La inocencia en materia penal
Tuve la dicha de educarme con los comics y la radio. Los primeros, aunque fueran historias baratas de todo género, siempre estaban bien escritas; lo mismo La Pequeña Lulú, que Memín Pingüín, Archie, El Pato Donald, El Llanero Solitario, Rex Allen, Hopalong Cassidy, Lágrimas y Risas, Susy (Secretos del corazón), La Familia Burrón y hasta Chanoc, Kalimán y El Libro Vaquero.
Era su principal característica, todos cuidaban la excelencia ortográfica en cada publicación.
Uno de los personajes de La Pequeña Lulú, Tobi, me caía muy bien por lo mucho que hacía batallar a la modosita Lourdes, que ejemplificaba el orden y la cordura.
De Memín Pingüín, idolatraba al negrito por su ingenio, simpatía y, sobre todo, porel gran amor que sentía por su Má.
El Pato Donald, siempre me pareció el duck más bien intencionado del planeta, al que nunca peló la pata Daisy y nada le salía bien por confiado y buena onda; daba todo por sus sobrinos y ellos muy pocas veces se lo reconocían. El tío Rico Mac Pato, representaba toda la promesa del capitalismo que siempre enarboló el genio de Walt Disney.
A este respecto, ya en mis años de Universidad me topé con el argentino-chileno- estadounidense, Vladimiro Ariel Dorfman Zelicovich, y su obra “Para leer al Pato Donald”, donde revela todos los oscuros secretos imperialistas detrás del inocente Donaruku Datzuku (según yo, Pato Donald en japonés).
Igual de aleccionadoras fueron las lecturas de Archie, quien siempre despreciaba a la adorable pero pobre Betty y caía en las garras de la ricachona odiosa y presumida de Verónica. De todos los vaqueros mencionados, defensores de la ley, siempre lo fueron pero de la ley del más fuerte, pues sus enemigos eran los pueblos nativos de la Unión Americana, Sioux y Apaches.
Chanoc, Kalimán y el libro Vaquero me introdujeron en la esencia tropicalizante de todo lo nuestro y La Familia Burrón me hizo pasearme por las vecindades de todo Tepito, de las que tan ampliamente y con harto conocimiento hablaba Chava Flores.
La mexicana Yolanda Vargas Dulché me aterrizó más en la ideología del mexicano. Fue capaz de transpolar nuestra forma de pensar a pueblos tan lejanos como el japonés con “El Secreto de Oyuki” y el continente negro, África, con “Rarotonga”, que nos vendió magistralmente como si de verdad tuviéramos algo en común.
Las radionovelas, por otra parte, despertaban mi imaginación con la reproducción lo más exacta posible de sonidos y onomatopeyas de cada personaje o situación.
Las voces de los protagonistas eran cuidadosamente elegidas para que pudieras imaginarlos perfectamente a través del sonido.
No me perdía Arsenio Lupín: “Dispara Margot dispara”; el megadramón de “Angelitos Negros” con la inefable Libertad Lamarque y su corte de seguidoras. En contraste “La Tremenda Corte” con el simpatiquísimo Trespatines; y tampoco “El Alma de las Cosas”, que le daba voz al abrigo de Luisa, o al reloj de Alberto.
Con todo ese bagaje de empatías y antipatías, un día me presenté a mi primer trabajo profesional, la Revista Gente, donde mi primer encargo fue sobre lo más trillado que pudiera existir: La Zona Rosa.
Al documentarme para entrarle al tema, me enteré que hasta el Papa y Viruta y Capulina habían escrito al respecto, lo que acortaba a más no poder las posibilidades de algo original. Lo único distinto que se me ocurrió fui yo sentado durante 24 horas en una banca junto al Café Kineret de Niza y Hamburgo, desde
las 4 de la mañana.
Y pasaron cosas, anoté todo y lo que no escuchaba me lo imaginé. Me hice amigo de los barrenderos, adopté un perro, una señora me obsequió el resto de quesadillas que le sobraron y, algo increíble, los genizaros de una patrulla se ofrecieron a cuidarme en sus rondines.
El buen Galas, fotógrafo de la revista, llegó como a las 11 de la mañana, a ver qué se me ofrecía. Le pedí que recogiera aspectos generales y que volviera a eso de las 10 de la noche, para levantar imágenes de parejas y desparejas, que en esos años todavía eran criticadas.
El resultado de ese maratón de observancias, fue un texto que -según el director de la revista- resultó fresco y diferente. El mismo sirvió para que don Guillermo Magaña, me definiera de una vez y para siempre:
-Mire Gasque, es usted metafórico, dichoso y populachero…
Y no mintió, toda mi vida he amado la metáfora, los dichos de la gente, y el populacho que durante 50 años le han dado forma a lo que hoy escribo.




