Control de daños
El mundo cambió; el país también. El giro no ha sido virtuoso. Al contrario: si antes estábamos mal, ahora estamos peor en casi todos los rubros, particularmente en México. Cualquiera de los indicadores relevantes muestra un deterioro significativo, en especial en los que más importan: seguridad, legalidad y bienestar.
Los publicistas del régimen invocarían los programas sociales y el incremento de los ingresos para disputar esta afirmación. Pero cabe preguntarse: ¿realmente las asignaciones directas y universales han significado un cambio, cuando al mismo tiempo se ha deteriorado gravemente la red social de bienestar? La educación pública padece una situación deplorable; igual que los servicios de salud. Y ni qué decir de las adversas condiciones de vida de amplios sectores de la población. Si se comparan las cifras de pobreza extrema con las del reducido grupo de los superricos, quedaría claro quiénes han sido los beneficiarios del cambio.
Para el observador resulta indispensable ubicarse en la nueva realidad. El mundo, tal como se conocía, dejó de existir. México, incluso, se anticipó a ese proceso. Los referentes de certeza jurídica que acotaban a la autoridad fueron golpeados durante el gobierno de López Obrador, y con la reforma judicial promovida por la presidenta Sheinbaum desapareció el más efectivo de ellos: un Poder Judicial responsable de hacer valer la Constitución y la legalidad.
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