Un libro revelador y perturbador
Explorando cómo vivir mejor después de los 40
El pasado domingo, después de la derrota de México frente a Inglaterra, muchos apagamos la televisión con esa mezcla conocida de ilusión rota, frustración y resignación. Y por un momento, se activó ese viejo y conocido guion mental en el que el esfuerzo sin victoria se traduce, automáticamente en fracaso. Pensamos que, si el resultado es adverso, los meses de sudor, esfuerzo y disciplina se vuelven invisibles. Mientras se daba el silbatazo final, pensé que el fútbol, una vez más, ponía sobre la mesa una conversación más grande: ¿por qué nos cuesta tanto aceptar que en ocasiones podemos entregarnos por completo a algo y aun así no obtener el resultado que se esperaba?
Vivimos en una época obsesionada con un número final. Todo parece medirse en cifras: seguidores, ventas, títulos, acciones, kilos perdidos, ingresos, diplomas, medallas. Siempre pensamos que el éxito tiene forma de trofeo y que cualquier cosa distinta es igual a fracaso. Quizá por eso una derrota duele más de lo que debería: porque sentimos que invalida todo el recorrido, como si el esfuerzo solo tuviera valor cuando termina en victoria. Pero ¿de verdad funciona así la vida?
¿Cuántas veces has puesto el alma en un proyecto, has sacrificado horas de sueño o has invertido tu capital en un sueño, solo para ver cómo las cosas se derrumban en el último momento? La sensación de frustración e insuficiencia es devastadora.
Pienso en quien lleva meses intentando cambiar su alimentación y todavía no ve el resultado que imaginaba; en quien decidió salirse de trabajar para emprender después de años de un salario seguro y los clientes tardan en llegar; en quien comenzó a correr cuando apenas podía subir unas escaleras sin quedarse sin aire; en quien se anima a aprender una nueva habilidad y no ve avances rápidos; en quien inicia un proyecto que tarda mucho más de lo previsto en despegar. Muchos abandonan no porque no puedan, sino porque el resultado tarda demasiado en aparecer. Confunden lentitud con fracaso. Y son dos cosas completamente distintas.
Obsesionarte con la meta es como mirar fijamente la cima de una montaña mientras caminas: te vas a tropezar con cada piedra del camino. Perseguir un sueño requiere un inmenso coraje. Pero si tu métrica de éxito depende únicamente de un resultado feliz y rápido, muchas veces, estás entregando tu paz mental al azar, al entorno y a variables que jamás podrás controlar.
Cuando confundimos el resultado con el valor del esfuerzo
Carol Dweck, psicóloga de la Universidad de Stanford y autora del exitoso libro Mindset, La actitud del éxito, introdujo un concepto revolucionario: la mentalidad de crecimiento. Dweck ha dedicado buena parte de su trabajo a demostrar que las personas que enfocan su atención en aprender y mejorar sus habilidades durante el proceso, más que en demostrar constantemente que ya son exitosas, desarrollan una mayor capacidad de resiliencia cognitiva y de perseverancia. No significa que siempre ganen. Significa algo quizá más importante; que siguen creciendo incluso cuando el marcador no las favorece. Es una diferencia enorme, porque cambia la pregunta. Dejamos de preguntarnos “¿ya llegué?” para empezar a preguntarnos “¿en quién me estoy convirtiendo?”
Hace unos días releía una idea de James Clear que me sigue pareciendo brillante: cada acción que repetimos es un voto por la persona en la que queremos convertirnos. No dice que cada acción garantice el éxito inmediato. Dice que moldea nuestra identidad. Y eso cambia por completo la conversación.
Tal vez aún no publicas el libro que sueñas, pero ya eres alguien que escribe. Quizá todavía no corres un maratón, pero ya eres una persona que entrena. Tal vez tu proyecto aun no despega, pero hoy sabes cosas que hace tres años ni siquiera imaginabas. Quizá todavía no tienes el cuerpo, el negocio, la tranquilidad o la vida que visualizaste, pero ya no eres exactamente la misma persona que decidió empezar. Y eso también cuenta. De hecho, muchas veces cuenta más de lo que reconocemos.
La neurociencia lleva años mostrando que el cerebro comienza a reorganizarse durante el aprendizaje mucho antes de que aparezcan resultados visibles. Mientras practicamos una habilidad, hacemos ejercicios o repetimos un hábito saludable, nuestro cerebro crea nuevas conexiones neuronales y mejora la eficiencia de sus circuitos, aunque no nos demos cuenta. Es decir, muchas veces el cambio ya está sucediendo, y simplemente no podemos verlo. Es curioso que nuestra biología si puede tener la paciencia que nosotros no.
El problema es que vivimos en una cultura que celebra las victorias y pasa de largo frente a los procesos. Nadie aplaude los entrenamientos, solo el campeonato. Nadie felicita las páginas descartadas, solo el libro ya publicado. Nadie admira las mañanas en las que te levantaste a caminar con frío, sueño o flojera, solo la fotografía del antes y el después. Pero la vida real no ocurre en el momento de la foto. Ocurre en todos esos días que nadie ve, cuando sigues haciendo lo que dijiste que era importante incluso sin aplausos, sin resultados inmediatos y sin la certeza de que algún día llegarán.
El verdadero marcador
Haciendo un balance realista, es posible ver nuestras ganancias invisibles. Cuando persigues un sueño con el alma y el resultado no llega tan rápido como esperabas, ¿realmente te quedas con las manos vacías? Por supuesto que no, sin darte cuenta, has adquiridos activos que ya no se podrán borrar:
Disciplina: la capacidad de hacer lo que corresponde, incluso sin tener ganas.
Neuroplasticidad: Tu cerebro se ha reconfigurado al aprender nuevas habilidades, resolver problemas y adaptarse a la incertidumbre.
Autonocimiento: Ahora conoces tus límites y sabes que pasa cuando los superas.
Con frecuencia escuchamos que lo importante es llegar. Y claro que llegar importa, no se trata de romantizar la derrota ni de fingir que los resultados no tienen valor. Las metas nos dan dirección, ilusión y propósito. Nos obligan a salir de la comodidad y nos muestran capacidades que ni siquiera sabíamos que teníamos. Pero las metas tienen una extraña costumbre: duran muy poco. El ascenso llega, la carrera termina, el campeonato se gana o se pierde, el libro se publica, el negocio finalmente despega. Y, casi sin darnos cuenta, aparece otra montaña que conquistar.
Lo único que realmente permanece eres tú. Tus hábitos, tu disciplina, tu manera de reaccionar cuando las cosas no salen como lo esperabas, tu capacidad para tolerar la frustración y la incertidumbre, aprender de los errores y volver a empezar. Eso si te va a acompañar toda la vida.
Quizá por eso algunas derrotas terminan siendo mucho más fértiles que ciertas victorias. Porque obligan a hacerse preguntas incómodas. ¿Abandonaría este camino si supiera que el reconocimiento tardará cinco años más en llegar? ¿Cuántas cosas buenas he dejado a medias simplemente porque no vi resultados inmediatos, y no quise ver el progreso?
No son preguntas fáciles, pero sospecho que son mucho más importantes que cualquier marcador. Porque la vida, igual que el deporte, rara vez recompensa de inmediato. A veces los resultados llegan tarde. A veces llegan distintos a como los imaginábamos.
A veces llegan disfrazados de experiencia, de madurez, de claridad o de resiliencia. Y, sí, también existen ocasiones en las que el resultado nunca llega. Pero incluso entonces queda algo que nadie puede borrar: la persona que construimos durante el intento.
La próxima vez que sientas que has dado todo de ti y que el universo te ha devuelto un marcador adverso, no bajes la cabeza. Mírate al espejo y haz un recuento de la persona que eras cuando empezaste y la persona que eres hoy. Las cicatrices de la experiencia, la sabiduría adquirida y la resiliencia en el intento son para siempre. La meta dura apenas un momento, la persona en la que te conviertes mientras intentabas llegar, puede viajar contigo toda la vida. Y ese ya es un triunfo que nadie podrá quitarte. Sigue jugando.