Hablando en Serio/Santiago Heyser
“Viejos los cerros… y todavía reverdecen”, dice aquel refrán que durante años usamos medio en broma para negar que alguien estuviera envejeciendo. Y ahora parece adquirir mas relevancia porque basta mirar alrededor para descubrir que algo está cambiando con nuestra idea de la vejez.
Roberto de 72 años se levanta temprano para ir a trabajar. Carmen de 68 estudia italiano porque quiere recorrer Sicilia. Lucia de 75 entra por primera vez a un curso de historia del arte. Jorge de 77 se inscribe al gimnasio y comienza a entrenar fuerza. Nicolas a los 65 finalmente toma aquel curso de aviación que llevaba décadas posponiendo y Alberto después de jubilarse, abre la cafetería con libros que siempre soñó. Hay quienes emprenden, enseñan, viajan, estudian una carrera, organizan eventos, hacen voluntariado, cuidan nietos, dirigen negocios, se enamoran o empiezan de cero. Pero entonces…¿A qué edad somos realmente viejos?
La ciencia no tiene una fecha de cumpleaños exacta que nos ayude a resolver el asunto. Usamos los 60 o 65 para clasificar poblaciones, diseñar pensiones o realizar estadísticas, pero biológicamente las personas envejecen a ritmos muy distintos. La propia Organización Mundial de la Salud advierte que no existe una persona mayor “típica”: algunos individuos de 80 años conservan capacidades físicas y mentales comparables con personas considerablemente más jóvenes, mientras otros de la misma edad necesitan ayuda para actividades físicas cotidianas.
Nuestra percepción también está cambiando. Un estudio que se publicó en 2024 en Psychology and Aging basado en más de 14,000 participantes del German Ageing Survey -a algunos se les siguió hasta 25 años-, encontró que las personas que tenían 64 años situaban el comienzo de la vejez aproximadamente a los 75. Y aquí pasan dos cosas a la vez. Primero, cada generación recorre más la meta: quienes nacieron a principios del siglo XX, a los 65 años, creían que la vejez arrancaba a los 71; los nacidos a mediados de siglo, a esa misma edad, la ponían hasta los 74. Segundo, en la actualidad también la vamos moviendo conforme cumplimos años, y cada vez más rápido. A los 64, ese umbral avanzaba unos dos años por década; para cuando llegamos a los 74, avanzaba el doble. O sea, entre más cerca estamos de la vejez, más la recorremos hacia adelante. Todo esto confirma que, culturalmente estamos renegociando generación tras generación el significado de la edad.
Durante buena parte del siglo pasado la vida parecía basarse en un guion muy claro: estudiar, trabajar, formar una familia, jubilarse y disminuir gradualmente nuestra participación en la vida pública. No era universal, por supuesto, pero culturalmente funcionaba como un mapa que, al día de hoy, parece quedarse corto.
Hoy alguien puede jubilarse a los 65 y tener por delante más de dos décadas de vida. En los países de la OCDE, una persona que alcanza los 65 años tiene actualmente en promedio, otros 18.5 años de vida si es hombre y 21.6 si es mujer. Estamos hablando de llegar aproximadamente a los 83 o 86 años. Podría ser una etapa completa de la vida. Hay personas que quieren trabajar hasta los 75 y otras que llevan contando los días para jubilarse desde los 52 y ambas opciones son legítimas. No todos deben seguir trabajando o cobrando un sueldo después de la jubilación para demostrar rendimiento o justificar su valor.
Y esa creo yo es la verdadera causa de esta revolución: poder elegir cómo se quiere seguir participando.
Según la OCDE, en 2023 el 35.3% de las personas mexicanas entre 65 y 69 años seguía trabajando, alrededor de 5 puntos porcentuales por encima del promedio de la organización, entre cuyos países miembros están, por ejemplo, Japón, con una de las tasas más altas de empleo en edades avanzadas, y España, entre los que registran las más bajas. Sin romantizar el dato, algunos de ellos continúan porque quieren hacerlo y otros porque económicamente necesitan hacerlo, pero ambas situaciones revelan que hoy cumplir 65 años ya no equivale automáticamente a desaparecer de la vida económica y social.
La manera en que muchos adultos mayores están empezando a vivir esta etapa ha representado un gran cambio. Antes se asociaba el envejecimiento con ir dejando cosas como el trabajo, los proyectos, los riesgos, el deporte, los viajes o incluso el amor. Sin embargo, basta observar a nuestro alrededor para encontrar personas haciendo exactamente lo contrario.
La investigación sobre envejecimiento ha encontrado una y otra vez, asociación entre mantener un sentido de propósito y mejores indicadores de bienestar físico, mental y cognitivo. Seguir sintiendo que tenemos algo que hacer o esperar es parte de la salud.
Antes la OMS, entendía el envejecimiento saludable como ausencia de enfermedad, y ahora, aquella definición parece quedarse corta, hoy se extiende a la conservación de aquellas capacidades que permiten a una persona hacer lo que considera valioso: moverse, aprender, tomar decisiones, relacionarse y contribuir.
Una buena lección sería que no tenemos que esperar a cumplir 70 años para empezar a construir esa manera de vivir. La curiosidad, el entusiasmo, los vínculos, las ganas de aprender, de crear y de seguir participando no aparecen mágicamente después de la jubilación. Se cultivan mucho antes, conservando motivos para mirar hacia adelante, No importa como se participe, lo importante es seguir sintiendo que nuestra vida todavía nos convoca.
Puede resultar peligroso asumir demasiado pronto que nuestra etapa de crecimiento terminó porque nuestra propia percepción puede convertirse en una frontera. Si llegan pensamientos a la mente como “Ya no estoy para eso”, “ya para que” “ya estoy viejo”, estas frases pueden convertirse en una frontera adelantada. Se podría terminar renunciando por anticipado a posibilidades que todavía estaban abiertas. Si creo que todos debemos aceptar los cambios reales que trae la edad; hacerte mayor implica adaptaciones, pérdidas y limitaciones, y pretender lo contrario sería pecar de ingenuo. Pero se trata de no añadir nosotros mismos una limitación que la vida todavía no nos ha impuesto.
Esta revolución consiste en recuperar la libertad de decidir. Isabel a sus 76 decide escalar una montaña y empieza caminando alrededor de su colonia diario, mejora su alimentación, hace ejercicio de fuerza y arma su rutina alrededor de su preparación. También está Felipe que quiere leer, cuidar sus plantas, convivir con sus nietos y jugar domino con sus amigos los jueves por la tarde. Cada decisión tiene el mismo valor. Trabajar o jubilarse, emprender o descansar, viajar o disfrutar de la casa.
Las generaciones que hoy atraviesan sus 60, 70 y 80 años están empezando a escribir un guion diferente. Uno en el que jubilarse puede significar terminar una etapa laboral sin retirarse de la vida y otro en el que comenzar no necesita una edad máxima.
Los adultos mayores de hoy no piden que los llamemos jóvenes. Ellos solo decidieron que todavía tienen una vida que vivir y así lo demuestran. Ellos retoman esa vieja frase para entenderla de otra manera:
¡Viejos, los cerros… y todavía reverdecen!




