Control de daños
Existen distintos motivos que generan conflictos en las parejas, pero la mayoría tienen un origen común: ya no podemos hacer lo que queremos o ser como somos. Pareciera que la pérdida de libertad es inherente a vivir en pareja.
A lo largo de nuestras vidas hemos sido condicionados observando y escuchando tantas veces esta idea, que creemos que es una condición natural, cuando no lo es. Inclusive, hay quienes consideran que la abnegación es una virtud, y probablemente lo sea, pero no cuando hablamos de relaciones de pareja, ya que cuando alguien renuncia a sí mismo se queda sin algo de valor que ofrecer.
Todo comienza al no tener como agenda central de vida convertirnos en seres humanos completos, responsables de nuestra propia felicidad y de las consecuencias de nuestras acciones. Así, cuando buscamos formar pareja partimos de la errónea premisa de que estamos incompletos, esperando que la otra persona nos complemente o nos dé algo.
De esta forma iniciamos relaciones donde esperamos que la pareja cubra nuestras necesidades físicas, emocionales, psicológicas, sociales, financieras, sexuales o de trascendencia, sin darnos cuenta de que muchas de ellas están condicionadas por el ego o la cultura, eliminando la legitimidad y autenticidad que podríamos ofrecer. Ni siquiera nos conocemos, por lo que no podemos ser transparentes respecto a nuestras emociones e intenciones.
En otras palabras, establecemos expectativas que no comunicamos y damos por hecho que la otra persona debe cumplirlas. Cuando esto no sucede, aparecen los reclamos y conflictos. Pero la pregunta es inevitable: ¿no es acaso la otra persona libre de anteponer sus propias necesidades y gustos? La respuesta es sí, y eso no debería generar conflicto alguno.
Se supone que amamos a la persona elegida y que su felicidad es prioridad, no que haga lo que nosotros queremos. Si no es así, debe decirse con claridad, para que la otra persona decida si quiere o no estar ahí. De lo contrario, es engaño.
El problema no es tener necesidades, deseos o aspiraciones, ni esperar compartirlas con alguien. El problema es no aceptar que pueden no satisfacerse como y cuando queremos, y no reconocer el derecho de la pareja a decidir libremente.
Por supuesto que vivir con alguien implica ceder, negociar y hacer esfuerzos. A veces hacemos cosas que no nos gustan, pero que benefician o alegran a la pareja, y eso es sano cuando se hace con gusto, no por obligación, miedo o chantaje emocional.
Por eso es fundamental saber decir que no a lo que nos molesta o nos conflictúa, ya que aceptar lo que no queremos termina en resentimiento y culpas injustas.
Durante el cortejo es clave dejar claro quiénes somos y qué buscamos, construir relaciones basadas en compartir la vida respetando la individualidad, sin esperar que la otra persona nos dé algo o cambie. Nadie tiene obligación de nada.
Si queremos estar juntos, hagámoslo desde la libertad y el respeto a lo que somos. Lo contrario —amar desde la posesión y el control— no es amor, y así todo termina… y termina mal. Así de sencillo.
Por vacaciones, próxima colaboración en enero.
A nuestros dos lectores les deseamos: ¡Felices fiestas y feliz año nuevo!
Un saludo, una reflexión.
Santiago Heyser, Sr. y Santiago Heyser, Jr.
Escritores y soñadores.