Filosofía sin escrúpulos
La semana pasada hablamos sobre las mentiras y las justificaciones; los temas de la mentira y la infidelidad crearon polémica, va de nuevo.
La historia en debate es la de Juan, padre y esposo, quien tuvo una aventura en un viaje: tomando una copa en el bar del hotel, una mujer se le insinuó, iniciaron charla y terminaron en la habitación. Juan nunca le compartió a su mujer la aventura, le ocultó el hecho. Hoy Juan sigue unido a su familia, cumpliendo su rol de esposo y de padre. Ocasionalmente imagino: ¿qué hubiera pasado si Juan le comparte a su esposa la aventura que tuvo?; quizás heridas permanentes, quizás divorcio. Su perspectiva fue que la aventura no era trascendente, ya que el amor no entró en juego; Juan argumenta que la experiencia se redujo al placer del contacto físico, ¿tendría en este contexto algún valor o beneficio haber compartido lo sucedido y ser honesto?, hay quien piensa que no, sobre todo si se compara con la buena vida que Juan, su mujer e hijos han llevado; la otra cara de la moneda, es que hay quienes consideran que la mujer de Juan tiene el derecho de saber la verdad y tener la opción de evaluar el nivel de relevancia para ella respecto de lo que hizo Juan en su viaje y a partir de ahí, decidir si quiere seguir viviendo con él.
¡Es que me engañó!, es expresión común en parejas con problemas. La pregunta es: ¿de verdad te engañaron?, ¿no sabías como es la naturaleza humana?
Hace años, dando una plática a treinta Señoras divorciadas, en donde la causa más común de la separación fue la promiscuidad de la pareja, pregunté: –¿A cuántos hombres fieles conocen? –¡A ninguno!, fue la respuesta en coro del grupo… Entonces, volví a preguntar, –¿Por qué si ningún hombre es fiel, ustedes esperan que su pareja lo sea?... ¡Silencio!, fue la respuesta…
Las historias de infidelidades aplican de igual manera para hombres y mujeres, es decir, el libido de la mujer es igual al del hombre, y de la manera como al hombre instintivamente le son atractivas diferentes mujeres, a la mujer le atraen diferentes hombres. En generaciones pasadas, por estigmatización social y cultural, las mujeres tendían a ser muy discretas y reservadas a diferencia de los hombres, en la actualidad, las mujeres de las nuevas generaciones expresan o exhiben su sexualidad abiertamente sin mayor conflicto social o cultural.
El problema con la fidelidad es que el matrimonio lleva implícita la cláusula de exclusividad en la pareja, lo que parece ser antinatural, o sea, prometemos a la pareja algo que ni siquiera sabemos si vamos a poder cumplir. Prometer fidelidad o una unión para toda la vida, es una falacia a partir de la certeza de que lo que hoy somos va a cambiar en el futuro y de que lo que la pareja es, también, por lo que al ser diferentes personas con el paso del tiempo en función de nuestra humana naturaleza, la pareja “ideal” que hoy somos, es probable que no exista el día de mañana. Por otro lado, “el amor” está sobrevalorado: ya que ni es eterno, ni todo lo puede; el amor que nos muestran en las novelas, series y películas generalmente es idealizado y se presenta con una dosis alta de drama… dejémoslo claro, el amor que vemos en las pantallas ¡no es real y no existe!, el amor no es un producto terminado o un objeto, sino que el amor es un proceso que se construye día con día a través de escucharnos, disfrutarnos y adaptarnos en los cambios que vamos teniendo como personas y como pareja, de tal manera que una relación puede ser para toda la vida ¡sí!, pero solo si respetamos nuestra individualidad, nuestras diferencias y trabajamos diariamente para que lo sea, lo que no es común. Por el contrario, la pareja tiende a caer en un marasmo que le quita emoción a la convivencia y la convierte en rutina, lo que, de manera natural, cada día nos aleja más. Para combatir ese “aburrimiento” que trae la diaria convivencia, entre otros, se hace énfasis en dos recursos: El primero es la risa, una pareja que ríe no se separa, porque nadie se va de donde está divertido. El segundo recurso es el sexo frecuente, rico, pasional, excitante e innovador; en otras palabras, cuando una pareja es plena en la intimidad, la unión perdura; es por tanto una tarea de cada uno alimentar el libido de ambos, mantener la emoción y lograr que el sexo sea una aventura de permanente descubrimiento, al compartir en lo cotidiano la emoción y el placer de reconocerse y conocerse en intimidad, cada día, como si fuera la primera vez.
La promiscuidad tiene la virtud de la emoción instintiva, de la conquista, del cortejo, de levantar la autoestima al sentirse uno capaz de atraer a otra persona, de gustar y de la novedad; es simplemente la necesidad de alimentar el ego y el deseo que se tiene por otras personas. La infidelidad no implica el alejamiento o desamor de la pareja, implica el encuentro en intimidad con otra persona con la que se construye una relación fundamentada en emociones nuevas, ternura y sentimientos “amorosos”. La promiscuidad, es algo instintivo y eminentemente físico, el motivador es el placer sexual y la emoción de disfrutar intimidad con una persona nueva que implica nuevas formas; la infidelidad es algo emocional, el motivador es el enamoramiento y el sexo con una nueva persona, basado en el desenamoramiento de la pareja por la falta de trabajo conjunto para mantener el enamoramiento y la pasión. Al margen de la semántica, el punto es que los motivadores y el nivel de involucramiento cambian y dependiendo del punto de vista de cada quién, esto puede ser de mayor o de menor relevancia para la relación. Lo importante es la claridad y el respeto a los acuerdos pactados, si juramos fidelidad y nos vamos con alguien más es engaño y traición, no importa como lo justifiquemos. A lo mejor, lo que hay que hacer es hablar de estos conceptos con nuestra pareja y cada cierto tiempo actualizar o disolver nuestros compromisos para “oxigenar” la relación, en donde “la exclusividad” en la pareja sea una consecuencia del buen vivir y no un pacto forzado por la cultura; o en su caso, aceptar que la promiscuidad sea parte de la mutua aceptación en concordancia con nuestra humana naturaleza… ¡Así de sencillo!
Un saludo, una reflexión.
Santiago Heyser, Sr. y Santiago Heyser, Jr.
Escritores y soñadores