¿Desaparición de Morena?
La discusión sobre inteligencia artificial en México comienza a entrar en una etapa más compleja. Ya no basta con preguntarnos qué puede hacer esta tecnología, sino qué estamos dispuestos a permitirle hacer, bajo qué reglas y, sobre todo, cómo vamos a preparar a las personas para convivir con ella. Educación, empleo, desigualdad, privacidad y regulación forman parte de una misma conversación que el país tendrá que enfrentar con mayor rapidez.
El primer dilema está en las aulas. Prohibir la inteligencia artificial sería tan poco realista como incorporarla sin reglas. Un estudiante puede utilizarla para investigar, practicar idiomas, analizar información o recibir explicaciones personalizadas; pero también puede emplearla para sustituir procesos fundamentales como leer, escribir, argumentar o resolver problemas. El verdadero desafío educativo no consiste entonces en impedir su utilización, sino en enseñar a utilizarla sin entregar a la tecnología la capacidad de pensar por nosotros.
El problema se vuelve todavía más evidente cuando observamos a los docentes. El Observatorio de Inteligencia Artificial en Educación de la UNESCO señala que 91 por ciento de los docentes universitarios consultados en México considera que necesita formación para incorporar estas herramientas a la enseñanza. Al mismo tiempo, cerca de tres de cada cuatro estudiantes y docentes de instituciones públicas de educación superior desconocen alguna normativa institucional sobre su utilización. No podemos exigir una educación responsable con inteligencia artificial si profesores, alumnos y autoridades avanzan sin criterios comunes.
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