Hablando en Serio/Santiago Heyser
Lo mejor para enfrentar un momento adverso es aparentar tranquilidad, como si eso bastara para resolver las cosas. Preocuparse sin ocuparse no conduce a ningún sitio, salvo al infarto. Mejor instalarse en la negación y asumir que nada de lo que se ve, se advierte o se anuncia es cierto; que el tiempo terminará por arreglarlo todo. No hay miedo, en apariencia.
Los efectos de la amenaza judicial ampliada son devastadores y han alimentado un deseo de que el país logre contener la embestida, que la soberanía sea un manto protector, aunque la impunidad persista. Eso entiende el poder a cargo de la defensa intransigente frente a la solicitud de detener a un gobernador incriminado y a nueve colaboradores más. Es la mejor manera de alimentar la esperanza dentro del régimen de que esto no sea el principio del fin. Otros, en cambio, piensan que nada mejor que pudiera ocurrir: que la ruptura del régimen de autoridad provenga del exterior. La polarización enfrenta dos extremos: impunidad o intervencionismo.
Estados Unidos decidió trasladar al terreno judicial su relación con el gobierno de México. Esa decisión implica que la presidenta actúe conforme a lo demandado porque así lo establece el marco de cooperación legal. Ahora, con el caso del piloto que trasladó a El Mayo Zambada a territorio norteamericano, queda claro el destino de la condescendencia cuando va acompañada de incompetencia. Las autoridades mexicanas, violentando la Constitución e invocando de manera tramposa la seguridad nacional, entregaron a quienes se perfilan ser los enterradores del régimen político. Si aún existe alguna duda, basta entender el valor del testimonio del piloto. El enemigo está en casa, del régimen morenista y del país.
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