Gabino Palomares y su canto de rebeldía
Todos en bola. Es como recuerdo las fiestas de fin de año de mi niñez, cuando éramos, por lo menos, 4 familias las que nos reuníamos en casa de la abuela (que también era la nuestra) para celebrar la culminación del año.
Como ya lo he dicho, el domicilio de Chilpancingo 110-A en la Colonia Roma Sur, era la embajada de Yucatán en el Distrito Federal de los 50 y 60. Todo maya que se preciara, tenía que rendir tributo ante doña Aurora, quien les daba el Vo.Bo., para su estancia en el D.F.
Así que los Moguel, Méndez, Caamal, Sánchez, Albertos, Monsreal, Carvajal, Zapata y muchos otros apellidos peninsulares, pasaban por esa pequeña casa-departamento romeño para formalizar su residencia capitalina.
Y claro, sucedía que llegaba diciembre y la matriarca instruía a su corte, para la preparación de las deliciosas viandas que se degustarían el 24 y 31.
La tía Marucha, maestra de maestras de la cocina yucateca, encabezaba la lista y nos preparaba el más delicioso pib, (una especie de megatamal inenarrable) que aunque se acostumbra para el día de muertos, también se disfrutaba en la despedida del año.
Mi abuela, preparaba relleno negro; mi mamá, romeritos y queso relleno; tía Adela llevaba los más deliciosos papadzules del mundo; mi madrina Tella se lucía con postres interplanetarios y así todas por el estilo pasaban lista con riquísimos platillos de la región peninsular.
Aquí, vale la pena destacar, que aunque mi mamá no era yuca, sino orgullosamente leonesa, se consagró con la preparación de la mejor cochinita de la galaxia y puntos circunvecinos, así certificado por los más recalcitrantes visitantes del Mayab.
En materia de espirituosos, no faltaba que alguno de los tíos llevara un delicioso Xtabentún, nancen y otros ricos licores, que nosotros los pequeños sólo olíamos o dábamos muy pequeños besitos.
Recuerdo que en el comedor de la casa había una mesa expandible, que se podía hacer hasta para doce personas y siempre quedaba chica. Era una lluvia de manjares porque no faltaban el chocolate con agua, el queso de bola, la mantequilla holandesa y, por supuesto, el pan de La Espiga.
Esas mismas deliciosas conchas, alamares, campechanas y otras ricuras que mi tío Toño, hermano de mi mamá, llevaba en todas sus visitas semanales y también en fin de año.
Así era el calor y color del ambiente en el que me desarrollé, al compás de la música de tríos como Los Panchos, Los Tres Ases o Los Dandys, que amenizaban el choque de cristales, mismo que siempre era cordial y amistoso, pues no recuerdo ningún tipo de pleito por el consumo de agüitas.
En particular, jamás vi a mi padre ni siquiera pasado de copas. En ese sentido era un hombre mesurado y medido.
Los clásicos corrillos de tíos en la cocina, estallaban en estruendosas carcajadas de vez en vez, mientras las señoras acondicionaban la mesa y el orden de los platillos y los primos hacíamos de las nuestras en el pasillo con brincos y carreras en un miniespacio de no más de cinco metros.
Por supuesto, habríamos el apetito con cacahuatitos y las horrendas colaciones de confites más dulces que mi primera novia y más perjudiciales para las muelas, que un trancazo de Mohamed Alí. De vez en cuando teníamos dátiles y orejones.
Cuando el escándalo infantil alcanzaba el máximo de decibeles tolerables, se le daba la instrucción a las primas mayores, Ligia y/o Carmelita para llevarnos a la vuelta de la esquina, donde podíamos dar rienda suelta a nuestros infantiles excesos.
A la vuelta, sobre la calle de Tehuantepec, a veces, se nos unían los Larios, los Guillén y hasta los Ricaud, cuya heredera mayor, Blanquita, nos robaba el sueño a mas de… a todos.
Si acaso nos faltaba un balón o cualquier tipo de pelota, la camisa más raída de cualquiera, pasaba a mejor vida como objeto de nuestra diversión, sin importar el regaño materno al que se exponía por su generosa donación a la imberbe comunidad deportiva.
En ocasiones, el fervor católico nos arrastraba a cualquier vecindad de la calle donde se celebraba la posada con todos sus cánticos y rituales, detalles de los que en familia se encargaba mi tía Nena.
Vaporizábamos como tamales cuando regresábamos a casa para asearnos las manitas y acercarnos a la mesa para engullir como verdaderas marabuntas todo lo que nos servían, sin dejar migajas ni para recuerdo.
Saciados nuestros apetitos éramos amablemente conminados para dar lugar a la siguiente mesa, que volvía a renovarse tres o cuatro veces más. Y mientras eso sucedía, no había padre de familia que se preocupara por mandarnos a dormir, lo que aprovechábamos al máximo para ver la tele en horarios no aptos para niños.
Ese "no aptos" era sólo un marbete, porque la telera de entonces era más blanca que la leche hervida. No había ni siquiera chistes subidos de color y lo más porno que podía verse era un comercial de crema Nivea, en el que aparecía dentro de una enorme concha la espalda desnuda de una mujer.
Adentro de la casa jugábamos a los espadachines, con cualquier objeto largo que hiciera las veces de una espada o lanza y protagonizábamos los más intensos capítulos de las cruzadas, ataviados con los abrigos de las tías y alguna olla en la cabeza, o en el peor de los casos, una bacinica.
Yoli, Ligia, Beto Carmelita, Floch, Piteco, Jesús, Pato, Ruli, Pollo, Heri y yo, superábamos con holgura el ruido de una turbina Rolls Royce de cualquier Boeing 737, pero el mismo se confundía con las risotadas y palmas yucatecas, junto con el sonido de la cocina.
El mejor momento, previo a la llegada de Santa Clos, se daba con el intercambio de regalos, en el que casi siempre la suerte nos llevaba al estreno de un suéter nuevo, o alguna camisa de cuadritos. Rara vez, alguien se tomaba la molestia de incluir algún tipo de juguete, por lo que ese era el momento en el que la niñez comenzaba a sentir sueño.
A veces cuando ya pasaba de la media noche y las visitas no se habían ido, comenzaba la desesperación para que le dejaran libre el camino al rollizo del Polo Norte, que en esos años jamás fallaba y aunque no traía exactamente lo que se le pedía, siempre trató de hacer lo mejor para poner la cereza en el pastel a la reunión de la noche anterior T en B.