Los pájaros
Cuando escuchamos la palabra seducción, casi todos pensamos en lo mismo. Se nos viene a la mente una pareja, una mirada, un perfume o una cena a la luz de las velas. Durante siglos la seducción quedó confinada al terreno del romance para despertar el deseo entre dos personas. Y las estrategias de seducción fueron punto de interés para muchos durante mucho tiempo. Sin embargo, hoy creo que esa es apenas una sola de sus muchas posibles expresiones. Hay otras formas de seducción que son más silenciosas y podrían pasar casi inadvertidas ya que no tienen nada que ver con conquistar a alguien, sino con la manera en que elegimos vivir.
Hay personas que seducen sin proponérselo. Tienen un enorme magnetismo y un entusiasmo por la vida y por las cosas que hacen, que contagian su sentir y muchas veces no son las personas mas atractivas. Basta con conversar unos minutos con ellas para querer leer el libro del que hablan, visitar el lugar que describen o interesarse por el proyecto que les apasiona. Así ocurre con algunos maestros, lideres o incluso un buen escritor. Ninguno obliga o presiona, simplemente despiertan en los demás el deseo de acercarse, de aprender, de participar o de descubrir. Y pienso que esa es precisamente la esencia de la seducción; no imponer, sino inspirar.
Y surge otra palabra que podríamos confundir fácilmente: conquista. Conquistar implica vencer una resistencia; requiere esfuerzo, estrategia y en cierto sentido una batalla. Pero seducir funciona diferente, no empuja ni obliga, sino que atrae, invita. No trata de convencer por la fuerza, porque no lo necesita, solo despierta la mejor versión de quien tiene enfrente. Y mientras más lo pienso, más convencida estoy de que la segunda mitad de nuestra vida no debe estar llena de conquistas sino de seducción.
Siempre hemos tratado de conquistar un titulo universitario, un buen cargo en el trabajo, una casa, una estabilidad económica, reconocimiento profesional, etc. Y esos objetivos están bien, muchos de ellos le han dado sentido a una etapa muy importante de nuestra vida. Pero hoy, las cosas se ven diferente, ya no queremos perseguir incansablemente metas ni tener listas interminables de pendientes. Queremos algo que siga despertando algo dentro de nosotros.
Quizá lo ideal seria una felicidad permanente o un entusiasmo constante por las cosas, pero de lo que yo hablo es de cosas que quizá son mas sencillas y que a veces pasamos por alto. Eso que hace que pienses solo una página más y terminas leyendo tres capítulos enteros de un libro a las 2 de la mañana. Ese sentimiento que hace que te levantes antes de que suene el despertador por esa idea que no te deja quieto, esa conversación que te hace perder la noción del tiempo, esa habilidad que tanto querías aprender, ese proyecto que te hace sentir que realmente estas creciendo, ese viaje que te tanto te ilusiona.
La ciencia nos dice que el cerebro responde de manera extraordinaria a lo nuevo, al aprendizaje y a la curiosidad. Explorar un lugar desconocido, adquirir una habilidad o enfrentarse a un reto activa circuitos relacionados con la motivación y el bienestar. No es casualidad que las personas que conservan intereses, proyectos y ganas de seguir aprendiendo generalmente envejecen mejor cognitiva y emocionalmente. Con la edad y la experiencia, la presión por encajar o demostrar algo va perdiendo fuerza, y empieza a surgir una libertad por hacer las cosas simplemente porque nos gusta o porque las disfrutamos.
Conozco personas que empezaron a tomar clases de tango a los 50 o quien se empezó a preparar para correr un maratón a los 55. Conozco personas de 70 años que decidieron estudiar historia universal, fotografía o teología cuando ya nadie esperaba que lo hicieran. Y estoy segura de que ninguna de esas decisiones perseguía un ascenso laboral ni una recompensa económica, lo hicieron porque podían, porque querían darse ese lujo, por que seguían siendo curiosos… o simplemente porque les dio la gana. Y estoy convencida que esa actitud es profundamente rejuvenecedora, evita que tu alma y espíritu se vuelvan rígidos y viejos.
Además, ahí es donde muchos complejos empiezan a quedar atrás, ya no se pide permiso para disfrutar, ya no nos importa hacer tanto el ridículo o que dirán los demás. Nos atrevemos a vestirnos como nos gusta, a decir no sin culpa, a hablar de cualquier tema con naturalidad y a hacer cosas que antes nos parecían imposibles. Creo que la autenticidad resulta mucho más atractiva que intentar parecer perfectos.
Hoy te digo que debemos aplicar la seducción más allá de la alcoba, construir una vida que, a pesar de las responsabilidades, las cicatrices y las canas, siga siendo capaz de mirarnos cada mañana y susurrarnos al oído: todavía hay mucho por descubrir.
Practicar la seducción de una forma madura es tomar la decisión de crear las condiciones internas-mentalidad, autoestima, presencia- y condiciones externas -espacios, rutinas, vínculos- que permitan que lo mejor ocurra. Esa emoción que buscas sigue estando ahí, detrás de todos los pendientes de tu lista, detrás del estrés, detrás del cansancio, detrás de la rutina. Y si, aún estás en edad para practicar el arte de la seducción, para empezar algo nuevo, para volverte a emocionar y vivir algo intenso.
Se trata de vivir esta edad con una intensidad que los 20 no conocían, porque hoy somos mas sabios y la sabiduría cuando se combina con curiosidad puede ser una forma muy poderosa de seducción. Así que te invito a practicar el arte de la seducción. A seducir tu cuerpo, tus relaciones, tus proyectos, tu vida entera. Crear las condiciones ideales para que todo te dé lo mejor de sí. Para volver a sentir esa emoción que te hace decir: sí, esto es vivir.