana. Porque también nosotros tenemos responsabilidad.
Una bolsa de basura arrojada en la calle parece insignificante, hasta que llega a una alcantarilla. Una alcantarilla bloqueada parece insignificante, hasta que llegan decenas de milímetros de lluvia en unas horas. Entonces comprendemos que las ciudades son sistemas y que pequeñas decisiones pueden terminar teniendo consecuencias enormes.
Las lluvias seguirán llegando. No podemos controlar cuánto llueve. Pero sí podemos decidir qué tan preparada está una ciudad cuando comienza a llover. Y entonces llegará el momento de dejar de preguntar solamente: ¿Cuánto llovió?, para comenzar a preguntar: ¿Qué hicimos con toda esa agua?
Porque cuando una tormenta excepcional ocurre una vez, podemos hablar de emergencia. Pero cuando los mismos lugares se inundan una y otra vez, también tenemos que hablar de planeación.
Y mientras sigamos construyendo ciudades para las condiciones del pasado, el clima continúa cambiando las condiciones del futuro.
Y entonces la pregunta que deberíamos hacernos después de cada tormenta no es cuándo volverá a llover. Si no, ¿Estamos preparando nuestras ciudades para el clima que viene o seguimos construyéndolas para el clima que tuvimos?
Porque al final quizá el problema nunca fue solamente la lluvia. El problema es lo que encuentra cuando toca el suelo.
Enrique Rivera
Sin Interferencia