Nada personal
Hay tragedias que conmueven por la pérdida de una vida. Pero existen otras que obligan a un país entero a preguntarse cómo fue posible que el Estado permitiera durante años la existencia de instituciones donde la violencia podía presentarse como un método educativo. El homicidio de Dafne Zapata, una adolescente de trece años ocurrido durante un campamento de una academia militarizada en Tamaulipas, pertenece a esta segunda categoría.
No se trata únicamente de un caso penal que deberá resolverse en los tribunales. Se trata de un espejo que refleja una profunda deformación cultural: la idea de que la disciplina puede construirse mediante el miedo, el castigo físico y la humillación.
Durante décadas, numerosas academias privadas vendieron a miles de familias una promesa seductora: convertir adolescentes "rebeldes" en jóvenes responsables mediante una formación inspirada en la vida castrense. Uniformes impecables, marchas, jerarquías rígidas, obediencia absoluta y entrenamiento físico eran presentados como sinónimos de educación de excelencia. Lo que pocas veces se observó fue qué ocurría detrás de esos muros.
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