El Listón Amarillo
Reconozco que a veces se me olvida, que antes de cantar hay que balbucear y en esa primera etapa, si algo me acompañó, fue la buena suerte, o buena estrella, como quieran llamarle.
Llegué a los medios impresos cuando todavía estudiaba en Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM, gracias a la recomendación de mi inolvidable maestra de Redacción I, Patricia Montelongo, a quien le gustó mi narración sobre la clásica fiesta del 31 de diciembre.
Era una burronesca crónica sobre los personajes típicos que siempre acuden a las citas familiares; desde la tía religiosa, que invita a rezar, la abuela mandona, la comadre chismosa, los chiquillos incontrolables y hasta el padrino ebrio quien todo lo echa a perder.
-Gasque, ¿no ha publicado nunca? – me preguntó.
-No maestra, le respondí, frente a varios de mis muy talentosos compañeros:
Entre ellos: el ahora editorialista Roberto Rock; el mega genio Alfonso Arau Corona, excelso dibujante, rockero, empresario, cineasta y lo que le quieran agregar, así como mis hermanos de toda la carrera, Ricardo Burgos Orozco y Gerardo Martínez Cruz, con el tiempo, titulares de Comunicación Social de Educación y Obras Públicas, respectivamente.
Eran los años de la despreocupación. Extra campus, tenía novia, pero Rebeca López Hernández, bellérrima compañera me volvía loco, aunque nunca en aquel entonces tuve oportunidad de acercármele. Era algo así como la pelirroja amada de Linus de la caricatura de Charly Brown, solamente la admiraba al pasar, era un sueño casi imposible. Más tarde escribiríamos nuestra bella y breve historia.
-Lo voy a recomendar con un amigo para que comience a publicar- me dijo la maestra Montelongo.
Pensó que mi “estilo” encajaría en la revista Pop, la biblia del rock mexicano durante años, y el magazine de corte familiar Gente, dirigidos por don Guillermo Magaña.
Llegué con la acostumbrada desfachatez de mi persona y creo que eso le cayó bien al director, quien al presentarme al fotógrafo Valentín Galas, más adelante Premio Nacional de Periodismo, me dejó en buenas manos.
Galas y yo hicimos click más rápido que una pluma bic con su tapón y después de varias coberturas de todo tipo, fuimos al Palacio de Bellas Artes a un concierto del jazzista Dave Brubeck, intérprete estelar de la magnífica creación de Paul Desmond, Take Five.
Mitad burla, mitad en serio, me dio una cámara Nikon réflex para que “le ayudara” con algunos aspectos que redondearan su trabajo. Yo me lo tomé en serio y disparé varias gráficas desde puntos que no eran los clásicos de los compañeros de la lente.
Metido entre la gente, tirado en la alfombra del pasillo y colgado desde la orilla de un balcón, obtuve tomas singulares, que fueron las que le gustaron al director e ilustraron el reportaje central de la revista.
-Suerte de principiante, pinche Gasque- me dijo Galas.
De todas formas, en cada concierto sabatino con los grupos de rock del momento, en la escalinata de la revista de Río Sena 110, me soltó varias veces la cámara y varias veces me volvieron a publicar.
Me di vuelo con grupos como Three Souls in my Mind (el actual Tri), Los Profetas, Dug Dugs, La Revolución de Emiliano Zapata, Javier Bátiz, Lucifer, Peace & Love y muchos más.
Menos que tirarme mala onda, el buen Valentín me enseñó a revelar en cuarto oscuro, cosa que me encantó, pero que no sabía que muy poco me duraría el gusto por esa maravillosa química de aromas, oscuridades, luces rojas e imágenes.
En el Dodge Dart color caca de Valentín, que bautizamos como la Patrulla Rocanrolera, viajábamos además de él, Parménides García Saldaña, el mejor escritor rockero de las letras mexicanas, fallecido en el terremoto de 85; el apenas desaparecido en enero del 2024, José Agustín Ramírez Gómez, maestro de la literatura de la Onda, y su servilleta.
Todos ellos, amantes de quemarle los pies al Chamuco, y yo fresón briago, integrábamos la tripulación. Les daba mucho coraje que bajara el vidrio de la ventanilla, porque se les escapaba la esencia; pero yo, después de 3 Presidentes, sentía que me ahogaba.
La patrulla, sin embargo, nunca se detuvo y así logramos las coberturas de Sonia Amelio, "la mejor crotalista del mundo", el ballet dizque folclórico de Amalia Hernández, Tom Jones, Liza Minelli y una muy especial del Canned Heat, donde el mexicano Fito de la Parra, amigazo de Galas, era el baterista titular.
Se hospedaban en las Suites Emperador de la entonces Glorieta de Etiopía, en Cuauhtémoc y Xola. Ahí llegamos una noche como a las 9. A las 2 de la mañana el administrador nos fue a callar por el tremendo concierto rockero, que no paró hasta eso de las 7 de la mañana, cuando los héroes cayeron rendidos.
La música dividió opiniones. Algunos disfrutaron al máximo el concierto gratuito de uno de los mejores grupos de rock del momento, mientras otros amenazaron con demandar a los administradores.
La tripulación de la Patrulla Rocanrolera, una vez con el deber cumplido, pasó a curársela con un sabroso caldo de gallina de la Romero Rubio, con molleja y huevera, por supuesto.