Violencia incel
Padre, madre, pareja, jefe, empleado, director, cuidador, hija, esposo. A lo largo de la vida vamos adquiriendo papeles que terminamos desempeñando casi a la perfección sin pensarlo. Algunos nos enorgullecen, otros nos agotan y muchos nos necesitan, pero todos, de una u otra manera, van formando parte de nuestra identidad. Nos acostumbramos tanto a ellos que pocas veces nos detenemos a imaginar qué pasaría si alguno desapareciera. Si los hijos dejaran de necesitarnos como antes, si terminara el trabajo que durante décadas nos definió, si cambiara una relación o llegara la jubilación. Cuando dejamos, aunque sea por un momento, de ser quien resuelve, cuidar, dirige o sostiene a los demás, ¿Qué queda que sea solamente nuestro?
Hace unos días hablaba con un amigo que lleva cerca de cuarenta años dedicado a su profesión y que, además es realmente bueno en ella. En algún momento la conversación llegó al tiempo libre y le pregunté qué hacía cuando no estaba trabajando. “Pasar tiempo con mi familia”, me respondió. Le dije que sí, por supuesto, pero insistí: “¿Y tú qué haces? Algo que te guste especialmente, que te dé curiosidad, que esperes con ganas. Algo que sea exclusivamente tuyo”. Se quedó callado unos segundos. Primero pareció buscar una respuesta y luego sonrió con esa expresión que aparece cuando alguien acaba de descubrir una pregunta que nunca se había hecho. No encontró ninguna.
Me quedé pensando en eso porque sospecho que es mucho más frecuente de lo que creemos. Podemos pasar décadas construyendo una carrera, formando una familia, sosteniendo una casa, cultivando amistades y cumpliendo responsabilidades, y hacerlo además con enorme satisfacción. Pero en medio de una vida llena, dejamos de tener algún rincón que quede fuera de esos papeles.
Cocinar, hacer jardinería, jugar pádel, tomar fotografías, bailar, tejer, coleccionar monedas, leer novelas, restaurar muebles, cantar en un coro, aprender un idioma o armar rompecabezas. Los hobbies pueden ser tan antiguos como coleccionar estampillas y tan nuevos como readaway (una escapada donde te alejas de las pantallas para leer, descansar y recuperar tiempo propio sin interrupciones), o incluso unirte a una de las comunidades que aparecen cada año. Algunos cuestan dinero y otros casi nada; algunos se practican en solitario y otros dependen justamente de encontrarse con la gente. Lo interesante es que no parece existir un pasatiempo superior a los demás. Lo que importa es que haya algo en esa actividad que elegimos nosotros: interés, disfrute, curiosidad, conexión, desafío o simplemente ganas de volver a hacerla.
Sin embargo, los adultos tenemos la mala costumbre de tratar el tiempo personal como si fuera el tiempo que sobra. Primero está el trabajo, después la familia, las obligaciones, la casa, los trámites, lo urgente y, cuando todo está resuelto, entonces quizá podamos dedicarnos a algo simplemente porque nos gusta. El inconveniente es bastante predecible: todo nunca está resuelto.
Por eso creo que vale la pena cuestionar la idea de que una actividad personal tenga que justificar su existencia, produciendo dinero, desarrollando una habilidad extraordinaria o convirtiéndonos en una versión mejorada de nosotros mismos. A veces basta con que la disfrutemos y entender que no todo minuto de nuestra vida tiene que ser útil para alguien.
La ciencia, sin convertir esto en una receta, ofrece algunas pistas interesantes. En los últimos años, distintos estudios han encontrado asociaciones entre mantener hobbies o actividades recreativas y mejores indicadores de bienestar emocional, satisfacción con la vida y menor presencia de síntomas depresivos, especialmente en adultos mayores. Una investigación internacional publicada en 2023, con más de 93 mil personas de 65 años o más en 16 países, encontró que tener hobbies se relacionaba con mayor felicidad y satisfacción vital y con menos síntomas depresivos. Es una asociación que nos dice que un hobby podría causar muchos beneficios, y el patrón apareció en contextos culturales muy distintos.
También se han encontrado asociaciones favorables con distintas formas de ocio mentalmente estimulante como leer, escribir, armar rompecabezas, hacer juegos de palabras o números y participar en actividades sociales, en adultos de mediana edad y mayores. Algunas se relacionaron con menos depresión, menos soledad, más optimismo o mayor bienestar, aunque los resultados dependen del tipo de actividad y de la frecuencia con que se realiza.
Y eso, lejos de complicar el mensaje, lo mejora: No es que exista “el hobby correcto”. Cuando queramos elegir uno, lo importante es buscar una actividad que sea un verdadero espacio de bienestar.
Aquí hay algo que vale la pena distinguir. No todo aquello que hacemos fuera del trabajo funciona necesariamente como hobby ni produce el mismo efecto. Lo que aparece de manera bastante consistente en la literatura sobre el bienestar es que suelen importar varios elementos a la vez.
El primero es la elección. Una actividad que hacemos porque queremos, se vive de manera distinta a una obligación, cocinar porque nadie más va a preparar la cena no es lo mismo que pasar dos horas experimentando con una receta porque nos entusiasma aprenderla.
También importa que exista interés o disfrute, aunque no todo el tiempo sea divertido. Un hobby puede frustrante o exigir disciplina; aprender piano o mejorar en tenis puede sacar canas verdes. Pero debe conservar alguna razón interna para volver a él: curiosidad, satisfacción, placer, desafío personal o simplemente el gusto de estar ahí.
Otro elemento es la participación activa. No basta con pensar que algún día nos gustaría pintar o aprender francés. El beneficio potencial aparece cuando realmente reservamos tiempo y entramos en la actividad con cierta continuidad. De hecho,
investigaciones recientes sobre ocio han encontrado que la frecuencia con la que participamos en actividades recreativas se asocia con mejor salud mental, y que las actividades sociales y algunas prácticas de atención o concentración muestran un favorable bienestar psicológico.
También pueden intervenir la autonomía, la sensación de competencia y la conexión con otros. En estudios sobre actividades creativas cotidianas, estas tres experiencias ayudan a explicar parte de la relación entre participación creativa y bienestar: sentir que elegimos lo que hacemos, que progresamos en algo y que esa actividad nos conecta de alguna manera con otras personas parece ser importante.
Al reunir dos o tres de estos elementos podemos considerar que ya estamos obteniendo beneficios. Leer solo en casa puede ser profundamente satisfactorio. Jugar pádel puede aportar además convivencia. Tejer puede ofrecer concentración y sensación de dominio: cantar en un coro, pertenencia. Lo que parece importar es que la actividad consiga sacarnos del circuito de obligación permanente, aunque sea por un rato y nos permita participar de algo que sentimos elegido. En ocasiones, su valor solamente está en recordarnos que somos más que nuestras responsabilidades.
Después de los 40 esta cuestión empieza a adquirir otro peso porque muchos de los grandes papeles sobre los que construimos nuestra vida comienzan a moverse. Los hijos crecen, las carreras profesionales cambian, los matrimonios atraviesan transformaciones, los padres envejecen y la jubilación empieza a verse más cercana y nos hace darnos cuenta de que algunas cosas que parecían permanentes nunca lo fueron.
Los hobbies nos ayudan a no llevar una vida vacía. Sin embargo, hay épocas en las que simplemente no queda tiempo, energía o dinero para algo más y no pasa por nuestra mente la frase “tiempo para mí”. Pero sí creo que, llegado cierto momento, vale la pena preguntarnos sobre cuántos pilares estamos construyendo nuestra identidad.
Durante décadas podemos ser el papá de, el director de, la asesora de, la esposa de, la gerente de, la que resuelve, al que llaman, etc. Esos roles pueden ser profundamente valiosos y queridos, pero se vuelve problema cuando son los únicos lugares desde lo que sabemos reconocernos. Cuando alguno de ellos cambia- y tarde o temprano algunos van a cambiar- podemos descubrir que una parte enorme de quienes creíamos ser dependía de ese papel.
Por eso me gusta pensar en los intereses propios como identidad complementaria más que como protección contra la tristeza. Que sean un lugar desde el cual reconocernos. Soy madre, pero también soy la mujer que pinta, soy ejecutivo pero los sábados toco batería con 3 amigos. Soy abuelo y estoy aprendiendo historia. Soy director, pero los fines de semana me dedico a la carpintería. Soy esposa, profesionista e hija, pero los miércoles por la tarde estoy intentado hacer una pieza de cerámica que probablemente termine pareciendo un cenicero y no pasa absolutamente nada.
Este próximo 10 de octubre, Día Mundial de la Salud Mental, hablaremos de ansiedad, depresión, estrés, terapia y de la importancia de pedir ayuda. Podríamos aprovechar para analizar si todavía tenemos algo que esperamos con gusto. Una clase, una cancha, un jardín, un libro, un paisaje que pintar o una colección incomprensible para el resto de la familia. Y no tomarlo como otro hábito saludable ni como una fuente de ingreso, simplemente porque es nuestro, y eso debería ser razón suficiente.
Después de aquella conversación con mi amigo entendí que llenar tanto nuestra identidad de responsabilidades en la vida adulta, nos hacer quedarnos sin respuesta a la pregunta de ¿qué haces en tu tiempo libre que disfrutes y sea solamente tuyo? Y simplemente no saber que contestar.
Definitivamente creo que si merece la pena proteger alguna parte de nuestra vida del deber permanente de ser útiles. Después de los 40 una de las cosas mas sanas que podemos conservar sería una actividad que no tenga que justificarse. Buscar aquello que, cuando dejamos por un momento de trabajar, de cuidar, de resolver, de llevar y traer, sepamos que estamos haciendo algo simplemente porque nos hace sentir nosotros mismos.