Control de daños
De Trump, sus detractores —no pocos ni irrelevantes— han dicho muchas cosas poco amables. Se habla de su deficiente salud mental, su incontenible inmoralidad, su misoginia y racismo, su pasado complicado por su estrecha amistad con el depredador sexual Epstein, de favorecer venalmente a sus negocios familiares y otras tantas más. No sólo es qué se dice, sino lo que ha hecho, así como las acusaciones y condenas por las que ha sido sentenciado. Un personaje de época, seguramente transitorio, aunque trascendente; su arribo al poder se explica por la degradación moral de las élites norteamericanas y una sociedad en el descontento dispuesta a abrazar las peores causas.
El mundo no sabe qué hacer con Trump, tampoco sus connacionales y, ahora, sus correligionarios. Fue el todopoderoso porque su retórica ganaba votos y de eso viven los partidos; en la medida en que, ya en el poder, es un factor de derrota, sus aliados lo abandonan y los republicanos se fracturan. El hombre más poderoso del mundo, el presidente más disruptivo en la historia de EU, tempranamente tiene lastimada su base de apoyo, y eso significa que todos apuesten a la conclusión accidentada de su ciclo, al que ven como pesadilla.
El mayor problema de Trump es Trump. Conspira contra sí mismo una y otra vez. Carece de contención, que le lleva a equivocarse en temas importantes, perder el más elemental sentido de decencia y caer en deslices que muestran que algo muy malo lo invade. El apoyo de importantes capitales empieza a condicionarse porque los resultados de su gobierno son preocupantes. Sus logros no dan para mucho, sobre todo haber contenido la migración de ilegales a territorio norteamericano, producto de la colaboración de la presidenta Sheinbaum. Sin embargo, su respuesta represiva y brutal contra los migrantes recibe el rechazo mayoritario.
La nota completa en Quadratín Yucatán



